En vísperas del “Día Internacional de la Mujer”, originalmente día de la trabajadora, es necesario recordar nuevamente los motivos por los que seguimos luchando: desmantelar una sociedad patriarcal que históricamente nos ha negado derechos y que actualmente, ante los avances logrados, responde acentuando la violencia contra nuestros cuerpos y territorios.

Sin embargo, va de nuevo también el recordatorio de un hecho innegable; si las mujeres blancas, occidentales, de sectores medios o altos sufrimos violencia y discriminación, las mujeres mayas, han padecido y padecen diversas formas de violencia y discriminación peores: por ser mujeres y por ser mayas, pertenecientes a comunidades indígenas y la clase trabajadora.

Hace unos días, tuve la fortuna de presenciar la presentación de un hermoso documental dirigido por Miguel Ventura y producido por Yelsaka Labrada, sobre la vida y muerte de Felipa Poot Tzuc, mujer maya destacable por su valentía. El largometraje tuvo la atinada asesoría de Socorro Chablé, su biógrafa, de diversos investigadores (as), como Jesús Solís (+), Carlos Chablé y la que escribe. Gracias a este documental pudimos constatar los enormes sufrimientos que vivieron las mujeres mayas durante el porfiriato, la esclavitud laboral y sexual, encubiertas como formas de peonaje, que las obligó al sacrificio de sus vidas para el enriquecimiento de las élites yucatecas de entonces. Pero también pudimos admirar la capacidad de estas mismas mujeres para rebelarse y participar junto con grandes aliadas como Elvia Carrillo Puerto, en las ligas feministas Rita Cetina, desde donde defendieron sus derechos como mujeres, pero también como mayas e integrantes de sus comunidades.

Debo recordar que durante el gobierno socialista de Felipe Carrillo Puerto se dio en Yucatán, por primera vez, la conjunción de la lucha de mujeres blancas urbanas de sectores medios y la encabezada por mujeres mayas de comunidades, ya que en periodos anteriores las segundas fueron excluidas de los espacios y de las agendas feministas. De esto quedó constancia en el Primer Congreso Feminista de 1916, al que no fueran convocadas las mujeres mayas y las condiciones para participar (primaria aun fuera incompleta) las excluyó de facto.

Posteriormente, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, constatamos en el documental, que las mujeres mayas con el apoyo de maestros y maestras enviados por un gran hombre, don Antonio Betancur, en aquel entonces jefe de la educación pública en el estado, lucharon no solo por establecer escuelas públicas gratuitas sino también por el reparto agrario y la defensa de las comunidades ante la violencia de caciques.

En su natal Kinchil, Felipa Poot, apoyada por los maestros Carmen Góngora y Bartolomé Cervera, ambos comprometidos no solo con la educación sino con la justicia social, lideraba en aquel entonces a un grupo que luchaba porque se respetaran sus derechos como mujeres y por otras importantes demandas ligadas a su comunidad, entre estas; los derechos sindicales de los trabajadores de la industria del carbón, por salarios justos, fin a la violencia sectaria y elección libre de autoridades locales.

Pero tristemente, la vemos también caer asesinada en 1936, junto con otros hombres y mujeres mayas, por las balas de quienes, aliados con las élites, se oponían al reparto agrario y a reconocer los derechos políticos, económicos y culturales de su pueblo.

En la remembranza de este grave hecho del pasado que se revive en el presente con el documental, en la misma sala donde todos y todas lagrimamos durante la escena en la que un gran actor, Juan Ramón Góngora, haciendo el papel del malvado, derriba a balazos a Felipa y otros hombres masacran a quienes la acompañaban, se encontraban también las y los actuales integrantes del comité comunitario de Kinchil.

De nuevo les recuerdo que la historia es cíclica, como bien aseguran los sabios mayas, porque fueron mujeres de Kinchil quienes encabezaron por esos mismos días de la presentación del documental, el enfrentamiento con quienes pretenden apropiarse de sus tierras, nada menos que de 5,000 hectáreas para una inmobiliaria.

Las mayas de ahora, como las de los años 30, luchan por sus derechos como mujeres, pero también por los derechos colectivos de sus comunidades a un territorio, al agua, a la salud, a una educación con pertinencia cultural y en su propia lengua. Siguen luchando porque el despojo de su territorio y los abusos contra su comunidad no se ha solucionado, más bien se ha agravado en las últimas décadas y tanto en anteriores gobiernos como en el actual, las élites inmobiliarias y los dueños de megaproyectos las despojan de su territorio y contaminan sus aguas.

A esto hay que sumar que las mujeres mayas siguen padeciendo violencia y desigualdad por su género, como bien señaló en estas páginas del Diario de Yucatán la investigadora Gina Villagómez, que alertó de un hecho indiscutible: las mujeres mayas siguen padeciendo pobreza y carencias de los servicios básicos, no tienen acceso a la educación y yo añadiría que cuando la tienen es sin pertinencia cultural y respeto a su propia lengua. Hay que añadir la discriminación que sufren dentro y fuera de sus comunidades, entre ellas la política, sobre todo cuando se deciden a participar en elecciones y padecen toda clase de obstáculos y violencias.

Pese a esto, es innegable el avance de las mujeres mayas en diversos campos sociales, en los diferentes órganos de gobierno, en las organizaciones sociales, partidos políticos, en el arte y difusión de la cultura donde encontramos destacadas poetas, cantantes, dramaturgas y bordadoras entre otras. Sin embargo, aún son muy pocas las que gozan de reconocimiento y a las que se les permite ocupar espacios relevantes en las instituciones, lo cual es particularmente grave en un estado donde se presume lo maya y se usa para promover programas de gobierno.

Este 8 de marzo es fundamental recordar que las políticas públicas deben de tener perspectiva de género, pero también pertinencia cultural, es decir, dejar de ver a las mujeres mayas como depositarias pasivas de “programas sociales” con fines electorales para reconocerlas como lo que son realmente: depositarias de grandes conocimientos y valores.

Hay que promover decididamente su participación en el diseño de cualquier estrategia o política pública que las involucre, que atienda sus necesidades como mujeres, pero también el papel que desempeñan en la estructura social de sus comunidades y tomen en cuenta su cosmovisión. Porque desde un feminismo descolonial, ni sus cuerpos, ni sus territorios, deben ser objetos de violencias, extractivismo o despojo; las mujeres mayas deben estar más presentes que nunca en las acciones que realicemos este 8 de marzo.— Mérida, Yucatán

Antropóloga por la Uady, con maestría en antropología social

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