Edgardo Arredondo Gómez (*)

“Cuando respetamos a los demás, allanamos el camino para que nos respeten a cambio”

Friedrich Nietzsche.

Perú es un país con rasgos muy interesantes. Con una población cercana a los 34 millones de habitantes, cuenta con doce patrimonios mundiales declarados por la Unesco.

La cultura Inca, equiparable en grandeza e importancia a los mayas y una historia similar a la nuestra en relación con la conquista y dominación por España.

Tiene una economía emergente con una tasa de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) del 3.3%; un PIB interno de 289.2 miles de millones USD y un PIB per cápita de 8,452.37 USD, según datos del 2024 del Banco Mundial, lo que posiciona al país en el puesto 50 a nivel mundial entre 196 países evaluados.

En América del Sur, se posiciona como la tercera economía más competitiva. De vastos recursos naturales, posee una rica diversidad cultural, una geografía insuperable con la cordillera de los Andes, la Amazonía y la costa, una gran riqueza y diversidad de recursos con una economía basada en la minería, agricultura y turismo.

Un país plurilingüe con el español y lenguas aborígenes como el quechua y aimara como idiomas oficiales, una gastronomía reconocida mundialmente y embajadores emblemáticos tanto en la música, la literatura como en otras artes.

Pero el país sudamericano también se ha caracterizado por años turbulentos en la política que incluyeron dictaduras militares (fuente de inspiración para muchos relatos del gran Mario Vargas Llosa) y con un récord, que posiblemente estaría para el libro Guinness, de no ser por las implicaciones que esto conlleva, ya que actualmente tiene a cuatro expresidentes en la cárcel: Alejandro Toledo presidente del 2001 a 2006, acusado de lavado de activos y recibir sobornos por un valor de 35 millones de dólares por parte de la constructora brasileña Odebrecht, cursa con una condena de 20 años; Ollanta Humala presidente de 2016 a 2021 con 15 años de prisión por lavado de activos, al haber recibido aportaciones ilícitas de Hugo Chávez y de Odebrecht para financiar sus campañas electorales; Pedro Castillo, que tomó posesión en 2021 y fue destituido en 2022 y desde entonces está en prisión preventiva, después de protagonizar un fallido golpe de Estado al ver que el Congreso se aprestaba a tramitar una moción de vacancia (destitución presidencial) por indicios de corrupción en su gobierno; el más reciente, Martín Vizcarra presidente de 2018 a 2020, recibió presuntamente 611,000 dólares en sobornos cuando era gobernador de la sureña región de Moquegua.

Pero hay más: el expresidente Pedro Pablo Kuczynski, que estuvo de 2016 a 2018, continúa siendo investigado y lleva tres años bajo arresto domiciliario acusado de cohecho. Y No olvidemos que Alan García, presidente en dos períodos, de 1985 a 1990 y de 2006 a 2011, que no llegó a la cárcel al suicidarse en 2019, cuando iba a ser detenido por presuntos sobornos.

Si nos vamos un poco más hacia atrás, recordaremos a Alberto Fujimori, que estuvo en prisión de 2007 a 2023.

Desde luego deberíamos tener el contexto político y social que estuvo alrededor de esta serie de encarcelamientos presidenciales; pero, aun así, nos queda claro, que están a años luz de distancia de nosotros, tomando en consideración que aquí se instrumentó una consulta popular para juzgar a expresidentes, con la pobre respuesta de la convocatoria de López Obrador, solo con alrededor del 7% del padrón electoral, nos costó 500 millones de pesos y fue un acto más demagógico que de procuración de justicia, cuando el sentido común dictaba que cualquier expresidente con pruebas de algún delito debía ser investigado, enjuiciado y procesado.

Así que, en este aspecto, deberíamos ver con más respeto a los peruanos.

La gestión de Pedro Castillo, según analistas internacionales, fue simplemente caótica desde el principio; sin tener posiblemente todas las pruebas para enjuiciarlo, quiso adelantarse a una posible orden de aprehensión y desencadenó una especie de autogolpe de Estado.

Recordemos que desde el momento que esto ocurrió, la actitud proteccionista de López Obrador cobró relevancia al difundirse que Castillo se dirigía a la embajada mexicana para pedir asilo, algo parecido a lo sucedido en Ecuador con el vicepresidente Jorge Glas que terminó con la muy lamentable y reprobable invasión a la embajada mexicana por parte del gobierno del presidente Daniel Noboa.

Recientemente se dice que el abogado de Pedro Castillo pidió audiencia con la Presidenta. ¿De qué hablarían? Lo cierto al caso es que de nuevo Claudia Sheinbaum hizo declaraciones en defensa de Pedro Castillo con una franca intromisión en los asuntos internos de otro país.

Como represalia hace unos días el Congreso de Perú la declaró “persona non grata”. Este término tiene profundas implicaciones en el ámbito diplomático. La figura está regulada por el Artículo 9 de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas.

La reacción a lo anterior no deja de ser lamentable y preocupante, ya que el gobierno mexicano ha minimizado el hecho y no ha faltado por ahí más de un funcionario o político afín haciendo mofa de lo ocurrido.

La Presidenta sigue cargando con una canasta heredada de temas poco gratificantes en política exterior: desde el nombramiento de embajadores sin carrera diplomática, hasta pleitos banales y otros no tanto con España, Ecuador y Perú; sin olvidar la nula condena a los gobiernos tiranos de Nicaragua, Venezuela o Cuba, o dar protección a personajes cuestionables como Evo Morales.

Lo cierto al caso es que tal vez deberíamos de ver con más respeto a un gobierno que no le ha temblado la mano para encarcelar a expresidentes, sin argucias banales como un referéndum, con una simple acción: aplicar la justicia, sin impunidad para nadie.

Tal vez a la Presidenta le tenga sin cuidado haber sido nombrada “persona non grata”, pero al menos lo veo desde otra óptica, por la simple razón que ella nos representa. “Entre los individuos como entre las naciones el respeto al derecho ajeno es la paz”. Otra máxima juarista, la más connotada, ignorada por la 4T que ha reaccionado en forma contundente (y con justa razón) cuando los Estados Unidos los han señalado como un narcogobierno.

Les irrita que se metan en nuestros asuntos. No caigamos en ver la paja en el ojo ajeno, y no la viga en el nuestro.— Mérida, Yucatán.

Médico y escritor

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