Discurso del autor pronunciado el pasado 26 de julio con motivo del reconocimiento a su trayectoria otorgado por la Femecot
Por casi 25 años tuve bajo mi responsabilidad la formación de médicos especialistas, alrededor de 180 ortopedistas que, el día de hoy están por todos lados de México, y que me llena de satisfacción el comprobar que son médicos con prestigio, buen desempeño profesional y excelencia académica. Me siento satisfecho de no haber predicado en el desierto y estar feliz por este reconocimiento que reafirma lo afortunado que soy de haberme dedicado a la ortopedia, la alegría del deber cumplido y el poder ver reunidos a compañeros, amigos y sobre todo a tantos alumnos que son mi orgullo. A todos los maestros que me formaron les dedico con humildad este reconocimiento.
Con casi cuarenta años de ejercicio, sin embargo, no puedo evitar ver con un dejo de tristeza lo que está ocurriendo con las nuevas generaciones: el contraste entre un inconmensurable avance tecnológico y una creciente deshumanización, un malsano mercantilismo y, lamentablemente, en la ortopedia, también, el riesgo de que nuestros jóvenes caigan en malas prácticas. Me formé en una época en que afortunadamente el tratamiento conservador, llamémosle ortopédico, de fracturas y otros males, era lo predominante, y la cirugía venía al quite en los casos justificados. Sin rayos X de control en el quirófano, apelábamos a nuestra reserva de conocimientos de la anatomía y a tratar de ver con las yemas de los dedos. Por supuesto, a la par del desarrollo de los implantes, el perfeccionamiento de éstos, la artroscopia, entre otras maravillas, la ortopedia ha evolucionado para bien.
Y es cuando viene la confrontación y siempre sostengo que me guío por la doctrina de Bacon: “Ni apego a lo antiguo, ni asombro por lo novedoso”. Hoy en día la industria de implantes ortopédicos, sobre todo los de titanio, sustitutos ligamentarios y otros artilugios, tiende a opacar el manejo conservador, con el argumento socorrido de una más pronta recuperación, soslayando las eventuales complicaciones…, pero también con algunos efectos nocivos en el comportamiento de los médicos.
En la actualidad, desde mi perspectiva, hay un abuso de algunas estrategias quirúrgicas y colegas que “operan hasta lo que está entero”. Se privilegian tanto el manejo quirúrgico con “x” o “y” implante, que en verdad me dan deseos de pasar al estrado en los congresos y dar una charla titulada: “¡Hola, soy un yeso!”.
Por desgracia, esto está orillando a que un gran número de pacientes sean operados, cuando bien podría ofrecérseles un manejo conservador, además, por ejemplo, de privilegiar implantes de titanio para manejo de fracturas, que cuestan hasta tres veces más que los de acero quirúrgico, con la única ventaja real de no sonar en un detector de metales y permitir estudios de resonancia magnética. Asimismo, los promotores dicen que condicionan menos infecciones, lo que es totalmente falso, porque éstas no tienen relación con el tipo de metal, sino más bien con el tiempo de exposición y la torpeza del cirujano. Ya es rutina emplear sustitutos óseos, como la matriz ósea desmineralizada (DBX), en fracturas que han quedado estables, con hueso sano vascularizado y sin pérdida ósea; también es común el manejo de fracturas expuestas, que a pesar de tener más de ocho horas de evolución y estar potencialmente infectadas, salen del quirófano operadas con clavos centromedulares; fracturas que luego se infectan o no consolidan, pacientes infectados que, al acabarse la cobertura del seguro médico, tienen que acudir a las instituciones. Ya ni se diga de la esponja maravillosa con su sistema de succión que, aunque se enojen, léase incluso en el mismo instructivo: no sirve para curar una infección ósea. De igual forma, he visto pacientes con prótesis de rodilla con tremendo sobrepeso que dudo le durarán más de cinco años, o colocadas en hombres activos menores de cincuenta y, hasta columnas vertebrales con implantes en huesos osteoporóticos de mala calidad.
Desafortunadamente, aunado al deterioro de la infraestructura médica institucional que se ha presentado en los últimos años, tenemos una escalada de situaciones en donde el contubernio, la deshonestidad y la mala praxis están afectando de forma grave la imagen del médico.
En los años cincuenta del siglo pasado el gran Ignacio Chávez señaló: “el médico debe cultivar un arte, el médico que cultiva un arte es más humanista, ser humanista es entender el dolor, el sufrimiento ajeno, ser humanista tendrá que hacerte más humanitario”. Otro grande, Ruy Pérez Tamayo, en los años noventa sentenció: “El médico mexicano no se está deshumanizando, es el sistema de salud el que se está deshumanizando”. No quisiera hablar de política, siempre trato de evitarlo, pero no es posible: ¡bastaron seis años!, ¡sí, solo seis años de desaciertos! para que en palabras de Julio Frenk, la Medicina Institucional tenga un retroceso de cuarenta años. Siendo así, ante este caos, hagamos lo que había hace cuarenta años: más clínica, más apego al paciente, manejo conservador, quirúrgico si está indicado y justificado, involucrarse con el paciente más allá de una radiográfica o el afán de subir un video a las redes sociales. Volvamos a ponderar al enfermo sobre todo, que al fin y al cabo es el sustento de la Medicina. Es simple: el buen desempeño profesional tendrá como consecuencia lógica la solvencia económica y la satisfacción en el alma.
Finalmente hay nubes negras en el firmamento: La SCJN resolvió que sí se puede demandar directamente al médico que trabaja en las instituciones; la vía ordinaria es procedente en lo personal; para exigir la responsabilidad patrimonial del Estado procede la vía administrativa, con la incertidumbre de cómo se impartirá la justicia, después del reciente bodrio que fueron las elecciones del poder judicial de este gobierno, este gobierno que reprime a manifestantes del IMSS Bienestar y los encapsula con la policía como si fueran delincuentes, pero le brinda un minuto de aplausos en el Congreso a un rockero británico… Tenemos que estar preparados; afortunadamente tenemos a la Federación Mexicana de Colegios de Ortopedia y Traumatología Femecot, pero nos toca a todos enaltecerla: empatía absoluta con nuestros enfermos, pero sobre todo, no permitamos que nuestro desempeño, por más carencias que existan, sea lastimado por un sistema de salud deficiente. Hagamos un alto, reflexionemos, ser médico es un privilegio, tener la oportunidad de devolver la salud, de prevenir los males, no es lo más importante: ¡lo es todo!— Mérida, Yucatán
Médico y escritor
