Hace unos días escuché el discurso de Ana Corina Sosa Machado, hija de María Corina Machado, quien tomó la palabra para leer un mensaje en su nombre durante la ceremonia en la que se le otorgó el Premio Nobel de la Paz.
Fue un discurso profundamente humano, haciendo referencia a lo que hoy ocurre en Venezuela. Hubo un fragmento que me interpeló de manera directa como ciudadana. Dijo, textualmente: “Pero más profundo y corrosivo que la destrucción material fue el método calculado para quebrarnos por dentro. El régimen se propuso dividirnos: por nuestras ideas, por raza, por origen, por la forma de vida. Quisieron que los venezolanos desconfiáramos unos de otros, que nos calláramos, que nos viéramos como enemigos”.
Ese fragmento se me quedó dando vueltas en la cabeza durante días. No porque describa algo desconocido, sino porque nombra con una precisión incómoda aquello de lo que casi nunca se habla cuando se analizan las crisis económicas: el daño interior, el quiebre invisible, la fractura moral y social que antecede y explica cualquier colapso financiero.
Por eso decidí escribir este artículo. Porque, aunque no lo parezca, lo que ahí se describe no es solo una tragedia política o humanitaria; es un fenómeno profundamente económico, íntimamente ligado a las finanzas cotidianas, a la pobreza estructural, a la pérdida de bienestar y a la imposibilidad de construir futuro para un país.
Si analizamos con detenimiento lo ocurrido en Venezuela, resulta evidente que su deterioro no puede explicarse únicamente por decisiones económicas equivocadas. El quiebre fue más profundo y más silencioso.
El país se fue fragmentando poco a poco. El tejido social, ese entramado invisible que sostiene los intercambios, los contratos, el crédito, el trabajo y el ahorro, comenzó a desgarrarse hasta debilitarlo todo.
La división de una sociedad no es solo un fenómeno político; es también un proceso económico de enorme impacto, capaz de erosionar oportunidades, concentrar poder y empobrecer a las mayorías sin necesidad de recurrir, al menos al inicio, a la destrucción material.
Sabemos que el ser humano es, por naturaleza, un ser social y que ninguna economía puede sostenerse sin cooperación.
Acuerdo
El dinero, en esencia, no es más que un acuerdo colectivo, un acto de fe compartida: vale porque creemos que mañana alguien más lo aceptará, porque confiamos en la palabra ajena, en reglas comunes y en cierta continuidad del sistema. Cuando esa confianza se erosiona, el dinero pierde su sentido más profundo; deja de ser un puente hacia el futuro y se convierte en un objeto frágil, intercambiable, casi tan vulnerable como cualquier pedazo de papel.
En ese punto, no solo se desordena la economía: se distorsiona la vida misma.
El futuro deja de percibirse como una promesa y comienza a vivirse como una amenaza constante, algo de lo que hay que protegerse en lugar de algo que valga la pena construir.
La frase que pronunció Ana Corina describe con exactitud ese proceso. No habla solo de escasez, inflación o devaluación. Habla de un método calculado para romper los lazos que permiten a una sociedad funcionar. Cuando se siembra la desconfianza entre vecinos, cuando se enseña a ver al otro como enemigo, cuando se normaliza el silencio por miedo, se destruye el capital social, ese activo invisible sin el cual no hay empresa que prospere, ni mercado que funcione, ni ahorro que tenga sentido.
Sin inmunidad
Hasta aquí, muchos podrían pensar que este es un análisis sobre Venezuela, duro, trágico, pero lejano; una historia que conmueve precisamente porque parece ajena. Es cierto: México no es Venezuela. Pero tampoco es una burbuja inmune.
Vivimos en un país donde la división se ha vuelto parte de la vida cotidiana, donde el lenguaje del enfrentamiento se normaliza, donde cada vez cuesta más reconocernos en el otro sin sospecha ni prejuicio. No hace falta señalar partidos ni colores para advertirlo. Basta con escuchar cómo hablamos, cómo desconfiamos, cómo simplificamos al otro hasta convertirlo en una etiqueta, olvidando que detrás hay personas, historias y futuros que también están en juego.
En México, la división no ha destruido la economía, pero la está erosionando lentamente. Se refleja en la informalidad persistente, en la baja productividad, en la desconfianza hacia las instituciones, en la fragilidad del ahorro de las familias. Se manifiesta en la dificultad para construir acuerdos básicos que trasciendan coyunturas y en la imposibilidad de pensar en el largo plazo. También se refleja en las finanzas de los hogares: en familias endeudadas no por excesos, sino porque simplemente no les alcanza; en trabajadores que miran el retiro con temor, conscientes de que sus recursos no alcanzarán; y en jóvenes que no imaginan un futuro en nuestro país.
Resulta inquietante constatar cómo la fragmentación ha sido asumida casi como un rasgo inevitable de la vida pública. Se convive con ella sin cuestionarla, como si no tuviera consecuencias. Se habla poco de lo que realmente cuesta, del deterioro que provoca, de las oportunidades que cancela. Y persiste la idea equivocada de que la economía se reduce a números y estadísticas, cuando en realidad es un reflejo fiel de la solidez o la fragilidad de nuestros vínculos sociales.
Bandos
Cuando el discurso público se organiza alrededor de bandos: los buenos y los malos, los pobres y los ricos, los correctos y los equivocados, la lógica económica se contamina. Se instala la sospecha como norma. Se siembra la idea de que la riqueza es moralmente cuestionable y la pobreza una identidad permanente; de que unos merecen y otros deben expiar; de que el éxito es una falta y no el resultado de trabajo, riesgo o disciplina. En lugar de construir puentes, se levantan trincheras. Y en una economía atravesada por trincheras, nadie gana.
Por eso es indispensable devolverle su verdadera dimensión a la unidad. No como uniformidad ni como silencio frente a las diferencias, sino como la capacidad de convivir con ellas sin convertirlas en ruptura. La unidad no es un ideal romántico, es un activo económico. Es capital social. Es la base sobre la que se construyen mercados funcionales, sistemas financieros sanos y proyectos de largo plazo.
Un país puede y debe debatir, disentir y corregirse, pero cuando logra hacerlo marchando en la misma dirección, resolviendo sus conflictos sin destruirse, la economía encuentra terreno firme. Cuando ese activo se erosiona, todo se vuelve frágil, reversible y manipulable. Porque, al final, la estabilidad económica de un país no se juega solo en presupuestos o balances, sino en la capacidad colectiva de reconocerse como un nosotros, aun en la diferencia. Cuando ese nosotros se quiebra, todo lo demás comienza, inevitablemente, a quebrarse con él.—Merida, Yucatán
marisol.cen@kookayfinanzas.com
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Profesora Universitaria y Consultora Financiera
