“El mar es la encarnación de una existencia supernatural y maravillosa”.— Julio Verne

¿Por qué razón las islas han ejercido, desde hace tanto tiempo, una fascinación irresistible sobre los artistas de todos los géneros? Es difícil encontrar una respuesta que sea completa y satisfactoria. La sola mención de la palabra isla convoca de inmediato una constelación de vocablos que parecen formar parte de un mismo universo: pasión, aventura, amor, soledad, redención, miedo, esperanza, salvación. A ellos se suman los elementos que le son inherentes: arena, amanecer, atardecer, mar, cielo, sol, viento, palmeras…

La literatura está salpicada de obras que giran en torno a islas. Desde la intrepidez del pirata Long John Silver en su afanosa búsqueda del tesoro en La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, hasta la perfección política e intelectual de Utopía, imaginada por Tomás Moro. También está la magistral fusión entre aventura y ciencia en La isla misteriosa de Julio Verne, sin olvidar el experimento social de William Golding en El señor de las moscas, donde un grupo de niños náufragos descubre, con brutal crudeza, la fragilidad de la civilización.

Si a estos ejemplos sumáramos las películas y guiones inspirados en islas, la enumeración sería interminable, pues por su propia naturaleza estos lugares son escenarios propicios donde confluyen la grandeza y la miseria del ser humano.

Por otro lado, las obras literarias que giran en torno a una isla cuando existe un acontecimiento verídico de fondo, siempre resultan terreno fértil tanto para el historiador como para el novelista. Ambos atrapan al lector, aunque por caminos distintos. El historiador se documenta, investiga y recorre su relato con el firme compromiso de comprender el pasado y ser fiel a la verdad; el novelista, en cambio, navega por un mar de imaginación para construir mundos posibles. Y, sin embargo, no son antípodas: el historiador recurre con frecuencia a recursos narrativos propios de la novela, mientras que el novelista se sirve de hechos reales para levantar sus ficciones.

La isla Bermeja

La isla Bermeja aparece en cartas de navegación y desde el siglo XVI, en el Islario general de todas las islas del mundo (1550), en una época en que era una hazaña establecer las coordenadas geográficas y, en donde la medición del horario era crucial…, imaginemos al principio con relojes de arena y luego con los primeros de bolsillo. Cartógrafos por generaciones replicaron puntos constantes a modo de islas frente a la Península de Yucatán: Bermeja, Triángulo, Arenas, Negrillos y el Arrecife Alacranes. Hay controversia en testimonios, desde navegantes que la describieron como un promontorio de arenas rojizas, hasta comunicados de la Corona Española que por encargo la desaparecieron de algunas cartas de navegación, a fin de desalentar su búsqueda y no se tuviera enfrente de Yucatán un refugio para piratas como ocurría con la mítica isla Tortuga cercana a Haití.

La isla cobró relevancia política en 1997 durante las negociaciones entre México y Estados Unidos para delimitar la plataforma continental en el “Hoyo de la Dona”, una zona del Golfo de México rica en hidrocarburos. El anterior tratado la tenía como referencia, pero al ratificar el convenio simplemente se había esfumado; de existir tendríamos a nuestra disposición algo así como unos 22,500 millones de barriles. El mismo gobierno mexicano, primero con Ernesto Zedillo envió expediciones de la Armada de México en 1997, antes de la firma, como después con Felipe Calderón en 2009, por parte de la UNAM, utilizando modernos equipos de barrido ultrasónico con resultados negativos en una amplia zona y sin indicios de vestigios. La isla nunca existió o la desaparecieron. A la polémica se agregó la misteriosa muerte en un accidente en 1998 del senador panista José Ángel Concello, uno de los defensores de la teoría conspiracionista y que tenía pruebas contundentes de que la isla había sido sumergida, y todo apuntaba a un pago de favores por la ayuda recibida de los Estados Unidos después del apoyo económico por el llamado “error de diciembre” de 1994.

Así, el destino final de la Bermeja ha quedado entre: 1) Un error cartográfico, la teoría más aceptada. El cartógrafo Michel André Antochiw Kolpa, en un extenso artículo señalaba: “Todos los documentos aquí presentados parecen demostrar definitivamente que desde el siglo XVIII no solo existían dudas, sino casi la certeza de que tanto la Bermeja como los Negrillos no existían”. 2) Causas naturales: maremotos, erosión marina o transformaciones por aumento del nivel del mar por el cambio climático. Muy improbable. 3) La conspiración: Aquí se desborda la imaginación, la CIA o el gobierno de Zedillo la dinamitaron o la hundieron, todo para que los vecinos del norte salieran beneficiados.

Un tema irresistible. Así dio a luz: La Bermeja, mi octava novela que tuve la oportunidad de presentar recientemente en la Filey. La idea de escribirla surgió durante una de las interminables charlas con mi maestro, el poeta y escritor Roger Campos Munguía. Como suele ocurrir con sus consejos, esta sugerencia también fructificó. Bastaron algunos libros, recortes de periódico y búsquedas en internet para reunir los ingredientes: una isla que parecía un simple error cartográfico documentado siglos atrás, un supuesto equívoco revelado —o encubierto— en tiempos recientes. Pero ¿y si no fue un error? ¿Y si en verdad la borraron del mar y del mapa? Decidimos construir un relato que se desliza a través de tres momentos de la historia. Mi propósito también es sembrar la duda: ¿y si la isla existió realmente y se hundió a propósito? Un ejemplo de cuando la ficción se entremezcla con la historia. Recuerdo una frase de la escritora Karla Marrufo: “Afortunadamente, la literatura es más que una simple relatoría de hechos”.— Mérida, Yucatán

*Médico y escritor

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán

Deja un comentario