Por décadas, el nombre de Irán ha sido pronunciado en Occidente con una mezcla de temor, desconocimiento y cálculo geopolítico. Hoy vuelve a ocupar titulares por los bombardeos y por el temor internacional frente a su programa nuclear. Mismo que el Diario del jueves dice podría ser inexistente. Pero ninguna explosión se entiende sin memoria.

En 1979, la Revolución Islámica encabezada por el ayatolá Ruhollah Jomeini derrocó al sah Mohammad Reza Pahlaví, quien había gobernado con apoyo occidental. Aquel movimiento prometía justicia social, soberanía y dignidad frente a la injerencia extranjera.

Sin embargo, el nuevo régimen instauró una teocracia que restringió libertades civiles, particularmente las de las mujeres, y consolidó un sistema donde el poder religioso se fusionó con el político.

Desde entonces, la relación con Estados Unidos y con Israel ha estado marcada por hostilidad estructural. Sanciones económicas, aislamiento diplomático y confrontaciones indirectas han sido parte del paisaje durante más de cuatro décadas.

Las consecuencias no son abstractas. El riesgo sobre el Estrecho de Ormuz hoy bloqueado en un 98% y por donde transita una parte sustancial del petróleo mundial — amenaza con disparar precios energéticos y afectar economías que nada tienen que ver con la disputa directa. En un mundo interdependiente, cada misil tiene ondas expansivas financieras, sociales y políticas.

El punto crítico ha sido el programa nuclear iraní. Teherán sostiene que tiene fines civiles; Washington y Tel Aviv argumentan que el enriquecimiento de uranio puede traducirse en capacidad armamentística.

El temor a una bomba atómica en manos de un régimen confrontado con Occidente es, hoy, el argumento central que justifica la ofensiva militar.

Pero el problema es más profundo que la tecnología nuclear. Se trata de poder, seguridad regional y equilibrio estratégico en Medio Oriente. Cada ataque no solo busca destruir instalaciones: busca modificar correlaciones de fuerza.

Sin embargo, las guerras rara vez castigan únicamente a los gobiernos. Los civiles pagan el precio. Familias desplazadas, ciudades dañadas, mercados paralizados, miedo cotidiano escuelas llenas de niños muertos por las bombas al igual que hospitales.

La historia reciente demuestra que los conflictos prolongados erosionan a las sociedades antes que a las cúpulas políticas.

Irán, además, no es un bloque homogéneo de “fanáticos”. Es una nación compleja, con una juventud educada, con movimientos feministas valientes y con sectores que han desafiado al propio régimen. Reducir el país a su élite clerical sería ignorar la riqueza y las tensiones internas que lo atraviesan.

El mundo observa ahora una escalada peligrosa. Si el conflicto se amplía, las consecuencias económicas —energía, comercio, estabilidad regional— serán globales. Y, como siempre, las decisiones de poder se toman lejos del ciudadano común.

Quizá la pregunta de fondo no sea solo si Irán tendrá o no capacidad nuclear. La pregunta es si la comunidad internacional ha aprendido algo de las intervenciones pasadas, de los equilibrios rotos y de los vacíos de poder que terminan generando más radicalización.

Las bombas pueden destruir instalaciones. Pero no resuelven los conflictos históricos ni las heridas ideológicas. Y cuando el humo se disipe, seguirá pendiente la misma interrogante: ¿qué modelo de orden internacional estamos construyendo? Quizá el verdadero desafío no sea solo impedir una bomba atómica.

Quizá sea recuperar la noción de que la seguridad mundial no puede edificarse solo sobre la fuerza, sino sobre la legitimidad y el respeto a la dignidad humana. Porque cuando el poder se impone sin escuchar, tarde o temprano la historia vuelve a estallar.

Abogada y escritora

Quizá la pregunta de fondo no sea solo si Irán tendrá o no capacidad nuclear. La pregunta es si la comunidad internacional ha aprendido algo de las intervenciones pasadas…”

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