Marisol Cen Caamal artículo

Recuerdo que en mi niñez veía a mi abuela ser siempre la primera en levantarse. Todavía de madrugada preparaba el atole que mi abuelo se llevaría a la milpa y, a partir de ese momento, su día transcurría entre la cocina, el lavadero y las tortillas calientes sobre el comal.

En el pueblo donde crecí, ser una buena mujer tenía una definición muy clara: atender a la familia, cuidar la casa, cocinar bien, criar hijos obedientes y nunca poner tus propias necesidades al centro.

Así vivían las mujeres en el lugar en el que crecí. Su existencia giraba alrededor de ser buenas esposas y buenas madres, como si ese fuera el destino natural e incuestionable de toda mujer. Había muy poco espacio para preguntarse qué soñaban, quiénes querían ser, o qué vida habrían elegido para ellas mismas, porque casi todo su mundo giraba en torno a las necesidades de los demás.

Regalos

Por eso, cuando llegaba el 10 de mayo, los regalos para las madres decían mucho sobre la manera en que la sociedad las concebía. Se les regalaban ollas, sartenes, vajillas y, en los casos más afortunados, algún electrodoméstico. Era una forma silenciosa de decirles: “Gracias por dedicar tu vida a tu familia; aquí tienes más herramientas para seguir haciéndolo”.

Cambio

Pero las mujeres cambiaron, y el mundo todavía no termina de entenderlo.

Hoy las madres ya no son solo amas de casa y mujeres dedicadas a criar hijos.

También emprenden negocios, dan clases, atienden pacientes, hacen guardias nocturnas, trabajan en oficinas, venden productos, limpian casas ajenas, manejan patrullas y desempeñan cientos de trabajos más, mientras enfrentan la presión de un mundo laboral cada vez más competitivo y demandante. Y aun así, después de cumplir con todas esas responsabilidades, muchas regresan a casa para continuar con otra jornada silenciosa y no remunerada: cuidar, escuchar, resolver problemas y seguir siendo el principal sostén emocional de sus familias.

La maternidad moderna no sustituyó responsabilidades, las multiplicó. Y confieso que, en mi caso, muchas veces ha sido difícil de sobrellevar.

Hay días en los que me descubro sintiéndome exactamente como aquella niña del pueblo que aprendió que una buena madre debía estar por completo dedicada a su familia. Esa idea sigue viviendo dentro de mí, aunque la vida que llevo sea completamente distinta.

Muchas veces siento que vivo dividida en dos personas distintas. Una parte de mí está concentrada en resolver problemas, tomar decisiones, contestar mensajes urgentes, apoyar a mis equipos y mantener todo funcionando. La otra parte está pensando si mis hijos ya comieron bien, si me extrañaron, si llegué demasiado tarde otra vez, o si algún día recordarán más mis ausencias que mis esfuerzos.

Cuestionamientos

Hay noches en las que llego agotada después de resolver problemas todo el día y, aun así, mi cabeza no descansa.

Me pregunto si quizá debí pasar más tiempo con mis hijos, si contesté mensajes de trabajo cuando debía estar escuchándolos, o si estoy dejando recuerdos vacíos donde tendría que haber más presencia. Y esa culpa duele. Porque no importa cuánto trabajes, cuánto logres o cuánto construyas. Cuando eres una madre trabajadora, siempre existe una voz interior que te hace preguntarte si estás descuidando a tus hijos.

Y mientras vivo este conflicto interno, pienso en otras madres cuya realidad es todavía más dura. Porque, aunque a veces no lo dimensionemos, muchas de nosotras tenemos privilegios que otras mujeres simplemente no pueden darse. Pienso en las policías que pasan noches enteras patrullando calles peligrosas mientras sus hijos duermen sin ellas; en las enfermeras que cuidan vidas ajenas mientras se pierden cumpleaños, festivales escolares y cenas familiares; en las mujeres que limpian casas ajenas después de haber dejado la propia sin atender; y en tantas otras que no solo sostienen económicamente a sus familias, sino que además cargan con toda la responsabilidad emocional del hogar. Mujeres que día tras día siguen adelante incluso cuando el cansancio ya les pesa hasta el alma.

Cada vez estoy más convencida de que el mundo le debe muchísimo a las madres trabajadoras y, sin embargo, todavía hace demasiado poco por ellas. No se habla lo suficiente de lo difícil que es intentar llevar una vida laboral y construir el éxito profesional mientras una parte del corazón permanece siempre en casa.

Versiones

Lo más duro es que muchas veces el mundo nos obliga a escoger entre dos versiones de nosotras mismas, imposibles de lograr al mismo tiempo. Nos dicen que las mujeres de hoy debemos ser independientes, fuertes y exitosas, pero también nos educaron para creer que el amor maternal se mide en renuncia y presencia absoluta. Entonces una vive sintiendo que siempre queda mal con alguien.

Si trabajas y no tienes mucho tiempo para la familia, alguien dirá que descuidas a tus hijos. Si dejas de crecer profesionalmente por cuidarlos, alguien preguntará por qué desperdiciaste tu potencial. Y mientras todos opinan, millones de mujeres intentan sobrevivir emocionalmente a una exigencia imposible de cumplir.

Ser madre trabajadora hoy es un reto enorme y el gobierno tendría que entenderlo con mucha más seriedad. No bastan los discursos emotivos cada 10 de mayo. Se necesitan políticas reales para apoyar a las familias: guarderías suficientes, horarios laborales más humanos, espacios seguros para dejar a los hijos, apoyo psicológico, flexibilidad para las madres y también para los padres.

Los gobiernos hablan constantemente de la familia, pero pocas veces entienden cómo vive realmente una madre trabajadora. Cada vez que hay consejos técnicos, cambios escolares o suspensiones de clases “como si nada”, millones de mujeres sienten angustia inmediata. Porque mientras alguien toma decisiones desde un escritorio, hay madres preguntándose desesperadamente quién cuidará a sus hijos mientras ellas trabajan. Hay mujeres haciendo cuentas mentales para saber si perderán dinero, si pedirán favores o si tendrán que dejar solos a sus hijos durante horas.

Las madres no necesitan solamente homenajes, flores o regalos una vez al año. Necesitan apoyo real, comprensión y una sociedad mucho más humana con ellas. Porque el verdadero regalo para una madre quizá no sea algo que se envuelva, sino vivir en un mundo donde no tenga que elegir entre ser buena mamá o lograr ser ella misma.—Mérida, Yucatán

marisol.cen@kookayfinanzas.com

@kookayfinanzas

Profesora universitaria y consultora financiera

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