“Mi planta de naranja lima” es una obra literaria que tiene la virtud de trasladar al lector a sus años de infancia, seguramente, como a mí me sucedió, encontrarás con sorpresa muchas similitudes con el protagonista principal, Zezé un niño de 5 años.
El autor de esta novela autobiográfica se llama José Mauro de Vasconcelos y es un libro ágil de leer, escrito en primera persona y que aborda temas que tienen que ver con la pobreza, el maltrato infantil, la amistad, el amor, la familia, la pérdida y también la tristeza.
Esta obra, a mi juicio, debe ubicarse en lo que se ha dado a llamar el “realismo mágico” y el “boom” de la literatura latinoamericana de las décadas de los años 60’s y 70’s. De hecho, la primera edición de este título se realizó en 1968 y encabezó la lista de los libros más vendidos, fue traducida posteriormente a 32 idiomas y publicada en 19 países y llevada al cine y al teatro.
En la narración nos encontraremos con una serie de travesuras interminables de Zezé y nos vamos a indignar con las terribles palizas que recibía en casa, por parte de su papá y sus hermanos, nada extraño en esos años, cuando la dureza de los maltratos a la infancia se consideraba como una estrategia didáctica.
Pero, también, nos vamos a identificar con las fantasías de Zezé, cuyo principal amigo imaginario es, precisamente, una planta de naranja lima, que a veces se transforma en un caballo, con el que el protagonista cabalga en lejanas praderas del Oeste Americano y enfrenta apaches y otras aventuras imaginarias.
Como decía al principio, este libro me logró transportar a mis años de infancia en Buctzotz y a recordar a mis amigos con los que los sábados salíamos al parque, algunos con su banquito de madera para bolear zapatos, los juegos de vaqueros con pistolas imaginarias y caballitos de madera. Las navidades tristes en las que el Niño Dios se olvidaba de llevarnos regalos. Las épocas de jugar canicas en la calle, kimbomba y “caza venado” con una vieja pelota de hule, así como el arte de hacer papagayos y elevarlos en tiempos de vientos.
También, los días de finados cuando elaborábamos ingeniosas lámparas de gas con latas de leche Nido y frasquitos de medicina y nuestras excursiones en despoblado y al cementerio, retando a las traviesas ánimas a que salgan del inframundo.
Las épocas de cosechar huayas y cuando nos escapábamos de los mayores para, osadamente, bañarnos en los tanques de agua de las quintas o en los cenotes.
Pienso que, “Mi planta de naranja lima”, es una obra literaria fácil de leer y que debiera estar al alcance de todos en las primarias de nuestro país. Tiene la magia de regresarnos la ternura y revivir ese niño que llevamos dentro, ese espíritu infantil y mágico que tanto necesitamos en el día a día de nuestra vida adulta, entre las cuentas por pagar, los compromisos, las breves alegrías y las frustraciones.
Un mundo donde no nos absorbían el tiempo las pantallas de los teléfonos celulares y ni las tabletas electrónicas, porque no existían; apenas, algunas casas contaban con un televisor enorme en blanco y negro. Un mundo donde la calle y el patio de la casa eran el detonante de nuestra imaginación y nuestro refugio para fantasear con juegos y aventuras, que los transformaban en selvas, en desiertos, en otros planetas y lugares lejanos y fantásticos.
A veces me pregunto si, la infancia, alienada en pantallas de estos tiempos, tendrá recuerdos como estos en la edad adulta y me cuestiono que, si bien los aparatos electrónicos son herramientas útiles, quizá avasallan esa natural imaginación infantil que, para nosotros era, no tanto un escape, sino nuestro mundo ideal.
Quizá sea una ilusión regresar a ese mundo perdido sin pantallas electrónicas, aunque, como papás y abuelos, podemos intentar apartar a nuestros hijos o nietos de ellas por determinados lapsos de tiempo e inducirlos a conocer ese mágico mundo de Zezé.
Sé que es difícil, pero lo dejo de tarea.— Mérida, Yucatán
rogergonzalezh@hotmail.com
Profesor
