Cuando el diablo no está de pesca, está arreglando sus redes.— Austin O’Malley

Hace unos días me tomé unas vacaciones en Tlaxcala, tierra de un buen amigo y con otro colega. La pasamos bien, gracias a Dios, a pesar de que el diablo asomó las narices y me refiero a que en varios matices hizo su aparición, desde el momento de apreciar las increíbles pinturas murales en Cacaxtla, donde hace 40 años alguien tuvo la malsana diabólica idea de poner un domo encima de una pirámide, pasando por un paseo en el Africam Safari, abortado por tremenda lluvia, hasta la experiencia de la Huamantlada, donde en el tradicional cierre de las calles se soltaron 18 toros y el demonio se asomó: el saldo fue de ocho heridos, uno de gravedad, y finalizando por la tarde con la primera y única corrida.

Ahora afirmo que habré visto en mi vida un festejo llevado al cabo en una plaza techada, con un colosal aguacero, el desplome de parte de la lona y un par de apagones celestiales que no detuvieron la diablura, en donde a pesar de tener a mi lado a un gran conocedor describiendo lo que veía, no podré jamás quitarme de encima la impresión, sobre todo cuando la estocada de un torero fue tan certera que me comentó: “ahí está el toro herido de muerte”.

Difícilmente podré borrarme la imagen, lo tuvimos de frente, juraría que la mirada extraviada del animalito se encontró con la mía como queriéndome decir: “¿por qué?, ¿qué les he hecho?”; sentí un gran estremecimiento cuando el burel cayó en medio de los aplausos y la ovación, se estrujó mi corazón con dolor, al ver cómo se llevaban el cuerpo inerte, arrastrado por un par de caballos, aquel ser que unos minutos antes estaba tan lleno de vida; respeto a los taurófilos, pero lo vivido me reafirma como un convencido antitaurino.

Y así, en medio de mi ignorancia a la fiesta brava, pensé que no habría algo más en donde el diablo se apareciera…, pero me equivoqué. Decidí quedarme unas horas en Puebla; me confieso un adicto a la Angelópolis. Lo primero que hice fue dirigirme a la impresionante catedral. El tañido de las campanas al llamado a misa era simplemente espectacular, pude captar en video al campanero a la usanza de Quasimodo, el jorobado de Notredame, como mi buen amigo Emiliano Canto me compartió en un gif, arrancándole un tañer a una gigantesca campana, situada en una de las torres. Esperé a los tres últimos campanazos para dirigirme al templo. Y ahí fui recibido por el mismísimo diablo: Un hombre yacía en el piso, un joven desesperado le daba reanimación con un más que enérgico masaje al tórax…, uno de los asistentes me miró a lo cual exclamé: “soy médico”, con la cabeza me hizo un gesto de aprobación. Era evidente que el hombre estaba muerto, frío, pálido…, sin signos vitales. La iglesia estaba atiborrada, calculo fácil unas trescientas personas. En el altar oficiando la misa, la crema y nata de la jerarquía católica poblana presidida por el obispo Francisco Javier Martínez Castillo.

“Si no tienes una vía aérea no puedes hacer nada”, mi comentario produjo la reacción de una chica que me espetó: “es enfermero”, a lo cual con soberbia contenida le respondí: “soy médico”. Al mismo tiempo un señor que estaba también observando la escena comentó: “ya les dije, no hay ambú, no se puede dar una reanimación nada más así”.

Nos presentamos, el colega, un cirujano oncólogo. Mientras tanto, parte de los asistentes se había percatado de lo que estaba ocurriendo. Entonces, cerraron la puerta de acceso y a esperar a los socorristas. Fue cuando advertí la presencia de un hombre alto, vestido de negro que resultó ser el capellán. Me atreví a decirle: “Tiene que detener la misa”. El tipo con un crucifijo colgado tan grande como su estulticia respondió: “Es imposible, mire cuánta gente está atenta a la ceremonia, además presidida por nuestro señor obispo”. Y sí, ahí junto a él, el diablo sonriendo.

Los paramédicos llegaron a los diez minutos, pasaron apuros para colocar una mascarilla laríngea mientras sacaban un desfibrilador que no funcionó hasta el tercer intento, en que la respuesta a la descarga, además del arqueamiento del cuerpo, fue la consabida línea recta, la firma de la muerte. Habían transcurrido fácilmente unos 20 minutos desde que aquel sujeto cayó en paro. Me dirigí por última vez al capellán, me planté frente a él, pero solo atiné a mover la cabeza mientras de nuevo parecía en sus ojos encontrar la mirada socarrona de la muerte que me decía: “¿Otra vez tú? …, ¡te volví a ganar!” … Me retiré más que apesadumbrado. No pude más. Unos minutos después deambulaba por “El callejón de los sapos”; me detuve a comprar chácharas, más adelante me dirigí de nuevo a la plaza y para mi sorpresa la ambulancia seguía estacionada a un costado.

Era evidente que el hombre estaba muerto y que nadie resistiría más de diez minutos con esa privación de oxígeno. Mi mente no dejaba de pensar lo absurdo de la situación, aquella persona entró sola, sin familiar alguno, lo más probable es que estuviera enfermo días atrás y se dirigió a la iglesia para encomendar su alma, pero ¿qué encontró?: la muerte, ante la indiferencia de los jerarcas de la iglesia que consideraron más prioritario continuar con la celebración de la misa.

Tal vez fui un iluso, pero yo me imaginé que en ese momento se podía detener el acto litúrgico y aquel máximo líder, el representante de Dios ante nosotros, se despojara de su mitra, dejara a un lado el báculo para regresar a ser un simple sacerdote y junto con los presentes rodear al hombre mientras los paramédicos hacían su esfuerzo y así encabezar una gigantesca cadena de oración. ¿Por qué no hacerlo?, pudo ser más que un simple acto de misericordia.

Como médico en más de una ocasión me han llegado artículos científicos, más que serios sobre el poder de la oración…, pero no, había algo más importante para el señor capellán: el continuar con la celebración. En la tarde al revisar las notas de internet y hasta el día de hoy, solo hablan del oficio impartido por su ilustrísima y con una escueta mención que iniciando la misa un hombre se infartó, pero fue oportunamente estabilizado y llevado a un hospital para su atención… El diablo parecía sonreírme: “¿Cómo era aquello, simple mortal…, aquello sí, de ese pecado? …ah sí: ¡no mentirás!, ¡ja, ja, ja!”.

No estaría de más ayudar a nuestro creador teniendo una enfermería en una de las catedrales más grande de México, con el consabido carro rojo para una emergencia o un poco de coordinación y tener a disposición una ambulancia cuando exista tal cantidad de asistentes. A pesar de esto, me queda claro que regresé con bien gracias a Dios, pero con la plena convicción de no quedarme callado.— Mérida, Yucatán

Médico y escritor

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