El fenómeno de la migración en Yucatán y sobre todo en Mérida es ya muy evidente. En los últimos años se ha visto cómo un sinnúmero de personas de otros países eligen nuestra entidad para fijar su residencia y trabajar, unos ya viven desde hace algún tiempo y otros debido a factores como trabajo, seguridad y otros giros están viniendo recurrentemente.

Entre ellos podemos encontrar a cubanos, venezolanos, uruguayos, beliceños, guatemaltecos, personas que salen de su país también por diferentes motivos, económicos, sociales, pobreza, inseguridad, para mejorar su calidad de vida y hasta por motivos políticos. Ya están aquí, y están trabajando en tiendas, restaurantes y otros tipos de negocios y giros. No se sabe a ciencia cierta cuál es su situación migratoria, interesante sería saber ese dato. Sin embargo, muchos de ellos son refugiados políticos.

El detalle de este asunto es que al venir a Yucatán, se encuentran con un Estado en el que la seguridad es prioritaria y las tradiciones están a flor de piel entre los habitantes de los 106 municipios. Estamos acostumbrados a vivir de manera pacífica, armónica y tranquila. Con costumbres bien arraigadas y creo que así seguirá por mucho tiempo si seguimos siendo celosos y guardianes de ese patrimonio invaluable que tenemos y de lo que ya estamos acosumbrados. A ello se le suma la hospitalidad y el carácter amable de los yucatecos.

El problema empieza cuando personas que vienen de otros países traen consigo algunos rasgos y visos de violencia a los que de alguna manera están acostumbrados en el país que han abandonado. Viene a mi mente cómo hace algunos años, estando en Chiapas, un grupo de personas migrantes en un elevador de una plaza comenzaban a acosar violenta y públicamente a una mujer, está demás decir, en su propia ciudad y su propio país. Este tipo de casos pueden salirse de control cuando las autoridades no están pendientes. Esto viene a colación también, de una situación que vivió hace un tiempo una persona conocida que fue tremendamente, insultada, violentada verbalmente por un sujeto de rasgos cubanos en la puerta de su casa y ante la presencia de su familia. Eso definitivamente no se puede permitir. Si vienen a nuestro país y nuestra ciudad en busca de oportunidades de trabajo o cualquier otro motivo, lo mínimo que deben hacer es adaptarse a la forma tranquila a la que estamos acostumbrados los yucatecos. Y no es que todos los migrantes sean como ese sujeto, pero quién asegura que este tipo de conductas no las hacían de manera reiterada en su país, o cómo saber si quienes tienen ya antecedentes penales. Por eso hay que tener mucho cuidado, y eso no significa de ninguna manera xenofobia u hostilidad, rechazo u odio hacia los inmigrantes por su origen, raza o por venir de otros país y de fuera, sino que aquí intervienen las más elementales reglas de respeto y convivencia social.

Claro que para ello están las autoridades en materia de seguridad para garantizar el orden, pero son situaciones que no deben pasarse por alto.

La adaptación de cualquier otra persona que venga de otro país o ciudad es un aspecto crucial y fundamental para quienes han decidido vivir entre nosotros. Son recibidos, pero no quieran hacer de nuestro Estado un lugar como el que ellos han tenido que abandonar.

No se les pide que renuncien a su identidad o cultura, que hablen como nosotros y practiquen nuestras tradiciones, simplemente se les solicita respeto y empatía a quienes estamos aquí.

Deben encontrar un equilibrio entre preservar sus raíces personales y su integración con la sociedad yucateca. Pero de ninguna manera sus malas costumbres o acciones que puedan configurar posibles delitos deben quebrantar las normas sociales o las leyes que tenemos.— Mérida, Yucatán

mariomaldonadoes@gmail.com

@mariomaldonadoe

Especialista en Derecho Parlamentario y Técnica Legislativa

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