Hace unos días, en una conversación casual con un conocido, mientras hablábamos de las dificultades financieras que enfrentan las parejas actuales, me compartió su decisión de no tener hijos. Ambos trabajaban, pero no habían logrado comprar una vivienda propia, y la idea de asumir los costos de educación, salud y todas las necesidades de un niño se les presentaba como una carga financiera casi imposible de sostener. No se trataba de miedo ni de desinterés; era la evidencia cruda de que la realidad económica, más que el deseo, estaba dictando las decisiones más profundas de sus vidas. En ese instante comprendí que la paternidad y la maternidad ya no eran solo actos de amor o de continuidad de la vida, sino cálculos de supervivencia en un mundo donde sostener una familia se ha vuelto un privilegio inaccesible para muchos.
Coincidentemente, solo unos días más tarde, el 25 de septiembre de 2025, el Inegi publicó la Estadística de Nacimientos Registrados (ENR) correspondiente a 2024. En México se registraron 1.672,227 nacimientos, con una tasa de 47.7 por cada mil mujeres en edad fértil, lo que representó una caída de 4.5 puntos respecto al año anterior. Las entidades con las tasas más altas fueron Chiapas (86.7), Durango (58.9) y Nayarit (58.6), mientras que las más bajas se registraron en Ciudad de México (32.8), Yucatán (38.1) e Hidalgo (38.3).
Que Yucatán, nuestro querido estado, se encontrara en el penúltimo lugar de la lista no debe considerarse un dato aislado. En la última década, el número de nacimientos pasó de 37,579 en 2014 a 24,797 en 2024, lo que implica una reducción aproximada del 34 % en 10 años. Un descenso de tal magnitud refleja con claridad cómo las condiciones económicas, sociales y culturales influyen de manera directa en la decisión de tener hijos y en la configuración misma de las familias.
La maternidad y la paternidad, conceptos que durante siglos han sido símbolos de continuidad y esperanza, hoy están condicionadas por el bolsillo. La economía ha dejado de ser un mero soporte para convertirse en una barrera invisible que decide quién puede y quién no puede ser padre. Hoy las parejas no solo se preguntan si desean tener hijos; se preguntan si pueden permitirse tenerlos. ¿Cómo criar a un ser humano cuando la vivienda es inaccesible, y la educación y la atención médica privadas, si se quiere brindar lo mejor, resultan prohibitivamente costosas, mientras los salarios, aun sumando ambos ingresos, parecen insuficientes para cubrir lo básico? La decisión de no tener hijos deja de ser personal para transformarse en un indicador económico, un síntoma de inequidad y de la insuficiencia de las políticas públicas.
Pero el fenómeno no es homogéneo. En Chiapas, Durango y Nayarit, donde las tasas de natalidad son más altas, factores culturales y comunitarios permiten que las parejas sigan formando familias a pesar de limitaciones económicas. Esto demuestra que la decisión de ser padres no depende únicamente del dinero: intervienen la tradición, la percepción de futuro y el soporte de la comunidad. Sin embargo, incluso en estas entidades, si la presión económica aumenta, podría reducir la natalidad en los próximos años si no se fortalecen los apoyos institucionales
En este contexto, surge una tendencia que cada vez vemos más al alza: algunas parejas optan por tener mascotas, a las que dedican tiempo, recursos y cariño con la misma intensidad que a un hijo. No se trata del cuidado habitual de una mascota, sino de llevarlo a un nivel humano, paseándolos en carriolas, proporcionándoles atención veterinaria especializada, alimentación de alta calidad y cuidados minuciosos, casi como si fueran pequeños miembros de la familia. Esta elección, lejos de ser superficial, refleja la manera en que el afecto se reconfigura cuando las condiciones dificultan la crianza de hijos.
Estas tendencias forman parte de un patrón que puede tener implicaciones profundas para nuestra sociedad en el futuro. Si la disminución de la natalidad se mantiene y se combina con la elección de muchas parejas de canalizar afecto hacia mascotas en lugar de hijos, el futuro demográfico podría enfrentar retos inéditos. Menos nacimientos significan también una presión creciente sobre la fuerza laboral, que tendrá que sostener a una población envejecida cada vez más numerosa. Con el incremento en la expectativa de vida, los sistemas de pensiones y seguridad social se enfrentarán a tensiones aún mayores. Habrá menos trabajadores jóvenes por cada pensionado, y la necesidad de recursos para garantizar ingresos dignos en la vejez se volverá más urgente. Estos cambios también impactan la economía en su conjunto, generando un menor consumo interno, disminución de la innovación impulsada por nuevas generaciones además de un desafío para mantener la cohesión social y los lazos intergeneracionales.
Frente a esta realidad, deberíamos preguntarnos: ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo y qué nos depara el futuro si la maternidad y la paternidad se ven condicionadas por la economía? La vida humana, antes asegurada como continuidad natural de la sociedad, ahora se encuentra mediada por el acceso a recursos, oportunidades y seguridad económica.
Hoy la maternidad y la paternidad son actos de valentía frente a la adversidad. Porque tener hijos sin recursos suficientes implica riesgos financieros y emocionales. No tenerlos por esa misma razón evidencia un fallo del sistema que debería garantizar la vida como derecho.
Como país y como humanidad nos encontramos en una encrucijada: decidir si queremos una sociedad en la que la vida dependa del dinero, o una en la que el propio tejido social sostenga la continuidad de la existencia humana. El camino que tracemos hoy definirá la forma en que viviremos mañana. Si optamos por priorizar la economía por encima de la vida, condenaremos a las próximas generaciones a cargar con el peso económico y social de sostener a generaciones envejecidas, a una incertidumbre silenciosa y a un vacío afectivo difícil de llenar. Si, en cambio, construimos un entorno que haga verdaderamente sostenible la paternidad y la maternidad, podremos asegurar que cada decisión de traer un hijo al mundo sea un acto de plenitud, de esperanza y de auténtica continuidad.
Aún estamos a tiempo de elegir con sabiduría; ojalá no reaccionemos cuando ya sea demasiado tarde.— Mérida, Yucatán
marisol.cen@kookayfinanzas.co m
@kookayfinanzas
Profesora universitaria y consultora financiera
