Los primeros campanazos son de los años ochenta. El famoso discurso de Nancy Reagan —Just Say No— advirtiendo sobre el poder destructor de las drogas. Los cárteles colombianos festejando. En México el asesinato de Enrique “Kiki” Camarena o el de Manuel Buendía. El hecho es que el narco se fue fortaleciendo en todo el continente, todo es todo. Su convivencia con el poder político se hizo evidente. Podían retarlo.

Pablo Escobar regalando juguetes en un estadio. Cuando el cáncer alcanzó a México, se cometió el grave error de politizar el asunto. Se perdió la dimensión estatal del mismo. AMLO convirtió en culpables favoritos a Calderón y a García Luna. Aferrado a ese script demagógico, en su máxima simplificación, lo convirtió en una caricatura.

Calderón había incendiado al país por perseguir a los capos. Y en García Luna, una persona, explicaba el grado de penetración. La caricatura dañó a México y mucho.

En ambas afirmaciones había un contenido de realidad. A diferencia de lo que sugieren autores como D. Gambetta, en el sentido de seleccionar a los grupos socialmente más peligrosos e ir contra ellos de manera sistemática, mandando así una señal política general, Calderón caminó por otro rumbo. Contra todos, en todas partes al mismo tiempo. No hay Estado que pueda con una misión así.

La literatura es abundante. Pero de nuevo el simplismo: “abrazos no balazos” y las visitas a Badiraguato, por poner un par de ejemplos, no hicieron más que estampar la complicidad de la gestión de AMLO. Ediles, gobernadores, miembros de su gabinete, familiares, la penetración total.

Con García Luna tras las rejas, la penetración se incrementó exponencialmente. Con Calderón hubo alrededor de 103,000 homicidios dolosos. Con AMLO 189,000. Hechos.

Sheinbaum recibe una herencia envenenada pero el viraje comandado por García Harfuch se impone. Es un viaje sin retorno y lo saben. La extraña muerte de dos oficiales de la Marina es un botón de muestra.

La delación del hartazgo llegó en voz de un vicealmirante —Aristegui Noticias—, es histórica. Trump presiona abiertamente. Desde diciembre 15 procede a declarar al fentanilo como “arma de destrucción masiva”.

El gobierno mexicano —Sheinbaum y García Harfuch— saben que caminan en un territorio minado. Los muchos cómplices están adentro, incluidas las FFAA y también políticos vinculados al expresidente. Aprehensiones, envíos, extradiciones pero, eso sí, un discurso populista sobre la soberanía. Qué casualidad que los operativos se vuelven cada día más exitosos y eficientes. La cooperación es evidente… y patriótica.

El 64% de la población considera inseguro vivir en su ciudad. Ya se aceptó que hubo intercambio de información, ¿y? Se especulan otras posibilidades. La reacción al golpe muestra el poderío de lo que algunos periodistas han llamado la organización criminal más potente del orbe: 19,000 miembros, clara presencia en dos tercios del territorio y crecimiento feroz. Se afirma que actúan hasta en 40 países.

Trump no se detiene —para agrado de muchos mexicanos— y afirma “…si esto fuera una guerra sería una de las peores…” y habla de entre 200 y 300 mil muertos por fentanilo. La CDC da la cifra de 250,000. En Vietnam murieron alrededor de 58,000 estadounidenses.

Pero el gran golpe del fin de semana es una espléndida oportunidad, por su inercia, para avanzar y recuperar la verdadera soberanía. México hoy está en condiciones de convocar a un encuentro internacional sobre consumo, producción y tráfico de drogas.

Hablemos de los cómplices de aquel lado de la frontera. En cada envío hay dos partes: los de acá y los de allá. La mayor ganancia, y por mucho, se queda allá. Mientras haya consumo, habrá oferta. Para las FFAA de México es buen momento para una purga y regresar a sus misiones esenciales.

Fuera máscaras. Nancy Reagan tenía razón. Sí se puede y todos saldremos ganando.

Investigador y analista

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