El gobierno de Quintana Roo ha tomado desde hace casi 10 meses la decisión de apresurarse a definir la sucesión frente al proceso político que culminará el próximo 2 de junio de 2027, es decir casi 24 meses antes de que suceda. Este proceso, si bien puede interpretarse como parte del ejercicio democrático en el pleno camino del proselitismo político, sólo ha generado confundir los actos propios de gestión de gobierno en intenciones partidarias y favoritistas.

Hablar de democracia es asunto de cabeza y corazón. Maquiavelo atribuía a la razón el papel controlador de las pasiones. La institución es razón formalizada para canalizar la pasión.

En esta etapa anticipada pre electoral ya se están presentando en sociedad los aspirantes que pretenden consolidar los tiempos de transición democrática de este segundo piso de una cuarta transformación cuyo andamiaje cada día cuesta más sostener. Ya se escuchan muchas consignas, invocaciones nostálgicas cargadas de un contexto emocional hacia tiempos mejores y ante escenarios tan indefinidos como complejos.   

Es por ello, que el próximo proceso electoral, encontrará a Quintana Roo en el cambio institucional que se está tratando de imponer.  Ya tuvieron a un joven que aún sigue preso, están transitando el tiempo de las mujeres que más allá de su lamento permanente borincano, ha asumido un especial aprecio por la vanidad y la acumulación de egos pintados de los colores verdes del asqueroso capitalismo neoliberal. Sin embargo, aún siguen notándose algunos resabios de viejos estilos y de conflictos generacionales en la carrera hacia la conquista del poder. A los “viejos”, les cuesta entender aún los nuevos mecanismos y hechuras de la política moderna. A las nuevas generaciones aún les cuesta aceptar que siguen, sin darse cuenta, pretendiendo la suma del poder absoluto que tenían  las viejas generaciones y la acumulación de caja.

La teoría de la democracia tiene en cuenta tres “objetos compartibles” a) los valores fundamentales, tales como la libertad, la igualdad y la justicia; b) las reglas de juego o procedimientos para ventilar los disensos y c) las políticas específicas, cuya elaboración supone todo lo anterior.

El primer nivel o consenso básico es condición necesaria, de la democracia. Le da consistencia para resistir mejor ante ineficacias específicas. El segundo nivel es tan decisivo como el primero: si no hay acuerdo para procesar las discrepancias, si las reglas se cambian por arbitrio del príncipe o por la manipulación del poder, se irá en dirección al “Estado de Naturaleza” hobbesiano donde todos viven en una guerra de todos contra todos. La difusión de la incertidumbre es el ambiente propicio para la anarquía, la dictadura o el totalitarismo que por momentos estamos percibiendo. El tercer nivel es el de las políticas públicas y los consensos específicos. Lo que hace a la calidad del gobierno es la inteligencia previa de la deliberación. Hoy no hay deliberación y por lo tanto merma la calidad del gobierno.

Es por ello que la democracia es un delicado edificio político y eso es lo que hoy no se ve representado en Quintana Roo. En él, la autoridad es clave de la bóveda. Autoridad viene de “auctor”, instigador de acciones libres, factor de certidumbre.

La autoridad, aumenta la confianza. Cuando quienes ocupan roles de autoridad son factores de incertidumbre, no tienen autoridad verdadera. La pregunta es “¿quién tiene hoy la autoridad en Quintana Roo?. ¿La gobernadora?, ¿Jorge Emilo? ¿la presidenta Sheinbaum?

En política no hay nada definitivamente conquistado: se puede progresar, pero también se puede regresar. Elíjase el método de análisis que se prefiera. La historia contemporánea exhibe la escasa atención prestada a la calidad del régimen político por parte de los líderes, quienes muchas veces caen en una adicción megalómana al poder, a la apelación de la fuerza sin autoridad legítima, a la ausencia del sentido positivo de la tolerancia o a la corrupción.

Quintana Roo, no necesita héroes, ni líderes infalibles ni iluminados que se mandan pintar sus retratos en los techos del Congreso, ni prometan salvaciones instantáneas. Quintana Roo necesita almas grandes, hombres y mujeres que acepten la humildad como cimiento, el diálogo como método, la verdad como disciplina, la cercanía como estilo, el dialogo como fuerza política y la reconciliación como horizonte.

Aun el estado cuenta con heridas antiguas que no se cierran con discursos ni con decretos.

Ojalá que este proceso electoral que está en sus primeras instancias pueda, en definitiva, reafirmar el papel que los actores sociales tienen en la actualidad como garantes del sistema democrático y que cualquier aspirante a un cargo electivo entienda que sólo dentro de un amplio marco de discusión y no de imposición, saldrán los consensos básicos para el ejercicio de una buena gobernabilidad a futuro. 

De otra forma nos encontraríamos nuevamente en los intereses especulativos y corporativos  de una dirigencia que no quiere entender que Democracia se escribe con D de demos y no con D de dedo, con L de libertad y legalidad y no de Lucerito.

Politólogo

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