En 1961, una mujer observaba en silencio a un hombre dentro de una cabina de vidrio en un tribunal de Jerusalén. No parecía un monstruo. Vestía traje, tomaba notas. Parecía un funcionario.

El hombre era Adolf Eichmann, uno de los responsables de organizar la deportación de millones de judíos hacia los campos de exterminio nazis.

La mujer que lo observaba era Hanna Arendt. Lo que miró ese día no solo la inquietó. La obligó a pensar de otra manera.

Arendt no estaba ahí como una académica distante. Había sido detenida por el régimen nazi, había huido de Alemania, había vivido como apátrida en Francia antes de escapar a Estados Unidos. Sabía, en carne propia, lo que ocurre cuando una sociedad deja de pensar.

Viajó a Jerusalén como corresponsal de The New Yorker para cubrir el juicio. No fue a escribir teoría. Fue a observar. Y lo que encontró no fue lo que el mundo esperaba. No encontró a un monstruo. Encontró a un hombre que hablaba en clichés, que repetía fórmulas administrativas y que se refugiaba en la idea de haber cumplido órdenes. Un hombre incapaz, o tal vez indispuesto, a pensar realmente sobre lo que había hecho.

De esa escena surgió una de las ideas más incómodas del siglo XX: la banalidad del mal.

Más tarde, en 1963, desarrollaría esa idea en su libro “Eichmann en Jerusalén: Un informe sobre la banalidad del mal”, a partir de los reportajes que escribió para The New Yorker, pero lo que intentaba nombrar era algo más inquietante que cualquier definición.

No significaba que el mal fuera trivial. Significaba que podía no ser profundo, que podía ejecutarse sin reflexión, que podía instalarse en la rutina, que podía volverse costumbre.

Arendt lo expresó con una frase que sigue incomodando:

“El mal más extremo puede ser cometido por personas perfectamente normales”.

Sus palabras provocaron una fuerte reacción. Muchos esperaban otra cosa: un monstruo que explicara el horror, una figura excepcional que permitiera mantener el mal a distancia.

Pero Arendt hizo algo distinto. Se negó a simplificar, se negó a convertir el mal en algo ajeno. Lo que mostró fue perturbador precisamente por eso, porque obligaba a reconocer que el problema no estaba solo en los extremos, que podía estar mucho más cerca.

Tendemos a pensar que el mal pertenece a los fanáticos, a los criminales, a quienes actúan con violencia visible, eso tranquiliza porque permite creer que el problema está en otros.

Pero lo que inquietó a Arendt fue algo distinto, que el mal también puede sostenerse en espacios mucho más ordinarios. En la obediencia, en la rutina, en la decisión, casi imperceptible, de no pensar demasiado.

Y entonces su advertencia deja de ser histórica y se vuelve incómodamente cercana.

Arendt comprendió que las sociedades no caen de golpe en la barbarie, primero ocurre algo más silencioso: se acostumbran.

Se acostumbran a pequeñas injusticias, a silencios incómodos, a violencias que poco a poco dejan de sorprender. Lo que ayer parecía intolerable empieza a parecer inevitable. Ese es el primer desplazamiento y casi nunca lo notamos.

Pero la costumbre, por sí sola, no explica nada, para que se consolide, hace falta algo más: la participación silenciosa de quienes no se consideran parte del problema.

Arendt lo dijo con otra de sus frases más incómodas: “La mayor parte del mal en el mundo lo hacen personas que nunca deciden ser malas o buenas”.

No siempre son fanáticos quienes sostienen sistemas injustos, también lo hacen personas que obedecen, que se adaptan, que prefieren no formular preguntas demasiado incómodas. Ahí ocurre el segundo desplazamiento, la responsabilidad se diluye.

Y entonces queda una última posibilidad: pensar.

Para Arendt, pensar no era un lujo intelectual, era una responsabilidad moral. Pensar significa detenerse, juzgar, negarse a aceptar la realidad como algo dado.

Por eso escribió una de sus expresiones más exigentes: “Pensar sin barandillas”. Pensar sin apoyarse en consignas, pensar sin refugiarse en la obediencia, pensar sin delegar el juicio en otros.

Pensar, en el fondo, significa interrumpir. Interrumpir la rutina, interrumpir la obediencia, interrumpir la costumbre. Más de medio siglo después, esa advertencia sigue siendo inquietantemente actual.

En México, y en demasiados lugares, conocemos bien ese proceso, la violencia que deja de sorprender. Las desapariciones que se convierten en cifras, en expedientes, en búsquedas interminables. Las noticias que pasan demasiado rápido para permitirnos detenernos. Ese es el riesgo más profundo, no solo la violencia, sino la capacidad de acostumbrarnos a ella.

Pero incluso en medio de esa inercia, siempre aparecen voces que se niegan a aceptar esa normalidad. Hoy, en México, muchas de esas voces son mujeres. Mujeres que buscan a sus desaparecidos cuando el país parece haber aprendido a convivir con la ausencia. Mujeres que sostienen la memoria cuando todo empuja al olvido. Mujeres que insisten en formular preguntas incómodas cuando otros prefieren mirar hacia otro lado.

Y en ese gesto, insistir, nombrar, no ceder, hay algo profundamente arendtiano: la decisión de no permitir que la realidad se vuelva costumbre.

En el lenguaje de Arendt, lo que están haciendo es profundamente político: están defendiendo la capacidad de una sociedad de pensar sobre sí misma.

Porque el mayor peligro, lo sabía Arendt, no es solo la violencia, ni siquiera la injusticia.

Es el momento en que se vuelven costumbre, el momento en que dejan de incomodarnos, el momento en que dejamos de pensarlas. Al final, la advertencia de Hannah Arendt no hablaba solo del mal, hablaba de algo más frágil: la capacidad de distinguir, la capacidad de decir no, la capacidad de no ceder ante la costumbre.

Porque a veces, lo más difícil, y lo más importante, no es entender el mundo. Es negarse a aceptarlo tal como es, negarse a acostumbrarse.— Cancún, Quintana Roo.

Empresario y analista cívico

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