En los últimos días, el mundo ha sido testigo de un salto geopolítico sin precedentes: la intervención militar estadounidense en Venezuela bajo la presidencia de Donald Trump. Ha marcado un antes y un después en la política exterior global.
Lo que comenzó como presiones diplomáticas se ha convertido en hechos concretos con implicaciones profundas para toda América Latina y más allá.
Venezuela se ha convertido en una intervención que cambia el tablero. A principios de enero de 2026, fuerzas estadounidenses llevaron al cabo una operación que resultó en la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa. Trump justificó esta acción bajo la reinterpretación de la Doctrina Monroe, insistiendo en que Estados Unidos debía restaurar su “preeminencia” en el hemisferio occidental.
Aunque el gobierno estadounidense afirma que la intención es instaurar un gobierno de transición y reactivar el sector petrolero incluso negociando la entrega de millones de barriles de crudo al mercado estadounidense, numerosos gobiernos y organizaciones internacionales han condenado la operación como una agresión directa a la soberanía de Venezuela.
La vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez y otros líderes han denunciado que se trata de una acción que viola leyes internacionales y pone en riesgo vidas.
Y… más allá de Venezuela: ¿quién sigue? Tras estas acciones, Trump ha repetido públicamente que otros países podrían estar en la mira. En entrevistas y declaraciones recientes ha mencionado a Cuba, Groenlandia, Colombia, Panamá, México y otros territorios como posibles futuros “objetivos” de su política exterior.
Cuba: Trump ha declarado que la isla podría “caer” debido al debilitamiento de su principal aliado, Venezuela, y ha sugerido que Washington puede intervenir para “ayudar” al pueblo cubano.
Groenlandia: La idea de adquirir esta isla ártica —actualmente parte del Reino de Dinamarca— ha sido recuperada por Trump, incluso con menciones de que la acción militar “siempre es una opción” para asegurarla. Esto ha generado fuertes reacciones internacionales, especialmente de Dinamarca y aliados europeos.
Canadá y el Canal de Panamá: Aunque la anexión militar abierta de Canadá ha sido descartada por su liderazgo, Trump ha afirmado que sería beneficioso convertir a su vecino norteño en un estado de EE.UU. y ha planteado antiguos deseos de retomar el control del Canal de Panamá, ignorando el rechazo firme de ambos países a tales propuestas.
Es inevitable que este discurso agresivo provoque un cambio de paradigma. Las acciones de este nuevo giro en la política estadounidense recuerdan más a las épocas de intervencionismo directo del siglo XX que a las políticas multilaterales del inicio del siglo XXI.
La retórica de Trump —a veces calificada de agresiva, expansiva o caótica por analistas internacionales— ha generado preocupación incluso entre aliados. En contraste con anteriores administraciones que privilegiaban el multilateralismo o el uso de sanciones económicas, la administración Trump parece estar moviéndose hacia una política de intervención directa, reafirmación de influencia militar y redefinición de alianzas tradicionales.
Las consecuencias humanas, geopolíticas y legales de esta escandalosa conducta nos alerta. Eso no es cuestión de geografía o estrategias militares. Las acciones recientes afectan directamente a millones de personas.
En Venezuela, se habla de ocho millones de ciudadanos que ya han abandonado el país por crisis económica, falta de alimentos, medicinas y servicios básicos.
Cuba enfrenta también un futuro incierto si pierde su principal sostén energético, y naciones enteras podrían verse afectadas por un reordenamiento de poder que no respeta fronteras ni soberanías como antes.
Las reacciones de la comunidad internacional —desde condenas hasta llamados a respetar la Carta de Naciones Unidas— apuntan a que estamos ante un cambio profundo en cómo se define la seguridad y la estabilidad global. Esto nos obliga a preguntarnos seriamente: ¿Es Trump un “Atila” moderno o una pieza de un tablero mayor?
Llamar a Trump un “Atila contra Roma” puede ser una metáfora potente, pero también abre una pregunta crucial: ¿estamos frente a un líder aislado, movido por ambiciones personales, o representa un cambio más amplio en la política global donde las grandes potencias vuelven a priorizar la fuerza por encima del derecho y la cooperación internacional?
La historia dirá, pero los hechos exigen un debate serio en cada nación sobre la soberanía, la autodeterminación y la responsabilidad de defender los principios que han guiado al derecho internacional desde 1945.
La tentación de arrasar mundialmente con todo lo que le parezca y apetezca, suena en el presidente Trump, como el aviso de calamidades mayores que se producen cuando el poder deja de escuchar al pueblo y a la ley establecida.
Estamos viviendo momentos en la historia en los que pareciera que, el mundo ha dejado de moverse por consensos y empieza a girar por impulsos.
No por acuerdos, sino por voluntades. No por derecho, sino por fuerza. La política internacional actual parece transitar uno de esos momentos, y Donald Trump se ha convertido —quiera o no— en el rostro visible de ese viraje.
Su simple retórica, provocadora, desmedida y agresiva, ha dejado de serlo para convertirse en acción. Y cuando las palabras se transforman y dejan de ser simbólicas, el mundo comienza a pagar un costo que hay que medir en vidas, en migraciones, y en países fracturados entre otros dramas.
Abogada y escritora
