Algo pasó. Al principio creímos, hablo de mi generación, que podíamos cambiar el mundo, hacerlo más justo. Leímos un poco y nos convencimos de que el “mejoramiento humano y la utilidad de la virtud” eran posibles y la educación domesticaría las bestias que llevamos dentro. Algunos hicimos lo que podíamos hacer desde nuestras capacidades y trincheras. Un día amaneció. Las bestias estaban en todos lados y por doquier.
Los meridanos hemos cambiado en las décadas que llevamos de caminar este siglo. Y no me refiero al crecimiento demográfico, a la expoliación de terrenos indígenas en las comisarías o la explosión de visitantes y del parque vehicular. Hay articulistas expertos en estos temas. Me refiero “simplemente” a cambios conductuales, a estilos de vida que tienen causas estructurales y profundas pero que solo veo por encimita.
De mis años de la prepa a acá, doy fe por lo menos de las siguientes transformaciones: (1) los imaginarios del cuerpo y de la autoimagen, (2) la exacerbación de lo privado y en muchos casos de lo íntimo, (3) la corrupción del lenguaje en público y el deterioro de las capacidades verbales, (4) la lectura como práctica civilizatoria que se ha reducido a pocas letras, pocos enunciados y menores ideas, (5) el descontrol de emociones tales como la ira, el odio, el desprecio, traducidos en insultos muchas veces dichos entre personas que no se conocen ni se frecuentan, (6) el anonimato de las redes sociales que nos provee de virtudes falsas, indignaciones de pacotilla, lágrimas de cocodrilo y confesiones de los secretos de familia, antes reservadas al sacerdote, (7) la educación formal deteriorada y sustituida por la inteligencia artificial, capaz de dar respuestas inmediatas a problemas ficticios o verdaderos, pero que no enseña a pensar, (8) nuevas y viejas formas de cinismo utilizadas en el espacio público dado que ahora tenemos el relativismo perfecto para llamar a cualquier mentira post verdad, (9) nuevas formas de relación entre hombres y mujeres con el cinismo de la superficialidad y la falta de compromiso en casi todo y (10) nuevas formas escandalosas de hacer política, llamada ahora narrativa de la post política.
Cada uno de estos puntos reclama una profunda reflexión y quizás todos estén interconectados y caractericen una antropología de nuestro ser en relación con los otros. Usando la sencillez y brevedad del género periodístico, diré finalmente que nuestra sociedad y sus estilos de vida han cambiado radicalmente en lo que va del siglo.
Tal vez lo más notable esté en el avance de la llamada razón tecnológica —invenciones digitales, atómicas, militares, nanotecnologías- y sus usos prácticos para el hombre común y corriente que parece gozar de un empoderamiento novísimo que permiten las redes sociales y una degradación paulatina, silente en otros aspectos tales como la cultura, la ética y la estética.
Estos cambios los vivimos nosotros, las personas, nuestras familias, nuestros hijos e hijas. Somos nosotros, las personas, quienes nos tomamos fotos incesantemente cada vez que comemos para engordar el facebook, somos nosotros quienes usamos el lenguaje y el pensamiento bárbaro e insultante contra ideas que no son nuestras pero que no nos molestamos en rebatir; somos nosotros, las personas, quiénes vamos al Gym y no al Ateneo, quiénes contamos nuestras prácticas sexuales como si fueran relatos épicos y brillantes y cantamos canciones que más parecen vulgares escupitajos. Somos nosotros, las personas, quienes ya no distinguimos entre despotismo y democracia o entre patria o vida. Y el chapulín colorado está descontinuado.— Mérida, Yucatán
*Antropólogo con maestría en industrias audiovisuales y doctorado en comunicación política
