“La pluma le debe de servir al médico no solo para llenar recetas”.— Dr. Heriberto Arcila Herrera

Recuerdo aún emocionado la mañana en que me dirigí a la casa de mi maestro el doctor Heriberto Arcila Herrera. En la calle 57, a unas cuadras de la Facultad de Medicina. Me acerqué al portón delimitado por una larga barda de piedra. No estaba en ese momento, pero pedí le entregaran un ejemplar de mi primera novela: Detrás del Horizonte. Años después, como el alumno disciplinado que entrega la tarea al profesor acudí de nuevo. Esta vez tuve mejor suerte. Abrió el portón, su acostumbrado saludo: ¿¡Qué pasó chamacón!? Le entregué mi segundo libro: De Médico a Sicario, con la invitación a la presentación que se llevaría al cabo una semana después en el auditorio de la Facultad de Medicina, donde, por cierto, uno de los presentadores fue otro inolvidable y querido maestro el doctor Renán Góngora Biachi. Y es que independientemente de su amplia trayectoria como médico e investigador, el maestro Arcila tenía otra afición que lo distinguía: su amor por las letras, con un toque humanístico que quedaría plasmado entre otras tantas cosas en sus columnas que durante muchos años se publicaran en el Diario de Yucatán: “Rebabas y Bachichas” y “Cocay”, siempre con relatos breves pero rebosantes en mensajes y reflexiones. Días después ahí estaba el maestro sentado en el auditorio, al terminar, lleno de alegría le di las gracias, sus palabras sencillas: “Vas bien, sigue así: la pluma le debe de servir al médico no solo para llenar recetas”. Y es que años antes de mis atrevimientos literarios y cuando era investigador me invitó a colaborar con un artículo para la Revista Médica del Centro Médico de las Américas.

El doctor Heriberto Arcila Herrera es parte de este grupo selecto de próceres sagrados de la Medicina junto con los doctores Laviada, el Dr. Lizardo Vargas, el Dr. Raúl Bracamonte, el Dr. Herberto Méndez, el Dr. Renán Góngora, el Dr. Carlos Urzaiz Jiménez entre otros tantos que tuve la dicha de tener como mentores; no solo fueron maestros en el arte de curar, sino médicos con un sentido humanista que tanta falta hace hoy en día.

Cursaba el segundo año de la carrera. En la cátedra de Fisiología, las clases plenarias estaban a cargo del maestro Arcila. ¿Puede una materia tan fundamental, básica y elemental a pesar de su aparente aridez ser dictada en forma amena? Por supuesto que se puede y el doctor Arcila era ejemplo de que la sencillez en el docente es un ingrediente toral. La manera de ver y necesitar a la Fisiología no solo para entender el funcionamiento del ser humano sino su patología y por consecuencia los recursos para tratar la enfermedad, permeó tanto en mi formación que años después fue un elemento favorito al aplicarlo en la Ortopedia, desde el estudio de la biomecánica hasta la cinemática en los traumatismos, pasando por la comprensión de esta maravilla viva, resistente y con tanta capacidad para curarse como lo es el hueso.

Su obra como médico es sumamente extensa con numerosas publicaciones y trabajos de investigación. Su labor docente quedó materializada en más de 30 generaciones. El doctor Góngora Biachi publicó un artículo sobre la vida del maestro Arcila. Fue jefe del departamento de Fisiología del Centro de Investigaciones Hideyo Noguchi. Con un gran equipo a su alrededor del que formé parte como becario por tres años y en donde conocí el otro lado fascinante de la Medicina: la investigación. Fundador de uno de los recintos hospitalarios más afamados de Yucatán: el Centro Médico de las Américas.

Su aporte en la Nefrología, una de sus especialidades, le permitió la comprensión de temas de investigación tan connotados y que son aportes a la medicina mundial como: la angiotensina en el transporte renal de sodio y la génesis de la hipertensión, el ámbito enzimático del mecanismo de acción de los diuréticos y, sobre todo, los trastornos metabólicos de la insuficiencia renal. Estar tan cerca de estos pacientes condicionó tal vez, al maestro, el desarrollo de una sensibilidad con la que se identificaba al acercarse al sufrimiento de esta relación amor/odio con la diálisis. Inolvidable una sesión que se convirtió en una de las disertaciones más bellas que recuerde: el papel del médico al permitir que el paciente terminal esté en casa rodeado de sus seres queridos, al momento de despedirse. Como cita el doctor Góngora Biachi, el maestro tenía el don de la paciencia que permite escuchar, entender y consolar a sus pacientes. “El médico debe ser amo de sus silencios y esclavo de sus palabras. Amo de sus silencios en el deber de la secrecía, de la intimidad doliente de su paciente. Ese diagnóstico que no es solo patología, sino historia íntima de un humano que sufre. Historia de vidas reveladas en el confesionario del consultorio del médico-sacerdote. Secretos de honras destruidas, de esperanzas fallidas, pesares, emociones, que tú, médico, debes aceptar en empatía con tu paciente…”.

Algo que le agradeceré por siempre: cursaba el cuarto año de la carrera, cuando a iniciativa suya y con la encomienda a la doctora Silvia Carrillo Jiménez, se modificó la selección de médicos becarios de pregrado, a fin de que los mejores promedios rotaran un año antes del internado por la Cruz Roja. Aquello marcó para siempre el rumbo de mi carrera, no solo por todo lo que aprendí, sino tambien por ver la medicina desde otra perspectiva, por conocer el sentido humanitario de la profesión, pero además por definir mi camino a la Ortopedia; no por menos le di veinte años de mi vida a la benemérita institución.

De las últimas ocasiones que se le vio en público fue durante la presentación del libro “Entendiendo al Paciente con enfermedad de Parkinson”, en marzo de 2019; un texto muy bien elaborado e imprescindible para el paciente aquejado de este mal, el cual padecía el maestro, compartiendo su testimonio, enfatizando que además del tratamiento con medicamentos, el enfermo requiere de la compañía y el cariño de su gente. Su participación, muy emotiva. Resaltó en su caso la ayuda y el amor incondicional de su esposa, Paquita, su compañera de vida.

Se fue otro de los grandes maestros, como me ha ocurrido antes, un sentimiento de orfandad permea en todos los que tuvimos la dicha de ser sus alumnos. Descanse en paz el médico, el investigador, el humanista, el gran amigo.— Mérida, Yucatán

Médico y escritor

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