Marisol Cen Caamal 2025

A inicios de agosto de este año, una noticia estremeció al país: Fernando, un niño de apenas cinco años, perdió la vida a causa de una deuda de tan solo mil pesos que su madre no pudo cubrir. Un monto que para muchos podría parecer insignificante terminó desencadenando una tragedia que reveló no solo la crueldad con la que operan ciertas redes de violencia y abuso, sino también la vulnerabilidad de quienes viven atrapados en la pobreza y carecen de apoyo institucional.

Lo ocurrido con Fernando expone hasta dónde puede arrastrarnos el endeudamiento. No se trató de un fraude financiero ni de un desfalco millonario. Fue una deuda de apenas mil pesos, un préstamo que probablemente surgió de una necesidad cotidiana, de alguien sin más opciones que acudir a lo más cercano. Sin embargo, esa cantidad mínima bastó para que tres personas creyeran que podían secuestrar a un niño como forma de garantizar el pago. Un niño reducido a moneda de cambio, rehén de un sistema donde lo económico termina por devorar lo humano.

Cuando hablamos de deudas, solemos reducirlas a cifras: cuánto se debe, qué tasa aplica, en qué plazo hay que pagar. Las miramos con el lente frío de los números. Pero lo que casi nunca reconocemos es que detrás de cada deuda hay algo más profundo. Hay angustia, miedo, incertidumbre y, muchas veces, desesperación.

Hoy la deuda se ha normalizado, y resulta casi inconcebible imaginar la vida sin ella. Las tarjetas de crédito, los préstamos personales, los créditos de nómina y las aplicaciones de microfinanzas que ofrecen dinero al instante se han convertido en trampas cotidianas. A esto se suman las deudas informales: con vecinos, familiares o incluso agiotistas, que perpetúan un círculo interminable de obligaciones.La deuda nos acompaña desde la cuna hasta la tumba. Con padres que se endeudan para el parto y la educación de sus hijos, jóvenes que apenas comienzan a trabajar y ya enfrentan obligaciones financieras, adultos que recurren al crédito para cubrir los gastos básicos de la familia, e incluso las personas mayores recurren a préstamos para sus gastos de salud o necesidades urgentes. En algunos casos, hasta el funeral se financia con deudas.

En el ámbito familiar, las deudas han sido detonantes de rupturas matrimoniales, de violencia intrafamiliar, de abandono. ¿Cuántas parejas se separan porque uno ocultó una deuda al otro? ¿Cuántas discusiones estallan a fin de mes cuando los pagos no alcanzan? ¿Cuántos padres, atrapados en créditos usureros, sienten que le han fallado a quienes más aman?

Además, la deuda tiene otra cara silenciosa: la vergüenza. En nuestra cultura, hablar de dinero sigue siendo un tabú, y hablar de deudas lo es aún más. Quien debe suele esconderlo, callarlo, fingir que todo está bajo control. En las reuniones familiares nadie confiesa que la tarjeta está saturada, que se siente ahogado por los intereses, que el agiotista amenaza con violencia. En la oficina, pocos admiten que el sueldo ya no alcanza y que los créditos se acumulan. Porque la deuda se convierte en una marca de fracaso en una sociedad que glorifica el éxito y el consumo. Y lo más grave es que ese silencio solo agrava el problema. Mientras más se oculta, más crece, y más profundamente se filtra en la vida de quienes la padecen.

Y es en este contexto donde se vuelve urgente preguntarnos: ¿cuántas vidas no se apagan cada año por el peso silencioso de las deudas? No siempre por la violencia directa, sino por las enfermedades que el estrés desencadena, por la depresión que erosiona el ánimo, por la angustia de vivir cada día al borde del abismo. La amenaza constante de perder la casa, el auto, o el patrimonio se convierte en una losa que asfixia lentamente.Lo más doloroso es que lo hemos aceptado como parte inevitable de la vida moderna, sin detenernos a cuestionar el costo humano que se esconde detrás de cada deuda.

¿Por qué hemos llegado tan lejos? Porque el sistema financiero y comercial convirtió la deuda en un negocio redondo. ¿No es cuestionable que se creen mecanismos que facilitan el crédito cada vez más, sin responsabilidad, sin educación financiera y sin advertencias claras sobre los riesgos? Pareciera que no se busca formar ciudadanos libres, sino consumidores atrapados.

Como sociedad, deberíamos normalizar hablar más sobre las deudas y crear redes de apoyo que nos ayuden a salir de ellas. Reconocer que las deudas no son un motivo de vergüenza, sino una realidad que enfrentamos juntos, es fundamental. Callar solo profundiza el problema, porque impide pedir ayuda y genera aislamiento.

Hablar de las deudas, compartir experiencias, aceptar la vulnerabilidad, es el primer paso para encontrar una salida. Necesitamos espacios donde la gente pueda decir: “Estoy endeudado y no sé qué hacer”, sin miedo al juicio ni al desprecio. Porque lo que más falta a quienes cargan con deudas no es dinero, sino esperanza.

Hablemos de las deudas en familia, entre amigos, sin miedo ni vergüenza. Compartir nuestras experiencias y apoyarnos mutuamente nos hace más fuertes. Solo juntos podemos transformar la preocupación en comprensión y la ansiedad en esperanza.

Y si alguien se siente atrapado por las deudas, desesperado o completamente solo, quiero que sepa que no lo está. Hoy me comprometo a dedicar al menos una hora a la semana para escuchar, orientar y brindar apoyo a quienes enfrentan dificultades financieras.

Más allá de mi compromiso personal, me gustaría explorar la posibilidad de conformar un grupo de apoyo para deudores, un espacio seguro donde podamos compartir experiencias, aprender de otros, encontrar comprensión y, sobre todo, generar esperanza. Un lugar donde nadie tenga que sentir vergüenza por su situación y donde cada paso hacia adelante sea valorado.

También invito a quienes deseen ayudar, ya sea con experiencia, tiempo o simplemente con la voluntad de acompañar, a sumarse a esta iniciativa. Juntos podemos construir una red de apoyo donde la solidaridad se convierta en la verdadera riqueza, y donde la empatía y el acompañamiento sean herramientas para crear comunidades más humanas.

Si alguien desea formar parte, participar, resolver dudas o simplemente conocer más sobre esta iniciativa, puede escribirme a mis redes sociales, donde me encuentran como @kookayfinanzas, o al correo marisol.cen@kookayfinanzas.com.— Mérida, Yucatán

*Profesora Universitaria y consultora financiera

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