Jesús Retana Vivanco

Impotencia. Tengo un buen amigo que día a día me manda por Whatsapp las noticias de la crítica abierta que se hace a la cuarta transformación en redes sociales. Siempre lo mismo, con el mismo tono rasgador para generar un encono que no puedes contener ni escribiendo todo un libro.

En este México, la impotencia no es solo una emoción; es una política de Estado. Se siembra desde el poder en cada institución vacía de justicia, se riega con impunidad, para que florezca con la resignación del pueblo.

Nos han enseñado que nada se puede cambiar, que todo está arreglado o susceptible de arreglar. Votar no basta para ejercer tu poder de ciudadano, y exigir es un acto ingenuo que le ha dado un sello al mexicano.

Así la impotencia se vuelve costumbre. Mientras vemos como se desmoronan las instituciones, los políticos brindan con champaña en sus vacaciones veraniegas ostentando lujos a un pueblo que creyó en ellos y ahora nos arrebata aquello por lo que luchamos en un pasado de penurias, impuestos y devaluaciones.

Discursos contradictorios dan pie a una verdad sin razón, afirmando y descalificando todo lo que suene en contra de sus intereses. Niegan el secuestro y dicen que la muerte de la secuestrada la ocasionó un infarto y no una bala.

El abismo entre los que gobiernan y los que sobreviven es brutal y esa distancia se cubre con un cinismo nunca antes visto, al menos por el que escribe.

El aparato institucional, lejos de garantizar justicia, funciona como una barrera para impedirla. Denunciar no lleva a ninguna parte. Las fiscalías duermen con los expedientes de cama.

Los jueces pactan con intereses y el ciudadano aprende que lo más rápido no es la ley sino el silencio o el soborno. Esa es la enseñanza que nos deja la impotencia…no pasa nada, a pesar de todo. Cuando alguien se atreve a desafiar esa lógica, es señalado como adversario para merecer cualquier castigo, ridiculizado o eliminado.

Los lideres sociales, periodistas, defensores del territorio y victimas organizadas no desaparecen por accidente, desaparecen porque estorban a un sistema corrupto que solo funciona si nadie lo cuestiona.

La impotencia no es neutral, es una herramienta para que todo siga igual. Se fabrica en la burocracia, en las leyes a modo, en los discursos vacíos que repiten los mismos culpables de siempre: “los gobiernos anteriores”. “la oposición corrupta”, “los enemigos de la transformación”.

Nunca hay responsables actuales, nunca hay autocrítica, solo una maquinaria para diseñar mentiras y protegerse a sí misma.

Pero esta estrategia tiene un límite, porque el pueblo puede soportar muchas cosas, pero no soporta eternamente saberse impotente. La historia enseña que los países no estallan cuando todo va mal, sino cuando la gente se da cuenta que ya no tiene nada que perder y México se acerca peligrosamente a esa línea.

Yo comentaba hace unos días que seguir ignorando el dolor colectivo no es solo atroz, es torpe, porque lo que no se entiende a tiempo, se desborda y si el Estado no escucha el clamor, vendrán otras formas de respuesta. No lo deseo, pero lo advertimos: la impotencia puede convertirse en rabia y la rabia en violencia.

La verdad, no pido que suceda un milagro, pido justicia para un país por el que vale la pena luchar, donde el esfuerzo no sea un sacrificio inútil. Mientras tanto nos toca resistir, denunciar, organizarnos… Porque cuando un pueblo se cansa de ser ignorado, deja de pedir justicia y empieza a tomarla.— Mérida, Yucatán, 4 de agosto de 202

X (antes Twitter): @ydesdelabarrera

Otros textos del autor