El reto que la Iglesia Católica enfrenta actualmente es la evangelización de sus fieles, ya que arrastramos un sistema arcaico donde la memorización de conceptos doctrinales sigue siendo la base de enseñanza.
Constatamos con tristeza que la “doctrina”, como normalmente se le llama a la reunión sabatina donde los niños acuden a recibir y prepararse para sus sacramentos, sigue siendo ajena a transformar la vida de los párvulos y papás que, ante la obligación, sin falta acuden a ella.
Es por esto por lo que las estadísticas nos confirman que después del sacramento de la primera comunión un 80 % de los adoctrinados no regresa a continuar con la formación permanente y la liberación de estos encuentros resultan un alivio gozoso para padres y niños. Esto conlleva una ruptura entre la fe y la vida, una separación entre lo que se cree y lo que se profesa en lo cotidiano.
Y una muestra clara, de lo anteriormente dicho, son las celebraciones patronales llamadas “gremios” aquí en nuestro estado yucateco; fiestas dedicadas a rendir honor y pedir intercesión al santo que se venera en la respectiva población.
Convivios que tienen su origen en la devoción cristiana de encomendar a algún santo las necesidades de un pueblo o particulares, a fin de recibir gracias abundantes en el orden espiritual y material.
En principio este tipo de festejos fueron el sostén vital en el plano de la fe para tantas comunidades en las que, ante la falta de acompañamiento sacerdotal, continuaron manteniendo su relación con lo divino.
Pero hoy podemos constatar cómo han evolucionado en su génesis, en su intención de origen, por la influencia de factores externos que la sociedad moderna adopta como habituales y forman parte de un proceso de desacralización, de distanciamiento entre fe y vida; al grado de mantener la relación eclesial únicamente como medio de convocación para sus socios pero que en realidad no hay vínculo de compromiso de parte de ellos.
Una muestra triste de lo antes expresado es la trágica muerte de un joven de 22 años acontecida en días pasados en la colonia Candelaria del municipio de Umán; precisamente en la celebración de un gremio en honor al Santo Cristo del Amor, en donde un grupo de personas al calor del consumo excesivo de bebidas alcohólicas entraron en riña, siendo uno de ellos apuñalado y herido de muerte en la zona de las venas yugulares.
Las imágenes que las redes sociales difundieron nos dan testimonio de lo tétrico que el panorama nos presenta, así como de la ausencia de valores morales elementales y de fe, que ni por dónde ubicarlos.
Ahora la pregunta es cómo hacer entender a los representantes de estas asociaciones que urge una reestructuración interna en la que socios y representantes eclesiásticos promuevan la coherencia entre lo venerado y lo festivo, entre la unión y la moderación.
Como presbítero católico he encontrado resistencia y desobediencia en el momento de entrar en diálogo con agrupaciones de gremistas, porque el factor económico que actualmente rige es de suma importancia para ellos; hay, también, quienes pretenden comprar derechos ilimitados con dádivas a los representantes eclesiales para hacer lo que deseen en bien de su beneficio.
Hay otros que, desconociendo totalmente lo que implica una celebración devocional como la del gremio, inventan y promueven eventos ajenos al verdadero sentido espiritual que conlleva esta manifestación pública de fe.
Sin embargo, no todo es negativo, ya que también hay personas comprometidas con la recta difusión de las tradiciones religiosas e impulsan con su alegre forma de vivirlas un estilo coherente de testimonio.
Mas, no obstante, urge actuar en bien de toda la sociedad, creyente o no, que acude a estas expresiones religiosas para asegurarnos que la vivencia de la fe transforme el ambiente de profano a sacro.— Mérida, Yucatán
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Sacerdote católico
