I
Con el Yeti sin tapa camino a mi cocina para sacar del congelador unos hielos. Junto al refri, hay una ventana. Tras la ventana, una ceiba inmensa, y en una de sus ramas… una presencia… “¿quién eres?”, preguntó sin decir palabra. Me vuelvo estatua y doy un paso atrás para guarecerme en la cortina. Un ave. Una que nunca había visto. Y qué cerca. Está quieta. Observo con detenimiento su plumaje, el anillo ocular, el pico. Su tamaño… mmm… ¿qué será?… a ojo de mala cubera, es más grande que mi Yeti de boca ancha, sin contar la cola, que es bastante larga. ¡Ah, pero la cola! Tiene puntos blancos en las puntas, precedida por cierta negrura.
Salgo de mi guarida de puntitas a consultar mi libro de pájaros. Lo busco lo busco y sí lo busco. Es la “Guía de aves del jardín botánico regional ‘Roger Orellana’” del CICY. Paso página por página buscando la foto que coincida con mi avistamiento. Lo encuentro en la página 39. Cuclillo canela, Kipch’oj, K’ipch’ooj, Squirrel cuckoo, Piaya cayana. Qué emoción: En mi corazón hay resonancias de naturalista del siglo XIX. Siento taquicardia como seguramente también la sintieron Charles Darwin o Elizabeth Gould.
Aunque llevo prisa, me doy una pausa para contemplar, debo salir a un compromiso y me gusta ser puntual. Me voy. Regreso. Pasa un rato. Desde mi escritorio… veo su aterrizaje en un tronco que crece en diagonal, grueso como poste de luz. Corre por las ramas. De veras corre. No vuela. Intuyo que por eso le dicen “pájaro ardilla”. ¡Está cazando! Sostiene algo en el pico, parece una oruga, también muy peculiar: Es blanca. Respiro, silencio, asombro. Qué privilegio. Este no es cualquier encuentro: Es uno afortunado. No todos los días se ve algo así. No tengo palabras para describir lo que vi cuando desplegó un sofisticado abanico al vuelo.
¿Qué otras maravillas revolotearán por aquí que no he visto? Kipch’oj, ¿de dónde habrás venido? Mi primera deducción es la siguiente: Hace dos días un terreno con maleza bastante crecida, muy cerca de mi estudio, se incendió. Fue algo grande que afortunadamente no pasó a mayores. Según el reporte del Diario de Yucatán, dos cables hicieron corto circuito y cayeron a la hierba seca. Yo no lo sé de cierto, pero supongo, que el “pájaro ardilla” por ahí andaba, y que ahora anda buscándose la vida. No es la única. Al paso de los días, comprendo que este regalo es como estar en el muelle de chocolate de Progreso y ver delfines. Pasan de volada. No se estacionan, su naturaleza es movimiento. Así es lo inolvidable por inasible, como tantos momentos significativos de la vida.
Lo anterior refuerza algo que sentí y pensé pocos días atrás. Yendo de copiloto en el coche, la fila para entrar a una glorieta redujo la velocidad del automóvil. Entonces apareció a mi izquierda una casa cuya fachada engalana un árbol de oro, lluvia de ídem. Mi fascinación durante milisegundos fue total. Qué deleite este paisaje urbano en Prolongación Montejo. Cuando avanzamos quise decir: “Claudia, por fa, regresa, da la vuelta, ¿viste eso?”. No dije nada y me quedé pensando que ese instante de belleza se me escapaba. Después me conforté pensando que no se puede ir, porque ya está en mí. Igual que el “pájaro ardilla”.
II
A mi repertorio de naturaleza urbana y cotidiana se ha sumado la simpática “Sciurus yucatanensis”. Así se llama la ardilla yucateca. Sciurus en griego antiguo es “skiouros”… lo cual me lleva a entender de dónde viene la impronunciable —para mí—, palabra en inglés squirrel, que es ardilla en español. La digo en voz alta. Scúrol. Esquirel. No me sale. Esquíusmi.
En la tercera edición de Mammal species of the world de Bucknell University —base online de datos de taxonomía de mamíferos—, encontré un registro de ¡1877! de este particular roedor yucatequito que, para quien esto escribe, resulta motivo de pausa y admiración. Más aún si de pronto, acostumbrada a ver toloks, hace su deslumbrante aparición dando un salto mortal sin red de la palma de coco al floreado árbol de siricote. “OoOoooh”… digo para mí, siguiendo la osadía circense.
Eso me recuerda a otra ardilla, sólo que esta no es yucateca. Cierta ocasión llegué a casa de mi abuela materna en Veracruz, y oh sorpresa: No había árbol. “¿Y el almendro?”, pregunté intrigadísima. “Lo quitaron, por la ardilla”, respondió mi prima. Y yo: “¿Qué ardilla?”.
Pues resulta que en ese árbol vivía muy bien alimentado este jarocho animalito que era el malestar y pesadilla de mi abuela Carmelina. ¿Qué hacía la pobre? Perspectiva A: La pobre de mi abuela.— Limpiar varias veces al día los despojos que la inquilina aventaba al patiecito que había barrido hasta dejar inmaculado. Perspectiva B: La pobre ardilla.— Escuchar la severa rezonga que armaba la señora cuando se daba cuenta del mugrero. Así todos los días, años, hasta que un día se encontraron frente a frente, abuela y ardilla, y ante el descaro de aquella trituradora viviente, ataviada con mandil la orden dio, infausta, y hasta con una que otra mala palabra: “¡Quiten ese árbol!”. Y el árbol se quitó. Y de la ardilla nunca más supimos, como tampoco de la sombra que tanto nos acompañó de aquel almendro. Por cierto, la ardilla de Veracruz se conoce como “chichilote” (“Xerosperophilus perontensis”), conocida coloquialmente como “ardilla de perote”. Pero esa, es otra ardilla.
III
Cambio de sede. Ya no estoy en mi estudio. Ahora estoy en un jardín donde me gusta escribir por las mañanas. Es un lugar rodeado por palmeras washingtonianas, cuya altura es considerable. En este espacio, cierta mañana escuché un ruido extraño. “¿Serán piches alebrestados?”, pensé. Pero no. ¿Qué eran? Ardillas. Con el cuaderno en el regazo, seguí escribiendo… pero ya no podía concentrarme porque Chip, Dale y sus secuaces me entretenían. Iban de palma en palma correteándose por calles y avenidas de ramas entre un árbol y otro. Una ciudad aérea ardillosa que hasta ese momento no imaginaba.
Entre palabra anotada y ruido de fronda, miré las acrobacias aéreas. Primero eran dos ardillas. Luego cuatro. Conté siete simultáneamente. Luego ya no supe si eran las mismas o eran más de tan rápido que se movían. Somos ardillitas, somos tres, no somos dos, estamos muy contentas… canté en mi interior. Al cabo de un rato se les pasó la loquera y hubo calma.
Regresé los ojos al cuaderno hasta que escuché un ruidito cerca. Ignoro cómo se llame el sonido que emiten. Los elefantes, barritan. Los gatos, maúllan. Las ardillas, ¿_____? Lo investigaré. Pero no ahora, porque si no me voy a distraer y yo también, como ardilla trapecista, saltaré a otra rama y esto se quedará en suspenso.
Seguí deslizando tinta sobre el papel, cuando de pronto… (esto es cierto, nada de esto es invento): ¡Guay! ¡Una ardilla! ¡Paradita a mi izquierda! Me asustó. Llegó por atrás. Como el guay lo dije en voz alta, ella —o él— también se asustó. Se fue dando saltitos, colocando en el aire efímeros puentes de cola tupida a treinta centímetros del suelo.
Concluí mi momento de creatividad y regresé a la casa fascinada queriendo contarle a todo mundo mi avistamiento. Tomé mi mochila de trabajo y me subí al coche para encaminarme a mi estudio. Encendí la radio. Pura calamidad. La apagué. Para como está el planeta con su plaga de noticias, mejor sigo pensando en las esquíusmi. Prefiero sintonizar la naturaleza yucateca y escucharla en clara frecuencia para recibir sus presentes fascinantes.
*
Mientras releo lo anterior, con el pie descalzo pateo pared en la hamaca que me refugia. Marat, su tina; yo, mis hilos. Triiiiiic, traaaaac. Arte mayab. Suena el hamaquero al mecerme. Triiiiiic, traaaaac. Ignoro cómo se llama el sonido que emiten. Las camas, rechinan. Las hamacas, ¿_____? ¿Alguien sabe? No sé su nombre, pero me suena a mi abuela yucateca, con el pecho entalcado después del regaderazo vespertino, buscando fresco y paz en la hondonada de su hamaca, suspendida en su nido, también pateando pared y tarareando acalorada la canción de Francis Lai que le gustaba, el tema principal de Un homme et une femme: Tin tin tin… tra-la-ralará tralará-lará…— Mérida, Yucatán
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