Los siniestros de tránsito en las carreteras están a la orden del día. A diario leemos por la prensa, vemos por la televisión o escuchamos entre los amigos y vecinos los choques de carros, tráileres o autobuses; los motociclistas que derrapan o se estrellan contra un poste, una camioneta o son colisionados por un automovilista imprudente, o los ciclistas y peatones que son atropellados.

Algo grave está pasando que la seguridad vial se resquebraja y los siniestros en las calles, avenidas, periférico y carreteras se incrementan considerablemente y, por consiguiente, el número de lesionados y muertes.

Las rojas estadísticas deben preocuparnos y los conductores reflexionar sobre tantas víctimas, las heridas de gravedad y las fallecidas, para hacer conciencia del compromiso al manejar un automóvil, un autobús, un tráiler, una motocicleta, un triciclo o una bicicleta.

Nos confiamos al conducir y queremos hablar o mensajear por el celular, maquillarnos, comer, fumar o ingerir bebidas etílicas, pero olvidamos que la distracción es un factor de riesgo que puede provocar un siniestro y cambiar la vida nuestra y la de muchos.

De acuerdo con los informe y datos del ingeniero de tránsito y especialista en seguridad vial René A, Flores Ayora, octubre fue un mes de tragedias en la entidad con 15 muertes en siniestros de tránsito. Y de enero al 16 de noviembre de este año fallecieron 237 personas: 138 motociclistas, 16 ciclistas, 18 peatones, 33 acompañantes y 32 conductores.

Ante este panorama preocupante y doloroso es urgente modificar nuestra forma de conducir un vehículo y fortalecer nuestra cultura de seguridad vial. El ingeniero Flores Ayora exhortó también a reflexionar sobre estos siniestros y comprender que la seguridad es una responsabilidad compartida, de todos.

Si manejáramos con precaución, respetando los señalamientos de tránsito, no conduciendo a alta velocidad, ni en estado inconveniente, ni gritando, ni ofendiendo a otros conductores, concentrados en el volante y disfrutando nuestro viaje, sea corto o largo, podríamos evitar choques, tragedias, pleitos y pérdidas humanas.

Y esto no es utopía, puede ser una realidad sin todos nos comprometemos a conducir con responsabilidad. Los llamados “accidentes” se pueden evitar.

Estar detrás del volante implica una delicada responsabilidad. El automotor se pude convertir en un arma letal por nuestra imprudencia. Un descuido, un enojo, un parpadeo, un mensaje escrito en el celular puede modificar radicalmente el rumbo de nuestras vidas.

Pero muchas veces nos sentimos invencibles, poderosos, y desafiamos a la velocidad, al destino, a la vida misma. Manejamos a más de cien kilómetros por hora en una avenida o el periférico, queremos rebasar por la derecha, doblamos sin precaución en una calle o en la carretera, queremos invadir el espacio existente entre un carro y otro, insultamos a otros conductores, nos pasamos el rojo del semáforo y, además, manejamos alcoholizados.

Y la tragedia se hace presente. Llega el dolor, el llanto, el arrepentimiento, pero no podemos dar marcha atrás. Nada es igual. Todo se transforma. Cortamos de tajo alguna vida y la nuestra o, en su defecto, si vivimos para contarlo, cargamos con la culpa y el sufrimiento.

Los motociclistas ocupan un lugar preferente en los siniestros de tránsito. Los heridos y las muertes se han incrementado. Alta velocidad, manejar alcoholizado y sin casco protector son imprudencias que traen dolor y lamentos.

Con frecuencia miramos a familias enteras en motocicletas: el padre, la madre y dos hijos, bebés incluso, con objetos en la cabeza que imitan los cascos protectores. Esto es una imprudencia, porque los pequeños están en riesgo. Pero a pesar de estar prohibido, más de dos adultos y no menores de cinco años en las motos, este panorama se da a diario sin llamadas de atención o sanciones.

Los ciclistas también están en riesgo, principalmente en las noches, porque no usan casco, ni chalecos reflectores, ni luces en las bicicletas, y aquí podemos incluir a los triciclos. El número de automotores ha crecido y esto implica más riesgos para ellos por la imprudencia de muchos conductores.

No deberíamos conducir un vehículo si estamos cansados, enojados, con sueño, con licor en la sangre y trasnochados después de una fiesta nocturna. Imprudencia, alcohol y alta velocidad conforman el trinomio mortal, una bomba de tiempo en las calles, avenidas y carreteras.

Urge una campaña de educación y seguridad vial en las escuelas, hogares, oficinas, dependencias y comunidad en general para reflexionar sobre tantas imprudencias, errores y distracciones que cometemos al caminar o cruzar una calle y manejar un vehículo, y esto propicia siniestros de tránsito y muchas dolorosas tragedias.

En honor a las víctimas en carreteras debemos comprometernos a manejar con precaución y responsabilidad para evitar más heridos y muertes.—Mérida, Yucatán

Profesor

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