Lorenzo Meyer, editorialista
Lorenzo Meyer, editorialista

El 1o. de febrero Marco Rubio, secretario de Estado norteamericano, pronunció un discurso en la Conferencia Anual de Seguridad de Munich. Según esto, para Estados Unidos la relación con sus aliados europeos es importante y está sustentada en la conciencia de que los norteamericanos son legítimos receptores y celosos guardianes de una “herencia sagrada”: ese legado es ni más ni menos que la esencia de una civilización, la generada en la Europa occidental. Por tanto, la relación entre las dos orillas del Atlántico Norte tiene un sólido cimiento construido por los siglos de una gran historia cultural compartida.

El tono y la perspectiva del discurso del responsable de la política exterior de Donald Trump fue extremadamente elogioso para con los asistentes —la élite gubernamental y política de Europa— y por ello pareció ser el reverso de lo expresado sobre el tema hace apenas un año antes en ese mismo lugar y con la misma gente por otro también alto representante del trumpismo puro y duro: el vicepresidente James Vance.

En aquella ocasión Vance no fue amable, fue particularmente crítico de las políticas y perspectivas de sus aliados de la OTAN. “Lo que me preocupa —dijo entonces Vance— es la amenaza desde dentro: el retroceso de Europa en algunos de sus valores más fundamentales. Valores compartidos con los Estados Unidos”.

Para Vance, la “amenaza desde dentro” es la presencia masiva en Europa de migrantes ajenos a la cultura y a los supuestos valores occidentales combinada con una actitud pusilánime de las elites europeas ante la posibilidad de expulsar de su entorno geográfico a los portadores de los elementos ajenos a los propios de los europeos y de sus herederos legítimos, los estadounidenses.

En apariencia Vance y Rubio parecieran representar posiciones diferentes frente a Europa. Vance no dudó en calificar de envejecidas y culturalmente débiles a clases dirigentes de ese continente en tanto que Rubio fue deferente y positivo ante ellas. Sin embargo, visto con cuidado resulta que ambos personajes simplemente asumieron los roles clásicos que Trump desde siempre ha aconsejado para desconcertar al interlocutor: sacarlo de balance atacándolo desde el inicio para luego retroceder y negociar con la ventaja que pueda dar el haber generado incertidumbre en el otro. Vance y Rubio simplemente fueron las son dos caras de la misma moneda trumpista.

En una interpretación histórica muy propia de la derecha, Rubio definió como héroes culturales a los navegantes europeos que “descubrieron un nuevo mundo” como también lo fueron los exploradores que posteriormente levantaron el mapa del continente a conquistar y los misioneros que introdujeron en ese espacio el cristianismo. El secretario de Estado se esforzó por subrayar su admiración por la Europa que dio al mundo esos héroes y también el “Estado de derecho”, las universidades y la revolución científica y que, en materia de arte, aportó lo mismo el genio de Mozart que el de los Beatles y que generó obras arquitectónicas tan espectaculares como las catedrales góticas que son testimonios “de la fe en Dios”. En fin, que según Rubio la “civilización occidental” abundó en maravillas y por tanto también presagia “las maravillas que nos esperan en el futuro”. Pero ese futuro de maravilla sólo se logrará si la gran civilización europea se mantiene fiel a sí misma, a sus orígenes y no se deja arrastrar por los falsos valores de los actuales “progresistas”, es decir de la izquierda, que busca deslegitimar lo esencial de ella y por ende de su heredero en América, el trumpismo.

El Mensaje Implícito. Obviamente esa carta pública de agradecimiento y amor del secretario de Estado norteamericano a la Europa de las empresas coloniales de Occidente también puede y debe interpretarse como un mensaje indirecto para el resto del mundo, el no europeo.

Y es que la gran aventura y empresa de los navegantes y exploradores europeos en América no sólo se significó por lo subrayado en Munich por el responsable de la política exterior norteamericana -la introducción del “Estado de derecho”, las universidades, la religión cristiana, los Beatles, etcétera- sino también por lo que no se dijo en Munich: por una cara muy obscura y siniestra de la que también Estados Unidos es el heredero y continuador.

Se trata de esa cara descrita entre otros muchos por fray Bartolomé de las Casas en el siglo XVI, por Joseph Conrad al final del siglo XIX o por Frantz Fanon a mediados del siglo pasado. La esclavitud, el genocidio, la intolerancia religiosa, el racismo, la discriminación, la explotación brutal y continua del amplio mundo periférico -de sus sociedades lo mismo que de sus riquezas naturales- producto del colonialismo y de la naturaleza de su capitalismo. Hoy y salvo por la esclavitud formal, todas y cada una de las supuestas virtudes de la “herencia sagrada” que Rubio exaltó ante un auditorio que le aplaudió con entusiasmo y mantiene mucho de ese legado obscuro que no es sólo historia sino realidad vigente y en Europa y en su autoproclamado gran heredero: los Estados Unidos.

¿La Marcha Hoy es Hacia Atrás? Hay un par de elementos en los discursos de Munich aquí examinados que nos atañen particularmente aquí y ahora a los mexicanos. El más obvio es el de la migración. De manera implícita los Estados Unidos de Trump le están diciendo a Europa que la “invasión de los migrantes indeseables” se puede y se debe detener “al estilo americano”: reclutando a miles de ciudadanos blancos jóvenes y marginados, entrenándolos (superficialmente), armándolos y lanzándolos a las calles de las zonas las urbanas “invadidas” para cazar sin importar en las formas a los “sin papeles”-a éstos se les identifica simplemente por el color de su piel y por su habla- y deportarlos. En una palabra, en la Europa propuesta por Vance y Rubio el modelo ICE podría operar como un “corazón de las tinieblas” de la civilización europea para impedir su pérdida de identidad.

Para México el otro elemento por destacar de lo dicho en Munich es son tarifas y neoproteccionismo como instrumentos de una reindustrialización de los países centrales.

Tras la II Guerra Mundial Washington en su calidad de la mayor y más dinámica economía del globo asumió el papel de campeón de la globalización, del mercado sin fronteras. Sin embargo, en Munich el secretario de Estado se pronunció por un cambio radical en la materia y abogó por dar contramarcha pues construir plantas industriales en países como México equivale a un “outsourcing de soberanía”.

La desindustrialización, el comercio sin fronteras, el desinterés en el rearme de sus ejércitos y el culto a la preservación de la naturaleza están llevando a un futuro indeseable, al debilitamiento material y espiritual de Occidente. El gobierno de Trump pide a sus aliados del viejo continente dar marcha atrás en estos temas como condición necesaria para que recuperen la confianza de los norteamericanos y en ellos mismos. En este ambiente, el libre comercio México-Estados Unidos (T-MEC) no tiene mayor futuro.

Como bien apunta Ross Douthat en una de sus columnas en The New York Times (18/02/26) lo que el trumpismo dice admirar y querer no es la Europa actual sino una que ya no existe.

Así pues, es el regreso al pasado el precio que Washington exige para que la “herencia sagrada” vuelva renacer en el Atlántico. ¿Oirá Europa el llamado trumpista? Sólo el tiempo nos lo dirá, pero nosotros debemos estar atentos.— Ciudad de México.

Historiador y analista

Así pues, es el regreso al pasado el precio que Washington exige para que la “herencia sagrada” vuelva renacer en el Atlántico. ¿Oirá Europa el llamado trumpista? Sólo el tiempo nos lo dirá…”.

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