“Ser mujer, ser indígena y ser pobre es lo peor que te puede pasar en la vida”. Eso dijo Layda Sansores, gobernadora de Campeche, hace unas semanas. Sus palabras desataron indignación, y no es para menos, porque no solo ofenden, también son reduccionistas y, sobre todo, reveladoras. Revelan la mirada de quienes gobiernan y todavía piensan que nacer mujer, indígena y pobre es una maldición inevitable.
La frase de la gobernadora nos deja ver el prejuicio enquistado en la política mexicana. Porque no se trata solo de una opinión desafortunada, es el reflejo de una visión que ha justificado la desigualdad durante generaciones.
Es más cómodo para los gobiernos pensar que ser mujer, indígena y pobre es un destino trágico, que aceptar que la tragedia es la falta de voluntad para garantizar un piso parejo a todos. No es el hecho de nacer en una comunidad indígena lo que condena a nadie, sino el sistema que margina, que niega oportunidades, que expulsa de la escuela, que no reconoce el valor de las lenguas originarias y que perpetúa la idea de inferioridad en las instituciones y en la cultura.
Yo soy una mujer indígena. No me lo contaron. Sé lo que es crecer en una comunidad donde la tierra es sagrada, donde se nos enseña desde pequeños a respetarla y cuidarla como quien cuida a la madre que nos alimenta. Aprendí que la familia es el centro de la vida, que no se abandona a los abuelos y que en la comunidad reside la fuerza. Pero también aprendí lo duro que es mirar, desde esa raíz, cómo el mundo nos trata, como si fuéramos menos. Porque a las mujeres indígenas se nos ha dicho durante siglos que nuestro lugar está limitado, que estudiar es un lujo que no nos corresponde y que nuestros sueños no son válidos.
La desigualdad existe, es brutal y golpea sobre todo a las mujeres indígenas. Negarlo sería absurdo. Para una mujer indígena alcanzar puestos directivos es más difícil que para cualquier otra persona. No porque falte talento, sino porque sobran prejuicios. Porque los estereotipos nos cercan. Y, sin embargo, se puede. Con preparación, disciplina y constancia.
Cuando trabajas y perseveras más allá del cansancio, llega un punto en que los prejuicios ya no pesan, porque tu capacidad habla más fuerte que ellos y ya no hay manera de cuestionarla.
Pero aquí está la contradicción que debemos subrayar: no tendría que ser tan difícil. El Estado debería existir para eliminar esas barreras, no para reforzarlas con frases como la de Layda Sansores. Un buen gobierno tendría que garantizar que cualquier niña indígena pueda aspirar a ser directora, ingeniera, médica, científica o artista, sin tener que cargar con la sospecha de que no pertenece ahí. Eso significa piso parejo, que la lengua que hablas, tu color de piel o el lugar donde naciste no definan las oportunidades que tendrás en la vida, ni sean una condena.
Además de las políticas públicas, existe una tarea apremiante como sociedad: fortalecer la autoestima y la confianza de las mujeres indígenas. Es necesario ayudarlas a cambiar la forma en que se miran a sí mismas y, al mismo tiempo, transformar la manera en que las vemos y valoramos. El cambio verdadero comienza cuando una mujer indígena se mira al espejo y comprende que su valor depende de su capacidad de ser, de aprender y de transformar su entorno. Al mismo tiempo, es fundamental que la sociedad reconozca ese valor, que comunidades, instituciones y empleadores vean y respeten la fuerza, el talento y la contribución de las mujeres indígenas; porque ese reconocimiento externo refuerza y multiplica la confianza interior que cada mujer debe cultivar, para abrir caminos que antes parecían cerrados.
La educación es la herramienta más poderosa para eliminar la desigualdad que enfrentan las mujeres indígenas. No se trata solo de garantizar el acceso a la educación básica, sino de asegurar su continuidad hasta la universidad y más allá. Se requiere una educación que cierre la brecha digital y acerque a las niñas indígenas a la tecnología sin que ello implique renunciar a su identidad. Una educación integral que no solo enseñe matemáticas y ciencias, sino que también fomente el conocimiento de sus derechos, el liderazgo, la autoestima y las habilidades para emprender, brindando a las mujeres indígenas herramientas para crear oportunidades propias y transformar su entorno.
Y junto con la educación general, la educación financiera es clave. Porque de nada sirve dar programas sociales si las mujeres indígenas no tienen acceso a las herramientas para manejar su dinero, ahorrar, invertir, emprender. Hoy muchas comunidades indígenas siguen atrapadas en esquemas informales de crédito donde los intereses son impagables, y se heredan deudas por generaciones.
La educación financiera puede ser la llave para que las mujeres indígenas dejen de ser vistas como receptoras pasivas de apoyos y se conviertan en agentes económicos activos, capaces de negociar, de exigir, de crecer.
No se trata solo de enseñar a llevar cuentas, sino de enseñar que tienen derecho a decidir sobre su dinero, a planear su futuro, a no depender de nadie.
Lo digo con convicción: México tiene un futuro limitado si no entiende que las mujeres indígenas son de lo mejor que ya tenemos. Son ellas las que sostienen tradiciones, economías locales, lenguas y comunidades. Pero también son ellas las más excluidas del sistema financiero, las más alejadas de la educación superior y las más golpeadas por la violencia. Esa contradicción no puede seguir siendo tolerada.
Por eso, el Día Internacional de la Mujer Indígena no debería ser solo una conmemoración. Debería ser un llamado a la acción. Un llamado a romper estereotipos, a invertir en educación, a democratizar las finanzas, a reconocer que el talento no tiene origen social ni color de piel.
Así que no, gobernadora Sansores, ser mujer, indígena y pobre no es lo peor que puede pasar. Lo peor es un país con gobernantes que sigan viendo a sus mujeres indígenas así. Lo verdaderamente esperanzador es que, a pesar de esas miradas, las mujeres indígenas seguimos levantándonos, seguimos estudiando, seguimos trabajando y seguimos ocupando lugares donde antes se nos cerraban las puertas. Y cada vez que una de nosotras llega, ya no es un caso aislado, es un camino abierto para quienes vienen detrás.
Yo he elegido no aceptar la supuesta condena de ser indígena, he elegido no callar, he elegido desafiar los estereotipos y demostrar que sí se puede. Estoy convencida de que cuando miles de mujeres indígenas hagan lo mismo, este país será más justo, más fuerte y más digno para todos.— Mérida, Yucatán
marisol.cen@kookayfinanzas.co m
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Profesora Universitaria y consultora Financiera
