Recientemente, un jurado en Los Ángeles declaró negligentes a YouTube y a Meta, propietaria de Facebook, Instagram, WhatsApp, entre otros, por contribuir a la adicción a redes sociales en menores de edad. A simple vista, este juicio podría parecer un caso más en la larga lista de disputas legales contra las grandes tecnológicas. Pero su resolución dejó claro que no estamos frente a excesos aislados, sino ante un modelo de negocio que depende de capturar la atención, incluso cuando eso implica deteriorar la salud mental de quienes aún no tienen la madurez para defenderse.
El jurado fue contundente al concluir que estas plataformas fueron diseñadas de manera intencional para generar adicción, y que ese diseño tuvo consecuencias reales en la vida de una joven de 20 años, conocida como Kaley. Pero el caso no se limitaba a asignar responsabilidades individuales. Lo que realmente estaba en juego era desmontar una narrativa que durante años ha funcionado como escudo, la idea de que las redes sociales son simples herramientas neutrales, donde cada usuario decide qué ver y cuánto tiempo permanecer. La conclusión incómoda fue que el daño no es incidental, está en el diseño.
Detrás del diseño de las redes sociales no hay usuarios abstractos, hay personas concretas. Y entre ellas, millones de jóvenes que aún no cuentan con las herramientas emocionales ni cognitivas para resistir un entorno construido para engancharlos. No se trata de falta de disciplina, sino de una asimetría evidente entre plataformas diseñadas con ingeniería conductual avanzada y mentes en formación.
Los jóvenes no son adultos en miniatura. Esta afirmación, que debería ser evidente, ha sido sistemáticamente ignorada en el diseño del mundo digital. El cerebro adolescente está en desarrollo, especialmente en el control de impulsos, la toma de decisiones y la evaluación de riesgos. No es una metáfora, es biología. Pedirle a un adolescente que gestione su relación con las redes sociales es, en muchos casos, equivalente a pedirle que navegue un océano sin haber aprendido a nadar.
Y en esa vulnerabilidad se gesta algo más preocupante, una relación distorsionada con la realidad. Lo que ven no es el mundo tal como es, sino una versión editada para impactar. Una realidad donde el éxito parece inmediato, la felicidad constante y el reconocimiento permanente. Frente a ese espejo artificial, su propia vida inevitablemente parece insuficiente.
Esa sensación de insuficiencia no se queda en el plano emocional; se traslada a la forma en que los jóvenes entienden el dinero, el consumo y el valor. Porque en las redes sociales no solo se exhiben vidas, se exhiben estilos de vida. Viajes, ropa, restaurantes, autos, cuerpos, experiencias. Todo convertido en referencia. Y cuando esa referencia se vuelve constante, deja de percibirse como excepción y comienza a asumirse como norma.
El problema es que esa norma es, en muchos casos, una ficción. No muestra procesos, sacrificios, ni límites. Muestra resultados cuidadosamente seleccionados que crean la ilusión de que el bienestar está ligado a la capacidad de consumir y mostrar ese consumo. Para un joven que apenas forma su criterio, esta narrativa no se interpreta como parcial, sino como una expectativa.
Ahí es donde la distorsión se vuelve peligrosa. El dinero deja de entenderse como un recurso limitado que exige decisiones y pasa a concebirse como un medio inmediato para alcanzar validación. No importa tanto cuánto se tiene, sino cuánto se puede aparentar. Y en esa lógica, el gasto deja de responder a la necesidad y comienza a responder a la presión.
No es casualidad que cada vez más jóvenes normalicen el endeudamiento temprano, el uso del crédito para consumo no esencial o la urgencia por adquirir bienes que no pueden sostener. No se trata solo de irresponsabilidad individual, sino de un entorno que empuja hacia la gratificación inmediata.
Pero el problema de fondo es aún más profundo. Al distorsionar la relación con el consumo, las redes sociales también distorsionan la relación con el tiempo. Se debilita la idea de construcción gradual, de esfuerzo sostenido, de recompensa diferida. Todo parece ocurrir ahora. Y cuando la realidad no coincide con esa velocidad, lo que emerge no es paciencia, sino frustración.
Esa distorsión no es accidental. Responde a un modelo de negocio que convierte la atención en dinero y la emoción en permanencia. Estas plataformas no prosperan cuando el usuario no usa la aplicación, sino cuando se queda, cuando se compara y siente que le falta algo. Pocas cosas enganchan más que la sensación de no ser suficiente.
Como padres, deberíamos preguntarnos: ¿de verdad estamos dispuestos a dejar a nuestros hijos solos en un entorno que sabemos que está diseñado para engancharlos, compararlos y empujarlos a desear constantemente lo que no tienen? Porque eso es exactamente lo que hoy estamos haciendo.
Por eso no sorprende que países como Australia hayan decidido prohibir el acceso a redes sociales a menores de 16 años. No porque desconozcan la importancia de la tecnología, sino porque han reconocido que no todos los entornos son adecuados para todas las etapas de la vida.
Un niño no conduce, no firma contratos financieros, no toma decisiones de largo plazo sin acompañamiento. No porque queramos limitarlo, sino porque entendemos que aún no está listo. Sin embargo, le damos acceso irrestricto a plataformas que influyen en su autoestima, en su identidad y en su relación con el dinero, como si eso no tuviera consecuencias. Y las tiene.
Se refleja en jóvenes que sienten que nunca es suficiente, que viven bajo una presión constante por aparentar, por consumir, por alcanzar una versión de éxito que no es real. Se refleja en decisiones financieras prematuras, en gastos impulsivos, en la necesidad de mostrar antes que de construir. En la angustia silenciosa de querer pertenecer a un mundo que siempre parece estar un paso adelante.
Deberíamos darnos cuenta de que esto se trata de nuestros hijos, de cómo están creciendo, de lo que están creyendo sobre sí mismos y de las decisiones que están tomando en un mundo que no fue diseñado para ellos. Por eso, deberíamos tener muy claro que permitir todo a nuestros niños y jóvenes no es confiar, es dejarlos solos. Y eso también es abandono.— Mérida, Yucatán
marisol.cen@kookayfinanzas.c om
@kookayfinanzas
Profesora Universitaria y Consultora Financiera
