La salud pública exige realismo. Cuando un sistema funciona bien, millones de personas pueden recibir atención médica oportuna. Cuando falla, las consecuencias se sienten de inmediato en la vida cotidiana de las familias.
Hace unos días tuve la oportunidad de conversar con Zoé Robledo, director general del Instituto Mexicano del Seguro Social, sobre el futuro del sistema de salud en México y los retos que enfrenta el modelo de IMSS-Bienestar.
Antes que nada, agradecí su disposición para dialogar. Creo que todos compartimos el mismo objetivo: mejorar el sistema de salud y garantizar que la población tenga acceso real a atención médica.
En nuestra conversación coincidimos en varios puntos importantes: México destina históricamente un porcentaje muy bajo de su producto interno bruto a la salud en comparación con otros países. Ese dato por sí mismo explica muchos de los desafíos estructurales del sistema.
La salud pública exige instituciones sólidas y una supervisión constante para que los hospitales y los servicios médicos funcionen bien a lo largo del tiempo. En un país federal como México, el verdadero desafío no es elegir entre la federación o los estados, sino lograr que ambos trabajen juntos para garantizar algo que debería ser simple pero fundamental: Que cualquier persona pueda recibir atención médica digna cuando la necesite.
Respecto específicamente a Yucatán coincidimos en que el estado tiene una tradición histórica de instituciones locales fuertes. Durante el siglo XIX, cuando muchas regiones del país aún tenían estructuras administrativas débiles, Yucatán ya contaba con sistemas relativamente organizados de administración pública, políticas propias en materia de salud y beneficencia, y una capacidad institucional que marcó su desarrollo.
Por eso resulta natural preguntarse cómo es que transferir la salud estatal al gobierno federal puede fortalecer el federalismo sin debilitar las capacidades locales. El reto de los sistemas de salud en países federales siempre ha sido encontrar el punto de equilibrio entre la coordinación nacional y las capacidades de las entidades federativas.
Mi reflexión no parte de una oposición al modelo, sino de una preocupación institucional: Cómo fortalecer el sistema nacional sin debilitar el equilibrio federal que ha sido parte del diseño del Estado mexicano desde sus primeros años.
Sin embargo, el desafío de fondo sigue siendo mayor. El modelo de IMSS-Bienestar busca atender a más de sesenta millones de personas en todo el país. Se trata de una responsabilidad enorme para cualquier sistema de salud, especialmente cuando no existen recursos garantizados a largo plazo para sostener esa atención cuando las administraciones actuales ya no estén.
Sería irresponsable ignorar las señales de alerta. Un sistema que pretende atender a una población de esa magnitud sin un financiamiento sostenible enfrenta riesgos evidentes a largo plazo. Los hospitales no se deterioran de un día para otro: Primero llega la saturación, después las carencias de personal, el desgaste de la infraestructura y la falta de medicamentos. Poco a poco, la calidad del servicio comienza a resentirse.
Por eso resulta inevitable pensar en el futuro de las instituciones. Por ejemplo, el nuevo Hospital Agustín O’Horán, que hoy representa una de las inversiones más importantes de Yucatán y del sureste del país, podría convertirse en un gran ejemplo de fortalecimiento del sistema de salud. Pero también existe el riesgo de que, con el paso de los años, enfrente problemas de saturación, deterioro o falta de personal, como hoy ocurre en hospitales públicos como el Hospital Lic. Ignacio García Téllez T-1 del IMSS o el propio Hospital Regional de Alta Especialidad.
Durante la conversación se planteó la idea de establecer en cada entidad federativa mecanismos de coordinación y vigilancia en los que participen los gobiernos estatales, las autoridades del sector salud y los directores hospitalarios. El objetivo sería fortalecer la supervisión y la coordinación del sistema. Sin embargo, aunque la propuesta parte de buenas intenciones, difícilmente resolverá por sí sola los problemas estructurales que hoy enfrentan los servicios de salud: Falta de medicamentos, saturación hospitalaria, insuficiencia de infraestructura y rezagos tecnológicos.
Pensar que México podrá ofrecer servicios comparables a los de países como Dinamarca sin aumentar de manera significativa la inversión pública en salud parece, al menos por ahora, difícil de sostener.
Cuando la salud exige cooperación, también exige responsabilidad en la toma de decisiones. Porque al final, más allá de quién administre los hospitales o de las decisiones del presente, lo que está en juego es algo mucho más importante: que el sistema de salud funcione bien de manera eficiente y sostenible.
Una vez que los hospitales, el presupuesto y la administración de los servicios sean transferidos completamente a la federación, el camino de regreso prácticamente desaparece. Por eso no sorprende que entidades como Nuevo León, Jalisco y otros seis estados hayan decidido mantener como propios sus sistemas de salud.
Finalmente, el estado de Yucatán se encuentra en el proceso de “federalizar” es decir centralizar sus servicios de salud para integrarse al modelo IMSS Bienestar, convirtiéndose en la entidad numero 24 en sumarse a este esquema la fecha anunciada para la incorporación será este 31 de marzo.
La realidad nos muestra hoy que México todavía está lejos de ofrecer la atención digna que merecen más de 132 millones de ciudadanos.
Tú, ¿cómo lo ves?— Mérida, Yucatán
*Exdiputada
