Ahora que se acerca el Día del Niño y veo a mis hijos, que siguen siendo niños, pero ya no por mucho tiempo más, no puedo evitar preguntarme qué es lo que más quiero para ellos.
Podría decir lo típico, salud, felicidad, amor. Podría hablar de sueños grandes, de oportunidades, de un mundo mejor. Pero lo que quiero para ellos es mucho más concreto, más exigente y, quizá, más incómodo de admitir: quiero que no me necesiten.
No en el sentido afectivo, no en el amor que siempre tendrán de nosotros, sino en lo esencial. Quiero que puedan valerse por sí mismos. Que sepan levantarse cuando la vida les cierre una puerta. Que tengan la capacidad de generar, de construir, de decidir. Que si un día ya no estamos, no sientan que les falta el mundo.
Ese es, en el fondo, el mayor acto de amor y el verdadero deber de los padres. El deber de no ser necesarios.
Porque amar no es retener. Amar no es hacer indispensable la propia presencia. Amar, llevado hasta sus últimas consecuencias, es formar para la independencia. Es preparar para la ausencia. Es aceptar, incluso con dolor, que el éxito de la crianza se mide en la capacidad de soltar.
Y eso implica más que solo proveer. Implica educar, formar carácter, enseñar a frustrarse, a esperar, a trabajar, a perder. Implica, en muchas ocasiones, no resolverles todo.
Porque unos padres que resuelven todo, que evitan las incomodidades, que sustituyen el esfuerzo por la facilidad, no están amando mejor. Están criando dependencia.
Reconozco que siempre está esa tentación cotidiana de hacerles la vida más fácil. De evitarles el tropiezo, de intervenir antes de que se equivoquen, de darles lo que no han construido. Es una tentación poderosa, porque viene disfrazada de amor. Pero en realidad es miedo. Miedo a verlos sufrir, miedo a que fallen, miedo, incluso, a que ya no nos necesiten.
Sin embargo, hay que resistir. Porque ningún buen padre desea que su hijo adulto siga dependiendo de él para sobrevivir. Nadie sueña con un hijo que no puede tomar decisiones, que no puede sostenerse, que no puede enfrentar la vida sin pedir permiso. Nadie celebra haber criado a alguien incapaz de generar su propio sustento.
Creo que esa preocupación genuina de los padres por sus hijos debería ser también la que oriente la acción de cualquier gobierno hacia la niñez y la juventud. En su razón de ser, un gobierno debería parecerse a buenos padres, en el propósito de formar ciudadanos libres, capaces y autónomos.
Un gobierno que reparte apoyos sin formar incurre en la misma lógica que un padre que da dinero a su hijo sin enseñarle a ganarlo. Puede parecer generoso en el corto plazo, e incluso justificarse en momentos específicos, pero cuando se vuelve costumbre deja de ser una respuesta y pasa a ser un reemplazo. No enfrenta el problema de raíz, solo lo difiere, mientras instala dependencia y erosiona la capacidad de las personas para sostenerse por sí mismas.
Hoy se ha vuelto común pensar que el bienestar puede sostenerse a base de transferencias y apoyos constantes que ofrecen alivio inmediato. Y aunque hay momentos en los que la ayuda no solo es válida, sino necesaria, convertirla en regla termina por vaciarla de sentido. Porque una cosa es tender la mano para que alguien se levante y otra muy distinta es acostumbrarlo a no caminar.
Cuando el apoyo se vuelve permanente, como ocurre con los hijos sobreprotegidos, algo empieza a deteriorarse en silencio. Se debilita la responsabilidad individual, se apaga el impulso por esforzarse y se normaliza la idea de que alguien más debe resolver lo que a uno le corresponde. Así, poco a poco, se forma una ciudadanía que espera y que se acostumbra a pedir sin actuar
En casa lo entendemos con claridad. No se trata igual el esfuerzo que la indiferencia. Se reconoce, se exige y se empuja a cada hijo a dar lo mejor de sí, incluso cuando eso incomoda o demanda más de lo esperado. En esa exigencia hay respeto y la certeza de que el otro es capaz.
Un país que aspira a desarrollarse debería sostener esa misma lógica. No diluir el valor del esfuerzo con apoyos sin distinción, sino abrir caminos reales para quien decide prepararse y salir adelante, favoreciendo a quien se esfuerza por encima de quien permanece cómodo en la desidia. Porque cuando todo se entrega por igual, sin importar el compromiso, lo que se pierde no es solo el incentivo, se pierde el sentido mismo de intentar.
Basta llevarlo al extremo para entenderlo. Decirle a un hijo: “No te preocupes por aprender, no necesitas esforzarte, siempre habrá alguien que te dé lo que necesitas”, puede parecer compasivo, incluso amoroso. Pero en el fondo le estamos negando la posibilidad de construir su propia vida.
También hay decisiones que incomodan como padres, pero forman. Pensar en el futuro implica, muchas veces, decir que no, exigir más y sostener límites en el presente. No se trata de ser popular, sino de preparar. Ese mismo criterio debería guiar a cualquier gobierno serio. Apostar por la educación, fortalecer instituciones y generar condiciones reales de desarrollo, aunque los resultados no sean inmediatos ni políticamente rentables. Porque lo verdaderamente responsable no es lo que se aplaude hoy, sino lo que permitirá sostenerse mañana.
Este Día del Niño, mientras pienso en lo que quiero para mis hijos, no puedo evitar extender esa reflexión al país en el que crecerán. Porque no basta con criarlos bien en casa si el entorno les enseña lo contrario. No basta con pedirles esfuerzo si todo a su alrededor premia la inercia. No basta con hablarles de responsabilidad si el sistema les enseña a delegarla. Y tampoco basta con hablar de superación en un entorno que ha dejado de valorar la exigencia, donde el esfuerzo pierde peso y la preparación deja de ser una condición para avanzar.
Al final, todo se reduce a una decisión de fondo. Si queremos formar personas capaces de sostener su vida o acostumbrarlas a depender de alguien más. Y esa decisión se toma todos los días, en la crianza y también en la forma de gobernar.
Ojalá pudiéramos recordar siempre que el verdadero éxito al criar hijos radica en dejar de ser indispensables, y que amarlos, en su forma más profunda, es prepararlos para la libertad. Gobernar, en su forma más noble, debería aspirar exactamente a lo mismo.— Mérida, Yucatán
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@kookayfinanzas
Profesora universitaria y consultora financiera
