Nuestro estado habita vibrante en el imaginario colectivo a través de su cultura, producto del sincretismo e influencias distintas a lo largo de su historia. Si pensamos en Yucatán, acuden a nuestra mente imágenes que evocan su naturaleza, su folclore y su gastronomía; evocamos, casi por instinto, la música de la jarana y su vigoroso zapateo, la alegría de las mestizas engalanadas con ternos de exuberantes flores multicolor. Nuestro traje típico es admirado a donde se le lleve. Es ostentoso y jamás pasa desapercibido.
El terno yucateco no es un elemento cultural estático, como bien nos explica Lilian Paz Ávila en su artículo titulado “La moda europea y su influencia sobre el terno yucateco en el siglo XIX”. La indumentaria tradicional indígena sufrió adecuaciones que le permitieron convertirse en un elemento de distinción entre las clases sociales. Según la investigadora, después de la Independencia, las élites buscaban diferenciarse de la población mestiza cuando ésta ya había alcanzado estatus y relevancia política y social (Paz Ávila, s/f). A través del vestido, era fácil establecer una segmentación entre la clase pudiente y mestizos e indígenas. El mestizaje buscó zanjar diferencias con la clase alta y alejarse de la indígena adaptando el traje tradicional a través de elementos prestados de la moda europea, así como de joyería que denotaba poderío económico.
El terno de la mestiza adquirió sus rasgos más representativos durante esta época, pero a través del tiempo ha sufrido importantes modificaciones. A mi parecer, el ancho del bordado del jubón (solapa cuadrada del pecho) y de los ruedos del fustán —uno de los cambios más visibles— alcanza en ocasiones el exceso, lo que borra total o parcialmente la tela blanca, elemento esencial en su constitución. Tradicionalmente, el terno está confeccionado con la técnica del hilo contado, xocbi chuy o punto de cruz, un método que aporta identidad única a las piezas realizadas con dedicación y maestría por las artesanas mayas, aunque también hay variantes de ternos con bordados a máquina e incluso pintados a mano, lo que ejemplifica la idea de una cultura dinámica y accesible. El terno se complementa con otros elementos tradicionales, como el rebozo, la filigrana y las flores de colores que portan las mestizas a un costado de la cabeza y que, según marca la tradición, otorgan pistas acerca de su situación sentimental.
Este preámbulo pone en contexto de forma sucinta la historia y las costumbres que se han adaptado a los cambios sociales: es innegable que el traje típico de Yucatán posee historia, belleza y un bagaje cultural complejo que reconocemos como propio, lo que al igual sucede con la jarana.
Las instituciones culturales de gobierno tienen, como una de sus responsabilidades más importantes, la salvaguarda del patrimonio y la difusión de nuestras tradiciones. Esto se observa en el sostenimiento de agrupaciones artísticas que promueven y visibilizan la cultura; puede constatarse en la existencia de entidades como La Orquesta Típica Yucalpetén, las bandas jaraneras y los ballets folclóricos del Gobierno del Estado y del Ayuntamiento de Mérida, que fungen como embajadores culturales de Yucatán ante el mundo.
¿Qué pasa, entonces, cuando los gobiernos convierten agrupaciones artísticas en propaganda danzante, transformando elementos tradicionales en referencias partidistas?
El pasado jueves 26 de marzo asistí, como muchas mujeres meridanas —entre quienes se encontraban la Mtra. Wendy Méndez Naal, presidenta del DIF estatal; la Mtra. Patricia Martín Briceño, secretaria de la Cultura y las Artes del gobierno del estado, así como mujeres empresarias, representantes de ONG y fundaciones diversas— al “Desayuno del Terno”, organizado por el Patronato Vida Humana Integral, que brinda apoyo a personas con VIH. Ante una concurrencia de aproximadamente 700 mujeres, se presentó la actuación del Ballet Folclórico del Estado “Alfredo Cortés Aguilar”. Para sorpresa de algunas asistentes, las flores multicolores de las jaraneras habían sido sustituídas por adornos monocromáticos en color guinda, y los rebozos, tradicionales lazos, y bandas —que portan las jaraneras y que por su color distinguen el nivel de maestría en el baile— tenían el mismo tono.
“Ponerle un ‘sello institucional’ a la vaquería, a nuestro terno, nuestra música y nuestro baile es una forma de quitarnos un espacio” en el que todas las ideologías deberían encontrar oportunidad de coincidir a través de la cultura. Para la investigadora Gina Villagómez, quien expresó las palabras anteriores, estas decisiones roban a la sociedad el gozo de una celebración que es de todos y todas, independientemente de sus afiliaciones.
Es una práctica común —aunque a mi parecer lamentable— que las administraciones gubernamentales pinten edificios, unidades de transporte y espacios públicos de los colores asociados con sus partidos; que coloquen sellos y otros distintivos. Sin embargo, la necesidad de teñir elementos que en la diversidad de sus colores manifiestan la riqueza de la cultura de Yucatán se me hace incomprensible.
Este es un llamado a la cordura de gobernantes —y ciudadanos— que proponen y defienden estas decisiones que son polémicas por arbitrarias. Este es un llamado al gobernador Joaquín Díaz Mena y a la secretaria de la Cultura y las Artes, Patricia Martín Briceño, a recordar que se gobierna para todos; que nuestras tradiciones no deben ser estandartes políticos ni propaganda partidista, y que el arte y las tradiciones son los mejores pretextos para celebrar a Yucatán, lo que nos da identidad y nos une, sin importar de qué lado late nuestro corazón, o bien, qué partido político queremos que perdure en el poder.— Mérida, Yucatán
Licenciada en Periodismo y maestra en Relaciones Públicas; exfuncionaria del Ayuntamiento de Mérida y del gobierno del estado
