“El pueblo solo puede aparecer en plural (Habermas), porque la idea de un pueblo homogéneo y auténtico es una fantasía. (Müller)”.— Héctor Aguilar Camín en La Dictadura Germinal. Debate, 2025

“La historia es el producto más peligroso que haya elaborado la química del intelecto. Sus propiedades son muy conocidas. Hace soñar, embriaga a los pueblos, engendra en ellos falsos recuerdos, exagera sus reflejos, mantiene sus viejas llagas, los atormenta en el reposo, los conduce al delirio de grandeza o al de persecuciones, y vuelve a las naciones amargas, soberbias, insoportablemente vanas”. Paul Valéry.

Jano es una diosa de la mitología romana y algunos la utilizan para representar a la historia por sus dos caras, una hacia adelante y la otra en el reverso. Aquello la distingue porque al mirar en dos direcciones, es como se actúa: con insidia o de manera limpia narrando los hechos. Una esquina de Mérida conservaba –no sé si aún existe – en el ángulo donde convergen las calles 58 con 65– el nombre de Las Dos Caras, con inclusiones adyacentes al vértice de sendos rostros pintados de la diosa.

Recuerdo, cuando tuve la oportunidad de participar como profesor de la Historia y su Enseñanza en el Instituto Superior de Educación Normal, que iniciábamos con la reflexión de Valéry que utilizamos en párrafos anteriores, nos permitía hacer un estudio ponderado y no dogmático. Siempre resultó valioso para comprender el accionar de esta Ciencia Social, a veces muy vituperada con simplismos, sin más argumentaciones que la Historia es escrita por los vencedores.

El comportamiento de las élites, guste o no, ha sido determinante y si alguien tiene la oportunidad de releer al inicio se dará cuenta del por qué existe una historia que adoctrina y fanatiza. Infinidad de casos existen y muy connotados son los de Stalin, Hitler y Mussolini con sus nacionalismos y corporativismos convertidos en idolatrías, lo mismo con la Revolución Cubana y la supuesta Cuarta Transformación, manipulando la historia para dogmatizar a quienes no la confrontan.

Escuchamos en un noticiario radiofónico que nuestra presidenta respondía a los rumores de una posible intervención con drones al territorio mexicano para acabar con los cárteles que trafican drogas a la Unión Americana, ya determinados de manera unilateral como terroristas. El contestar oficial, porque viene de la más alta autoridad del país, apeló a nuestro sangriento Himno Nacional como arenga muy socorrida para el despertar cívico:

“…mas si osare un extraño enemigo / profanar con su planta tu suelo / piensa, ¡oh patria querida! que el cielo / un soldado en cada hijo te dio”.

Y añadió la presidenta en la mañanera: también soldadas. Trillado es siempre recurrir al nacionalismo histórico y exacerbarlo para estos casos. Esto no implica dejar de defender al país.

Volviendo a las dos caras de la historia podemos decir que una es la que funciona para crear un principio de identidad nacional muy necesario para marcar nuestro sentido de pertenencia, pero la otra, subleva y convierte al nacionalismo en fanatismo.

El lunes anterior, del conspicuo escritor Jorge Zepeda Patterson, leímos en el Diario “La tristeza de Andrés Manuel López Obrador” que en su parte esencial nos dice lo decepcionante que es Beatriz Gutiérrez Müller por haber emprendido el mismo camino que Felipe Calderón y Peña Nieto al solicitar vivir en Madrid y obtener la ciudadanía española.

Cuando embriagado por el poder, López Obrador con su costumbre de denostar y descalificar para encender los ánimos nacionalistas, creó un pleito con sus bravuconadas para exigir que gobierno español pidiera disculpas a nuestro país por la conquista de 500 años atrás.

Cauto en sus respuestas fue el gobierno peninsular, no así los políticos extremistas con su esencia de superioridad y racismo respondieron a través de la prensa. El propósito de AMLO era claro: distraer acerca del mal funcionamiento de su gobierno. Cierto es que hubo adición y simpatía de sus creyentes. Una de las promotoras más efusivas contra España fue la señora Beatriz Gutiérrez, misma que ahora pretende la nacionalidad española después de vivir en Palacio Nacional.

Parece algo fútil revivir una herida muy antigua, pero no es así cuando en la cultura oficial impuesta a través de la educación se inculca aquello que con habilidad reutilizó el presidente historiador exacerbando el nacionalismo.

Las distorsiones vienen de una conquista en 1521 a un México que no existía, no había nacionalidad, los pueblos mesoamericanos del Horizonte Histórico, y desde los anteriores, carecían de unidad, tenían diferentes lenguas, religiones y costumbres, desde luego que hubo aspectos coincidentes. Entonces los sanguinarios mexicas se imponían y convertían en súbditos a los demás. De aquello se aprovechó Cortés con su habilidad diplomática. Después de la caída de Tenochtitlán empieza la llamada Colonia que duró 300 años y es el germen del nacionalismo mexicano con una lengua, religión y cultura impuestas que se transformaron sincréticamente.

El rencor que nos han inculcado hacia España –que tampoco existía como una nación cuando la conquista– es porque durante la Colonia, con su organización en jerarquías, surgió un grupo, a la postre mayoritario: los mestizos, como hasta nuestros días que se sienten marginados. Aquello se transmite en generaciones, pero hubo mestizos que fueron exitosos en materia política y económica al pasar los años.

Dejemos la historia tergiversada que sólo es un referente que nos permite entender cómo duele la solicitud de nacionalidad española de la esposa de AMLO. Le dan donde más duele.— Espita, Yucatán

Escritor. Maestro en Políticas Educativas

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