Hay discusiones que terminan revelando mucho más que una simple diferencia de opiniones. Lo que ocurrió en México tras las declaraciones de Mario Delgado, Secretario de Educación Pública, y la polémica desatada por las vacaciones escolares adelantadas, dejó al descubierto un país cansado, dividido, frustrado y cada vez más incapaz de poner a los niños en el centro de las decisiones.

Durante días, el debate dejó de girar alrededor de la educación para convertirse en una batalla de reclamos y descalificaciones. Que si las escuelas no podían seguir funcionando como guarderías en un período escolar donde ya casi no ocurría nada verdaderamente académico. Que si las clases debían terminar antes por el calor. Que si los niños necesitaban convivir más tiempo con sus padres. Que si los maestros también merecen descansar después de meses de trabajo. Que si incluso el calendario escolar debía ajustarse por eventos como el fútbol. Y mientras cada sector defendía sus razones y descargaba sus frustraciones en redes sociales, los niños desaparecieron de la conversación.

Porque mientras padres y maestros se lanzaban acusaciones, mientras las redes sociales se llenaban de enojo, sarcasmo y desprecio mutuo, casi nadie parecía verdaderamente indignado por el desastre educativo que atraviesa el país, ni por lo que realmente necesitan los estudiantes mexicanos.

Mientras el país discutía si las vacaciones escolares debían durar más o menos, casi nadie hablaba de lo verdaderamente alarmante, que los resultados de la prueba PISA 2022 evidencian que México arrastra desde hace años una profunda crisis educativa. En matemáticas, nuestro país quedó muy por debajo del promedio internacional, revelando que dos de cada tres estudiantes mexicanos no alcanzan el nivel mínimo de competencia.

Deficiencias

Los resultados en lectura y ciencias tampoco fueron alentadores y reflejan las enormes deficiencias que continúa arrastrando el sistema educativo mexicano. Y no estamos hablando de cálculo avanzado ni de teorías complejas. sino de habilidades básicas para la vida cotidiana, comprender lo que se lee, interpretar información, resolver problemas sencillos y pensar con lógica.

Sin esas herramientas, los jóvenes enfrentarán enormes dificultades para competir, trabajar y desenvolverse en un mundo cada vez más exigente. Eso debería provocar una auténtica emergencia nacional.

Sin embargo, pareciera que como sociedad nos hemos acostumbrado a convivir con el fracaso educativo hasta el punto de dejar de escandalizarnos por él.

Resulta verdaderamente alarmante que el propio secretario de Educación reconozca públicamente que existe tiempo escolar desperdiciado en un país cuyos resultados académicos atraviesan una crisis tan grave.

Si las autoridades admiten que existen semanas enteras sin un verdadero propósito pedagógico, entonces ¿por qué el sistema sigue diseñado de esa manera? ¿Por qué no se planea un cierre de ciclo escolar que realmente aproveche cada día de clases y le dé sentido al tiempo que los niños pasan en las aulas?

Lamentablemente, nos hemos acostumbrado a que las escuelas simulen el aprendizaje. Nos acostumbramos a que avanzar de grado sea automático, a que ya no se puede reprobar. Nos acostumbramos a bajar la exigencia para que nadie se sienta mal. Y en nombre de una supuesta inclusión terminamos abandonando académicamente a millones de niños.

Lo más triste es que gran parte de la discusión nacional terminó reduciéndose a una frase repetida hasta el cansancio, que las escuelas no son guarderías. Y aunque es cierto que la educación no debería reducirse únicamente a una función de resguardo, también resulta profundamente injusto simplificar de esa manera la realidad que enfrentan millones de familias mexicanas, especialmente en un país donde para muchos hogares sobrevivir ya implica que ambos padres tengan que trabajar jornadas cada vez más agotadoras.

Señaladas

Porque es muy fácil señalar a las madres trabajadoras desde la comodidad del juicio moral. Es muy fácil preguntar “¿para qué tienen hijos si no pueden cuidarlos?”. Lo difícil es mirar de frente a la realidad económica del país y entender que, para millones de familias mexicanas, que ambos padres trabajen ya no es una elección, sino una necesidad. No se puede culpar a una madre por salir todos los días a ganarse la vida. Muchas trabajan porque, si no lo hacen, simplemente no alcanza para comer.

La realidad que enfrentan hoy los padres de familia es brutal. Personas viviendo permanentemente cansadas. Familias sin tiempo, corriendo entre jornadas laborales, tráfico, pagos y responsabilidades infinitas. Madres y padres tratando de sobrevivir emocional y económicamente mientras intentan criar hijos en un entorno cada vez más demandante.

Por supuesto que las empresas deben ofrecer mayor flexibilidad laboral y condiciones más humanas. México necesita urgentemente una cultura laboral más empática con los padres de familia. Pero también es cierto que el gobierno no puede limitarse a exigirle más y más al sector productivo mientras continúa exprimiéndolo fiscalmente.

Incentivos

Si el Estado realmente quiere que existan esquemas laborales más flexibles para madres y padres, entonces también debería generar incentivos fiscales para las empresas que implementen horarios familiares, trabajo híbrido o apoyos de cuidado infantil. No se puede exigir productividad infinita, cargar impuestos enormes y al mismo tiempo pedir que las empresas absorban solas todos los costos sociales.

La realidad es mucho más compleja que reducir todo al argumento simplista de que “las empresas son las malas de la historia”.

Y hay algo todavía más doloroso. Mientras se habla de salud mental y bienestar infantil, miles de niños toman clases en condiciones indignas. Escuelas con calor insoportable. Salones convertidos en hornos. Alumnos sudando mientras intentan concentrarse. Maestros exhaustos tratando de enseñar en aulas donde respirar ya resulta difícil.

Si el calor realmente preocupa, entonces el gobierno debería invertir masivamente en infraestructura escolar. Debería instalar aires acondicionados, mejorar instalaciones eléctricas y garantizar espacios dignos de aprendizaje. Porque los niños son importantes. Porque son el futuro del país y la respuesta no puede ser simplemente cancelar clases cada vez que las condiciones climáticas se vuelven insoportables.

Más allá de las vacaciones, tal vez ha llegado el momento de que como sociedad y como padres dejemos de desgastarnos en discusiones absurdas y comencemos a destinar esa energía a exigir y defender lo que verdaderamente importa, la educación de los niños de este país.—Mérida, Yucatán

marisol.cen@kookayfinanzas.com

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Profesora Universitaria y Consultora Financiera

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