Marisol Cen Caamal artículo

Una de las ideas más arraigadas en nuestra sociedad mexicana es que el éxito profesional necesariamente pasa por la universidad, y que el prestigio se mide por contar con un título de licenciado, ingeniero u otro grado similar. En contraste, la formación técnica suele verse como una alternativa secundaria, para quienes “no pudieron llegar más lejos”. Sin embargo, esa narrativa, repetida durante décadas en hogares, escuelas y discursos públicos, está cada vez más alejada de la realidad y hoy le está costando al país crecimiento económico, productividad y múltiples oportunidades de desarrollo laboral.

Mientras en México miles de jóvenes compiten por un lugar en universidades, muchas veces en carreras saturadas, sectores enteros de la economía enfrentan una escasez crítica de técnicos calificados. Electricistas, mecatrónicos, operadores industriales, técnicos en energías renovables, especialistas en mantenimiento, soldadores certificados, etc. La lista es amplia y la demanda de estos perfiles es creciente.

Según el Anuario Estadístico de la Población Escolar en Educación Superior de la Anuies, con datos del ciclo escolar 2024-2025, en México, de un total de 5.041,409 estudiantes en educación superior, 4.720,618 cursaban licenciatura universitaria o tecnológica, es decir, el 93.64%; mientras que apenas 192,853 estaban en programas de técnico superior, lo que representaba solo el 3.83%.

La diferencia no es menor. Podríamos decir que prácticamente casi todo el sistema de educación superior está orientado a la formación universitaria, dejando a la educación técnica en un papel marginal.

Estos datos nos dejan ver un contraste evidente con países industrializados que han construido su competitividad precisamente sobre una base técnica sólida. El caso de Alemania es especialmente ilustrativo. Con un PIB superior a los 4 billones de dólares, su economía no se sostiene únicamente sobre administradores, ingenieros o abogados. Su verdadero músculo productivo descansa en el sistema dual de formación profesional, un modelo que es central en su estructura económica y social.

En ese modelo, estudiar y trabajar no implican caminos separados, sino que forman parte del mismo proceso. Más de la mitad de los jóvenes opta por esta vía después de la secundaria, integrándose a programas donde combinan tres o cuatro días de trabajo en una empresa con uno o dos días de formación en escuelas técnicas, durante periodos de dos a tres años y medio. No se trata de prácticas profesionales simbólicas, ya que reciben un salario, adquieren experiencia real y desarrollan habilidades directamente vinculadas al mercado en cientos de ocupaciones, desde oficios tradicionales hasta áreas tecnológicas avanzadas.

La participación de las empresas, en coordinación con el Estado y organismos especializados, permite que la formación académica responda a necesidades reales de la economía. Alemania mantiene bajos niveles de desempleo juvenil y logra que más del 60% de los aprendices sean contratados por las mismas empresas donde se formaron.

En Alemania, ser técnico no es sinónimo de fracaso académico, sino de especialización productiva. Un técnico calificado puede ganar entre 35,000 y 50,000 euros anuales en etapas tempranas de su carrera, lo que equivale aproximadamente a entre 700,000 y poco más de un millón de pesos mexicanos al año. Pero más importante que el ingreso es el reconocimiento social. No existe esa mirada condescendiente hacia quien trabaja con las manos, porque se entiende que en esas manos está la precisión que sostiene a la industria.

Lamentablemente, en México todavía no lo entendemos y seguimos siendo un país que desprecia a sus técnicos. Hemos construido una pirámide de prestigio donde en la cima están las profesiones de escritorio y en la base los oficios técnicos, aunque la realidad económica diga exactamente lo contrario.

En un país donde actividades como la industria manufacturera, la construcción, la minería y la generación de energía representan más del 30% del PIB, y donde existe una necesidad crítica de mano de obra técnica, resulta contradictorio seguir ignorando estas opciones de inserción laboral.

Esta desconexión se vuelve aún más evidente al revisar las ofertas laborales. Un técnico especializado en mantenimiento industrial puede ganar entre 15,000 y 30,000 pesos mensuales, mientras que muchos egresados universitarios, aun con experiencia, perciben salarios de 12,000 a 20,000 pesos en áreas muy saturadas.

Además, hay otro factor que no deberíamos ignorar. En un mundo donde la automatización y la inteligencia artificial están transformando el mercado laboral, los trabajos técnicos especializados, aquellos que requieren intervención humana, adaptación y experiencia, se vuelven cada vez más valiosos. Mientras algunos empleos de oficina pueden ser sustituidos por sistemas automatizados, muchos oficios técnicos seguirán siendo insustituibles.

Aclaro que no se trata de restarle valor a la educación universitaria, sino de cuestionar la idea de que es la única vía válida para el éxito profesional. Impulsar un mayor equilibrio en el sistema apostando por la educación técnica implica reconocer que no todos los talentos se desarrollan en el mismo tipo de aula y que la inteligencia también se expresa en la habilidad manual, en la precisión técnica y en la capacidad de resolver problemas concretos. Para ello se requiere rediseñar planes educativos, incentivar a las empresas a formar aprendices, dignificar el trabajo técnico desde la escuela y transformar la orientación vocacional. Pero también exige cambiar la conversación en casa, dejar de ver el oficio como una segunda opción y entenderlo como una elección legítima y potencialmente próspera.

Deberíamos aprender de Alemania, que no es exitosa por casualidad. Lo es porque entendió que el desarrollo no se construye detrás de un escritorio y solo con ideas, sino también con manos capaces de ejecutarlas. Porque comprendió que una economía sólida necesita tanto a quien diseña como a quien construye.

Como país estamos en un punto de inflexión. Podemos seguir reproduciendo un modelo que genera desempleo, frustración y desperdicio de talento, o podemos apostar por una transformación que reconozca el valor de todas las formas de conocimiento y de todos los tipos de trabajo, porque todos son dignos. Revalorizar la educación técnica no es mirar hacia abajo, sino, en realidad, es mirar hacia adelante, que es lo que deberíamos estar haciendo.— Mérida, Yucatán

@kookayfinanzas

Profesora universitaria y consultora financiera

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