Son tiempos aciagos.

La sombra parda de los autoritarismos y otras musarañas totalitarias avanza para cubrir casi cada rincón del planeta. Lo mismo en Oriente, de donde, desde tiempos remotos, llegan noticias de gobiernos autocráticos, hasta Occidente, donde el virus infecta por igual a repúblicas bananeras que a viejas democracias.

Lo mismo remedos seudoizquierdistas de Robin Hood que ayatolitas de derecha campean a sus anchas en la geografía política. Y con ellos, la vida político-social, como la conocíamos, va cambiando.

Vivimos tiempos aciagos para la democracia. El sistema político que data de la Atenas del año 500 a.C., que ha avanzado dando tumbos a través de los milenios, padece hoy una infección seria que daña al organismo comunitario a niveles que demandan una cirugía delicada.

Vivimos tiempos en los que el cinismo de la clase política alcanza niveles nunca antes vistos.

Tiempos en los que no se aceptan preguntas, menos cuestionamientos.

Tiempos en los que a los que hacen preguntas incómodas ejerciendo su labor periodística, el político encumbrado les responde, desde su atalaya de poder y fuero, “háganle como quieran”.

Tiempos en los de “ahora va la mía”.

En los que se incurre en lo mismo que tanto se criticó, en algunos casos en niveles más nauseabundos.

En los que la corrupción rampante del pasado, cuyo combate fue la principal bandera de los que hoy gobiernan, palidece ante las monumentales corruptelas de los actuales.

Tiempos en los que la estafa maestra es párvula frente a los desvíos del caso Segalmex y el huachicol fiscal.

Tiempos en los que valores como decencia, honestidad, integridad, justicia y verdad estorban para el ejercicio del poder y del juego político.

Tiempos de la posverdad, donde no hay una sola verdad; es la que mejor se amolda a cada interés, la que más se machaca todos los días. La “verdad” que prevalece es la del que más habla, por eso existen las mañaneras: para imponer la propia y acallar las ajenas.

Tiempos de acumulación de poder.

Tiempos en los que la fuerza vale más que la negociación, y la imposición que el arte de la política.

Tiempos de acallar las voces críticas, por medio del ridículo, o su fase superior, el silencio.

Tiempos en los que los gobernadores no asumen su papel de responsables de estados libres y soberanos, y se sienten cómodos en su genuflexo rol de siervos del poder federal.

Tiempos de represión al que piensa y actúa diferente, al que defiende sus ideas.

Tiempos en los que el poder político hunde la economía en forma gradual e irreversible, ante ojos ciegos de pueblos hipnotizados.

Tiempos en los que la clase política y sus familias no padecen las privaciones de la contracción económica. Al contrario, viven en jauja.

Tiempos de personalismos de derecha e izquierda, que se imponen sobre el bienestar poblacional.

Tiempos de personajes individuales y de salir bien en las selfis.

Tiempos sin ideas, ni análisis, ni reflexión.

Es en estas horas bajas para la democracia cuando el Comité del Premio Nobel de la Paz anuncia la designación a la luchadora social venezolana María Corina Machado. Una noticia refrescante.

Es un llamado a que vale la pena defender la democracia, combatir a los tiranos bananeros cuya visión es del tamaño de su pequeñez.

El Nobel a María Corina Machado es un espaldarazo a la lucha democrática y un duro revés a los reyes chiquitos. No solo a Maduro; también a los Ortega y a los Díaz Canel, y también a los Milei y a los Trump y a los Amlitos.

Es un mensaje a todos quienes nos recuerdan la advertencia de John Locke: Aquellos que pretenden quitarnos la libertad, no nos dan razones para no pensar que son capaces de quitarnos todo.

La academia noruega otorgó el Nobel a María Corina Machado en reconocimiento a su “lucha para lograr una transición democrática” en Venezuela. “Mantiene viva la llama de la democracia en medio de una creciente oscuridad”, un símbolo de esperanza ante el autoritarismo.

El mundo de creciente oscuridad, como lo califica la academia, busca héroes. Héroes sociales, no individuales. Por eso la respuesta de Machado es tan poderosa: “Soy solo parte de un gran movimiento”.

Hay esperanza.— Mérida, Yucatán

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@olegariomoguel

Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

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