En Mérida, una ciudad de alma colonial y calles trazadas para carruajes, no para mastodontes de acero, se impuso una modernización que llegó sin medir el terreno.

De pronto, los yucatecos nos encontramos con enormes autobuses Mercedes-Benz que, aunque lucen brillantes y prometen eficiencia, apenas caben en las avenidas que zigzaguean entre casonas antiguas y banquetas estrechas.

El sistema “Va y Ven” y su par “IE-Tram” fueron presentados como el gran paso hacia un transporte digno y moderno. Pero la realidad que cuentan los usuarios es otra historia.

Un servicio deficiente, conductores sin capacitación humana y una planeación que parece no haber contemplado ni el tamaño de nuestras calles ni las necesidades reales de quienes viajan cada día.

El resultado: una ciudad sofocada por autobuses demasiado grandes, un tránsito cada vez más torpe y un costo diario que golpea el bolsillo del trabajador.

La tarifa de $12 por trayecto puede parecer razonable para el papel, pero en la práctica significa $24 diarios para quien apenas gana lo justo. ¿Y a cambio de qué?

De un servicio irregular, donde los conductores muchas veces no respetan los paraderos ni atienden con amabilidad a los adultos mayores o a las personas con movilidad reducida.

Esto es la modernidad mal entendida. Modernizar no es traer autobuses nuevos: es garantizar un servicio humano, eficiente y pensado para la realidad de la ciudad.

Los modelos Mercedes-Benz O 500 U 1826 con carrocería Urbanuss Plus son máquinas magníficas, pero no para calles que apenas permiten el paso de un vehículo y donde maniobrar se vuelve un acto de malabarismo diario.

En las calles del Centro Histórico —angostas, con esquinas ciegas y pavimento irregular— estos gigantes se mueven como elefantes dentro de cristalería.

No se trata de estar en contra del progreso, sino de pedir sensatez: un transporte urbano debe adaptarse a la ciudad, no la ciudad al capricho del transporte.

Hay mal servicio y falta de empatía, así que a lo técnico se suma lo humano. Numerosos usuarios relatan que los choferes no se detienen si el pasajero no levanta el brazo con tiempo (una cuadra) antes según ellos.

Al decir, de muchas de las personas mayores, si están sentadas esperando, son simplemente ignoradas. Esa falta de humanidad y capacitación es la que deteriora todo esfuerzo de modernización.

Porque un autobús puede tener rampa, piso bajo y cámaras, pero si el conductor no respeta al anciano, si no ayuda a la persona con discapacidad, o si trata al pasajero como estorbo, todo el proyecto se vuelve una burla disfrazada de avance.

Y hay que aunar una inversión que no se sostiene. La Agencia de Transporte de Yucatán reconoció ya el quebranto financiero del sistema: se habla de miles de millones de pesos y de rutas que no logran cubrir ni los kilómetros prometidos.

Se invierte en maquinaria, pero no en mantenimiento humano, ni en estudio urbano, ni en educación vial. Es como construir una casa sin cimentación.

Este es un llamado urgente. El texto no busca atacar, sino despertar. El gobernador, la Agencia de Transporte y las autoridades municipales deben escuchar las voces de quienes día a día esperan bajo el sol a que “venga el que se va y se va el que viene”, como dicen los meridanos con ironía.

Capaciten a los choferes, revisen las rutas, respeten los paraderos y, sobre todo, piensen en los ciudadanos mayores que también merecen llegar con dignidad a su destino.

Mérida necesita transporte humano, no monstruos mecánicos que asfixian sus calles. El progreso no se mide en el tamaño del autobús, sino en la calidad del servicio y en el respeto al pasajero.— Mérida, Yucatán

Abogada y escritora

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán