Lorenzo Meyer, editorialista
Lorenzo Meyer, editorialista

Hace 40 años un agudo y experimentado corresponsal extranjero —Alan Riding— fue asignado por The New York Times para que residiera en nuestro país y se adentrara en las entrañas políticas y culturales de México, las examinara desde la óptica de su periódico y de su propio bagaje cultural —él de un británico nacido en Brasil y cuyo público era básicamente norteamericano—.

El resultado fue, además de una larga serie de artículos periodísticos bien armados, un libro sobre la naturaleza de la relación entre México y Estados Unidos: Vecinos Distantes. La geopolítica había colocado a México lado a lado de Estados Unidos pero el desarrollo de los respectivos procesos de los dos países —políticos, económicos y culturales— los habían mantenido históricamente muy distantes.

Por un tiempo pareció que justamente la distancia subrayada por Riding iba camino a disminuir gracias a la adopción en México de las ideas neoliberales norteamericanas y a la integración formal y real de las economías de los países vecinos, pero finalmente no ha sido el caso, al menos no por lo que respecta a la orientación política: en Estados Unidos su presidente, Donald Trump, no mostrado mucho interés en preservar la integración económica y en México están aumentando las dudas al respecto.

Por otra parte, nuestro país dejó atrás su sistema de partido único y las elecciones nacionales ya dejaron de arrojar resultados increíbles —en 1988 Riding volvió a México escribió un artículo donde el supuesto triunfo de Carlos Salinas no salía bien parado— y la oposición de izquierda pudo llegar pacíficamente al poder.

Sin embargo, justo entonces fue que en Estados Unidos una derecha nacionalista y cristiana encabezada por Trump logró llegar a la Casa Blanca y los vecinos separados por el Río Bravo empezaron a marchar por caminos ideológicos no solo diferentes sino opuestos y que reafirman que su vecindad sigue siendo realmente distante.

Hoy es muy claro que Estados Unidos está modificando el equilibrio tradicional de sus fuerzas políticas y lo está haciendo de forma rápida y notable al punto que tanto su proceso político interno como su conducta como gran potencia imperial han quedado bajo el control efectivo de una derecha extrema que en unos pocos años casi se ha desembarazado de los contrapesos tradicionales que ponían límites a las tentaciones de abusos del poder por parte del Ejecutivo tanto en ámbitos internos como externos.

Es claro que la pérdida relativa de poder de las fuerzas políticas moderadas en el país vecino del norte tiene ya efectos negativos para México y que la dinámica de los procesos políticos que tienen lugar al norte del Río Bravo hace temer que por ahora están dadas las condiciones para que esa dinámica se mantenga.

Lo peligroso es que nuestro país tiene zonas de vulnerabilidad frente a Estados Unidos muy evidentes y a las que afecta la derechización estadounidense.

Una y otra vez el conservadurismo del nacionalismo y cristiano norteamericano ha mostrado que su guía en el ejercicio del poder no es tanto la Biblia como los manuales de realpolitik y que por tanto Estados Unidos no tiene ya empacho en dejar de lado el principio de la igualdad jurídica de los estados cada vez que convenga o que simplemente no es práctico seguir pretendiendo que Washington debe aceptar los principios centrales del derecho internacional pues en su condición de superpotencia puede y debe guiarse por su propia interpretación e interés de lo que está bien y de lo que está mal en materia de política exterior e ignorar pronunciamientos como los de la ONU o la Corte Internacional de Justicia.

La transformación un tanto sorpresiva del discurso de Washington hace hoy más difícil que antes el poder predecir los movimientos y objetivos de largo plazo de la Casa Blanca.

La derecha tradicional norteamericana, aquella encabezada en su tiempo por Dwight D. Eisenhower, Ronald Reagan o Richard Nixon, por ejemplo, era relativamente más clara en sus proyectos globales, regionales y bilaterales que la derecha extrema trompista.

Y ese es un gran problema para un México que busca su futuro marchando por la orilla izquierda de su historia mientras Estados Unidos marcha por orilla derecha de la suya.

Todo lo anterior conduce a concluir que la actual naturaleza unipolar de la estructura de poder del sistema internacional más los procesos políticos dentro de Estados Unidos han ido estrechando el espacio donde México puede ejercer sin grandes riesgos su independencia o soberanía.

La frontera compartida lleva a que ciertas decisiones políticas internas norteamericanas de Estados Unidos inevitablemente afecten de inmediato de manera sustantiva a México.

Tal es actualmente el caso de la agresiva campaña norteamericana de localización, captura y expulsión de trabajadores indocumentados y que pueden contarse por millones.

También lo es la política de reindustrialización anunciada por Trump que pretende incentivar el retorno a territorio norteamericano de plantas industriales ya arraigadas en México.

EN CONCLUSIÓN. El entorno político internacional en el que se tiene que mover actualmente la 4T es muy complicado y demanda de nuestro gobierno mucha prudencia más dosis de buena suerte.

Historiador y analista

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