Marisol Cen Caamal 2025

Pedro tiene 32 años y todavía vive en casa de sus padres. Terminó la licenciatura hace diez años con un promedio sobresaliente. Desde niño y a lo largo de su juventud escuchó una y otra vez la misma frase de sus padres: “Estudia para que tengas un futuro mejor que el nuestro”. Él obedeció, se esforzó y cumplió con lo que se esperaba de él. Sin embargo, al recibir su título universitario, las puertas no se abrieron como había imaginado. Encontró empleo, sí, pero el sueldo apenas alcanza para cubrir sus gastos personales y algunos caprichos. Todo lo demás —la vivienda, la comida y los servicios básicos— sigue siendo costeado por sus padres.

En el marco del Día Internacional de la Juventud, que se celebra cada 12 de agosto, conviene detenernos un momento y mirar de frente una realidad urgente de reconocer. Nunca antes en la historia habíamos tenido una generación con tanto acceso a la educación superior. Cada año, miles de estudiantes cruzan un escenario para recibir un título que simboliza años de esfuerzo académico. Ese documento, que alguna vez se consideró un pasaporte automático hacia mejores salarios, estabilidad y prestigio social, hoy no garantiza nada. El mercado laboral ha cambiado de forma drástica: las empresas exigen experiencia a quienes apenas egresan y los sueldos iniciales, en muchos casos, no alcanzan ni para cubrir lo básico. El mérito académico sigue siendo valioso, pero en un mundo donde la competencia es global y la tecnología sustituye empleos a un ritmo vertiginoso, un título universitario por sí solo ya no es suficiente.

El joven de hoy enfrenta retos financieros que sus padres no imaginaron. Comprar una vivienda, por ejemplo, se ha convertido en una meta que para muchos suena tan lejana por no decir imposible. En muchas ciudades, el precio de una casa o departamento crece a un ritmo muy superior al de los salarios. Al mismo tiempo, el costo de vida aumenta en todos los rubros: alimentos, transporte, servicios y entretenimiento, etc. En este escenario, cualquier intento de ahorro se frustra, porque el ingreso no alcanza ni siquiera para llegar al final de la quincena.

Podría pensarse que el problema es solo económico, pero hay una dimensión cultural y social que lo agrava. Hemos creado, quizá con buenas intenciones, pero con consecuencias desastrosas, una generación sobreprotegida. Jóvenes que han crecido con la idea de que la vida debe ser cómoda, sin sobresaltos, sin grandes sacrificios. Padres que han hecho hasta lo imposible por evitarles frustraciones, por darles lo que ellos no tuvieron, por blindarlos de cualquier dificultad. El resultado es que, para muchos, la adultez se retrasa indefinidamente. Hijos que siguen viviendo bajo el mismo techo que sus padres, sin pagar renta ni servicios, con ingresos destinados casi exclusivamente a su propio consumo. No se casan, no forman patrimonio, ni adquieren compromisos que impliquen renuncias reales.

La pregunta incómoda es inevitable: ¿qué pasará cuando esos jóvenes lleguen a la vejez? Si un joven no logra independizarse económicamente, si no construye una base financiera sólida, si no se responsabiliza de sus decisiones, ¿cómo enfrentará la vejez? La vejez sin recursos, sin bienes, sin una red sólida de apoyo, es una etapa de vulnerabilidad extrema. Y aunque nadie quiere imaginarse en esa situación, lo cierto es que la vida no perdona la falta de previsión.

No se trata de culpar únicamente a los jóvenes. Muchos han crecido en entornos donde nadie les enseñó de finanzas personales, donde el dinero fue un tema tabú o se trató con ligereza. El sistema educativo no incluye la educación financiera como parte esencial de la formación. Y en casa, no siempre hay ejemplos positivos. Padres endeudados, compras impulsivas, falta de ahorro, que enseñan, más por imitación que por consejo, que el dinero se gasta tan pronto llega.

Además, hay otro factor que no podemos pasar por alto: la sobreprotección. Muchos jóvenes nunca trabajan mientras estudian, porque sus padres quieren que se concentren únicamente en sus estudios. No enfrentan la escasez de recursos, la falta de dinero ni la presión de un jefe exigente. Lo que en su momento parece un acto de amor y cuidado de los padres, termina dejándolos sin las herramientas necesarias para desenvolverse con autonomía en un mundo cada vez más exigente.

Por eso, a los que somos padres nos urge inculcar desde temprano el valor del esfuerzo y la conciencia del ahorro. Un joven que comienza a trabajar antes de terminar la universidad, aunque sea en un empleo modesto, adquiere una perspectiva distinta. Entiende que el dinero no son solo números en una cuenta, sino horas de esfuerzo. Que cada gasto representa, en el fondo, una decisión sobre en qué vale la pena invertir tiempo y energía.

También hay que enseñarles a ahorrar desde temprana edad. El ahorro, por pequeño que sea al principio, es una red de seguridad que da margen para tomar decisiones con menos miedo y, si se mantiene con disciplina durante décadas, puede transformarse en un respaldo importante para la vejez.

Pero más allá del dinero, hay una lección que debemos enseñarles: la vida no es siempre cómoda. Los problemas, las crisis, los obstáculos, forman parte del camino. La resiliencia no se aprende leyendo sobre ella, sino enfrentando situaciones reales. Por eso, la sobreprotección es tan peligrosa. Les roba a los jóvenes la oportunidad de fortalecerse. Les transmite la falsa idea de que siempre habrá alguien para resolverles todo, cuando el mundo real no funciona así.

Como padres, tenemos la responsabilidad de no confundir amor con indulgencia. Amar a un hijo no es resolverle la vida, sino darle las herramientas para resolverla por sí mismo. Eso incluye enseñarle a manejar el dinero, a planificar, a trabajar duro, a aceptar que habrá momentos de escasez, y que eso es parte de la vida adulta.

Hagamos un compromiso para no criar generaciones cómodas y frágiles, sino libres y capaces de valerse por sí mismas. Que el futuro de nuestros hijos no dependa de que estemos presentes para rescatarlos, sino de que, desde jóvenes, hayan aprendido a esforzarse, enfrentar desafíos y construir su vida con responsabilidad.— Mérida, Yucatán

marisol.cen@kookayfinanzas.com

@kookayfinanzas

Profesora Universitaria y Consultora Financiera

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