La representación proporcional también llamada “plurinominal” no surgió como una moda académica, ni como una concesión graciosa a los partidos políticos, apareció en un país políticamente cerrado, con un congreso monocolor y con una oposición que existía en las urnas, pero no en los órganos de legación.

Durante buena parte del siglo XX, el sistema electoral mexicano producía mayorías aplastantes para el partido gobernante —exactamente igual que en los países en los que hoy existen las dictaduras simuladas—. Incluso cuando el respaldo social no se reflejaba de manera abrumadora en las urnas, en los escaños del Congreso no se reflejaba la diversidad política del país, la borraba. Ganar distritos lo era todo. Perderlos significaba desaparecer.

En ese contexto millones de votos simplemente no contaban.

La introducción de la Representación Electoral se implementó de manera gradual y profundamente política. A partir de la década de los setentas, en un momento de creciente inconformidad social, crisis económica y presión al régimen encabezado por décadas por el PRI, para la apertura a la oposición en los espacios de decisión.

Aquel régimen entendió que cerrar todas las puertas tendría un costo mayor que abrir algunas ventanas. La reforma política de 1977 no buscó democratizar abruptamente al país, pero sí evitar que la exclusión total se volviera insostenible. Fue entonces cuando el Congreso comenzó lentamente a parecerse más a un país democrático.

La representación proporcional permitió que fuerzas políticas minoritarias, socialmente existentes, tuvieran presencia institucional. No para cogobernar, sino simplemente para hablar, discutir, debatir, es decir señalar las divergencias, en otras palabras, para hacer política dentro del sistema y no fuera de él.

Ese cambio fue decisivo, la pluralidad encontró un cauce, la protesta tuvo una tribuna, el disenso dejó de ser un sinónimo de ruptura. Aunque aún en ese momento el poder no cambió de manos.

Durante los años ochentas, cuando la crisis económica golpeó con fuerza y la legitimidad del régimen comenzó a erosionarse, la representación proporcional ya era un componente esencial para contener tensiones. Así que tras la elección de 1988 —quizá la más cuestionada del México moderno— quedó claro que el país no podía avanzar con un congreso que no reflejara sus fracturas políticas.

La transición democrática de los noventas no se entiende sin este mecanismo. La autonomía del árbitro electoral, la competencia real y la posibilidad de alternancia fueron posibles cuando el sistema dejó de fabricar mayorías automáticas y en realidad el poder empezó a distribuirse de manera menos artificial, se ganaron gubernaturas, alcaldías y distritos electorales uninominales.

Paradójicamente muchos de los actores políticos que hoy cuestionan la representación proporcional llegaron a la relevancia electoral gracias a ella. En la época que no ganaban sus distritos, sus votos sí contaron, tuvieron una tribuna para desfogar sus inconformidades, sin embargo, ahora que crecieron y controlan la mayoría, entonces quieren cambiar las reglas y hoy las ponen en duda para acallar a las minorías.

Considero que esta intención maquillada para desaparecer o reducir la representación proporcional no es un simple rediseño técnico, es una decisión que nos acerca a un modelo donde el ganador de los distritos electorales uninominales se lleva casi todo, incluso cuando no representa proporcionalmente a la mayoría que votó por ellos; sin duda es una vuelta al pasado, es volver a un esquema que México ya probó y del que salió con muchas dificultades.

Cada vez que se ha intentado ignorar y acallar a las voces de la oposición, el costo ha sido mayor. No quisiera llegar de nuevo a que el voto se sienta inútil como cuando ganó López Portillo en 1976 en el que no hubo un candidato de oposición en las boletas, clara evidencia del agotamiento de un sistema dictatorial de gobierno.

La historia muestra que la estabilidad democrática no se logra silenciando las voces de las minorías, sino integrándolas. La gobernabilidad no se fortalece exagerando victorias, más bien procesando diferencias.

La representación proporcional no nació para hacer cómodo al poder, ni para facilitarle la vida al mismo. Se creó para hacer visible la realidad, para poder gritar desde una tribuna la violencia, las desigualdades, los desaparecidos, las madres asesinadas, las falta de medicinas… lo que México vive día a día, lo que soportamos los mexicanos.

Ya vivimos un México con un congreso que no representaba al país, costó décadas desmontar ese modelo, la pregunta que queda no es si queremos o se pueden cambiar las reglas, sino si estamos dispuestos a olvidar por qué se cambiaron.

La historia enseña que cuando la representación se achica, el malestar crece.— Tú, ¿cómo lo ves?— Mérida, Yucatán

Exdiputada

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