Guillermo Fournier Ramos (*)
“Si el sentido de la política no es mejorar la calidad de vida de las personas, entonces la política no tiene sentido”. Considero que esta frase encierra el principio fundamental del quehacer público, y que muchos de los vicios que se observan en la política cotidiana se deben precisamente a la distorsión de valores como la responsabilidad y la integridad moral.
En la actualidad parece que la mayor preocupación de algunos gobiernos y actores públicos es escenificar un espectáculo de supuesta cercanía con el pueblo —a veces con mucha falsedad— aunado a la entrega de dádivas que no resuelven los problemas sociales de fondo, pero sí fungen como paliativo.
El asunto es que esta forma de hacer política ha demostrado una y otra vez ser ineficaz para ofrecer resultados reales y sostenibles. El comunismo fracasa porque no genera riqueza y multiplica la miseria; el híper capitalismo salvaje fracasa porque fomenta la desigualdad económica y es indiferente a la pobreza; y el populismo demagógico fracasa porque funciona como mera pantalla para acumular poder mediante la repetición de narrativas triunfalistas, mientras se descuida la política pública de manera incompetente, olvidando el fin último del bien común.
No puede ser democrático un discurso que divide a la población entre “buenos” y “malos” de manera artificial, siendo los primeros todos quienes simpaticen con el gobierno, y los segundos todos aquellos que critiquen la actuación de la autoridad pública.
Más allá de la degradación de los ideales de la democracia, lo preocupante es que la única forma de superar los grandes retos de la sociedad y solucionar los problemas colectivos será uniendo a la población en torno a causas comunes, sin excluir a nadie ni promover discordias.
Por eso el populismo demagógico nunca conseguirá buenas notas al hacer un balance general. Aunque busque atender a grupos vulnerables vía apoyos sociales, su mal desempeño en economía, educación, salud, seguridad y servicios públicos, terminarán por perjudicar a toda la población y especialmente a quienes viven en condiciones precarias.
La estridencia y la polarización son instrumentos del líder populista para mantenerse en el poder, no obstante, el auténtico bienestar compartido solo puede obtenerse a través de la colaboración y la suma de esfuerzos de los distintos sectores de una sociedad.
Tal cooperación es viable, pero no en ambientes enrarecidos por emociones negativas como el odio y el desprecio hacia quien piensa diferente. Al contrario, requerimos de autoridades conscientes y sensatas que llamen a la unidad y el trabajo en equipo, porque solo así es posible el progreso humano.
Como escribió el economista italiano Pietro Verri en 1771: “el interés privado de cada individuo, cuando coincide con el interés público, es el mejor garante de la felicidad general”. El enunciado es sencillo, aunque sumamente acertado. Volver a los valores cívicos y sociales es la fórmula para alinear los objetivos e intereses legítimos de gobiernos, empresariado, gremios, sociedad civil, organizaciones colectivas y grupos vulnerables.
En cambio, cuando la corrupción asienta raíces y el interés de los actores políticos y económicos consiste únicamente en acumular niveles excesivos de poder y riqueza, el destino asegurado será catastrófico. Ese es el terrible mal de muchas sociedades, de manera marcada en países con economías emergentes.
El bien común es factible, por lo que no debemos conformarnos con la mediocridad. La responsabilidad conjunta nos exige acción, porque el futuro es aquello que vamos a construir. Los valores siempre serán la brújula moral que nos guíe en ese sentido.
En un contexto de polarización social y política creciente, volver al centro ideológico y práctico es un acto de valentía. Sin embargo, estoy convencido de que la mayoría de la gente prefiere la cohesión antes que la división, y la cooperación antes que la profundización de una grieta que nos separe.
Aunque la realidad puede parecer sombría por momentos, hay que recordar lo que decía un activista e intelectual mexicano a mediados del siglo pasado: “las ideas y los valores son las únicas armas que tenemos; y aunque no tenemos otras, tampoco las hay mejores”. — Mérida, Yucatán
Licenciado en Derecho, maestro en Administración, doctor en Gobierno
