El conocimiento que preserva nuestra identidad merece todo nuestro reconocimiento, así dijo la alcaldesa de Mérida, Cecilia Patrón Laviada, durante una visita realizada el 28 de febrero a la sesión mensual de la Asociación de Cronistas e Historiadores que se celebra el último sábado de cada mes y, desde hace algún tiempo, en el Centro Cultural Olimpo.

Asimismo, agradeció la entrega de la segunda edición del Gran Libro de Yucatán, elaborado por los integrantes de esta agrupación, por ser, –expresó– una obra que enriquece la historia y el conocimiento colectivo, desde la visión interna.

Además, añade quien escribe, desde la visión interna de cada cronista e historiador y no que de otras partes lleguen los especialistas para hacerlo, aunque, sin duda, aquellos nos han dejado muy buenas aportaciones, pero han carecido de la parte sensible de los originarios de cada municipio o comunidad yucateca en su narrativa.

La crónica o diferentes estilos literarios como cuentos, poemas, anécdotas humorísticas resultan los medios para fortalecer el sentido de identidad y pertenencia de los habitantes.

Es de trascendencia pertinente no perder los sucesos importantes en lo cultural, político y económico de cada municipio al registrarlos para entender nuestra evolución o su estancamiento, porque también existe.

Ahora recibimos a muchos migrantes, quienes, sin duda, propiciarán nuevos sincretismos culturales como ha sucedido desde la época prehispánica que dio origen a la cultura Maya-Tolteca y posteriormente el violento encuentro con el mundo hispano. Es tan inevitable como nos ha demostrado la evolución del lenguaje en diversos contextos.

Hoy nuestros jóvenes no se expresan como nosotros hicimos hace sesenta años, existen muchas influencias en el habla, las preferencias gastronómicas, la música, el baile, etc., como es el caso, por citar un ejemplo, del cantante Bad Bunny que los adultos mayores no entendemos.

Los cambios no se dan por igual en todo México, ni en el territorio yucateco; los cronistas debemos registrarlo y comparar con los sucesos evolutivos anteriores. En cada población afecta de distinta forma, por eso nos abruma el destino del porvenir, aunque por otra parte otros pensaron como nosotros y el mundo siguió evolucionando con las juventudes que sustituyeron a los que la vida, por sus razones inexorables, se llevó. Hay que dejar registro de todo. Pienso en Bernal Díaz del Castillo, cronista de la conquista de México, con aportaciones para entender cómo fue. Hay muchos más, como los corridos que tanto gustan a los capos mexicanos para perpetuar su historia.

El cargo de cronista es honorífico, a pesar de nuestra intensa labor, no recibimos emolumento alguno, todo se hace por amor a nuestros terruños, es como una locura romántica.

En mi tierra, y seguro que en otros lugares también, la vida transcurre conversando, en el parque, en un café, en una cantina, como los meollos de interacción cultural entre distintas generaciones, y aquello que para muchos no tiene la menor importancia, puede ser la fuente de grandes conocimientos porque no hay visión única de los acontecimientos actuales combinados con los conocimientos de las generaciones mayores.

Platicar con mi bisabuelo Lorenzo López Rosado y mis abuelos, paterno, Higinio Gutiérrez Coronado y materno, Manuel Triay Peniche, cuando salían a tomar el fresco en la puerta fue fundamental para esta labor; luego en el parque de Espita con venerables ancianos, y ahora, sin darme cuenta de mi evolución, descubrí que ya soy uno más de aquellos con la obligación de compartir lo que de ellos aprendí y luego corroboré en documentos.

Entendí de asuntos irrelevantes, que son la mayoría, de muchas historias inventadas a modo, pero también descubrí que hay algo asombroso, cuestiones muy notables, inusitadas de nuestra vida en el pueblo, las que debemos preservar. La imaginación y la capacidad de fantasear con muchos personajes del pasado resultaron parte esenciales en esta labor que fortalece mi vida y la de mis compañeros cronistas.

El doctor Renán Góngora Bianchi (qepd), tuvo la atinada visión de reunirnos a todos los que escribíamos crónicas e historias de nuestras comunidades para integrar formalmente una Asociación Civil, así surgimos y además existía un motivo, el antropólogo Sergio Grosjean Abimerhi nos había invitado a colaborar para la elaboración del Gran Libro de Yucatán desde la perspectiva de los cronistas e historiadores locales. Y donde no hubo se solicitó la intervención de distinguidos historiadores de la entidad y la parte de fotografía, por cierto excelente, a cargo de don Jorge Rivas Cantillo.

Como cada mes, sesionamos con tres exposiciones, el 28 de enero del año en curso, después de lo asuntos pertinentes a nuestra asociación vino la presentación de tres exposiciones: “Rituales en cavernas” a cargo de arqueólogo Carlos Evia Cervantes; “Apuntes sobre las fuentes de la historia fotográfica de Yucatán” a cargo del licenciado Jorge Rodríguez Basora y “Orígenes y arraigo de las fiestas patronales de Yucatán” por un servidor.

Continuamos con la presentación de la segunda Edición del Gran Libro de Yucatán, ante numeroso público. Para el 28 de febrero, la temática fue: “Neomaya”, un legado arquitectónico por el arquitecto Raúl Alcalá Erosa; “Las haciendas de Yucatán de ganadero-maiceras a henequeneras”, a cargo del arquitecto Carlos Cosgaya Medina y “Territorio y límites de la Península de Yucatán”, expuesto por la doctora Teresa Ramayo.

Llegó la alcaldesa, se le obsequió un libro, pero lo relevante fue que se quedó a platicar con nosotros mostrando gran interés por la labor que realizamos. Incluso consultó entre los integrantes para un proyecto municipal que viene en puerta.

Buena convivencia con la presidenta municipal de la capital del Estado que dejó buen sabor de boca a esta Asociación, que agradeció el apoyo al proporcionarnos el local del Centro Cultural Olimpo para nuestras sesiones mensuales y al reconocimiento a nuestra labor como cronistas e historiadores.— Espita, Yucatán

Cronista de Espita

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