Todo el pueblo mexicano ha sido testigo del acelerado y violento cambio que actualmente vivimos en nuestra nación, la época de tranquilidad que antes se disfrutaba se ha esfumado; las noticias de matanzas, desaparecidos y cínicos políticos al servicio del narcotráfico son ya conocidas. Con el cambio de siglo las transformaciones positivas también han sido aminoradas por el fenómeno del mal encarnado, por la consolidación de la corrupción en el ser de quienes son nuestros gobernantes. Por tanto, ante el panorama sombrío que se extiende en nuestras ciudades y poblados, la Iglesia católica ha levantado nuevamente su voz y el pasado sábado el obispo de Cuernavaca y presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), Ramón Castro Castro, promovió la doceava Caminata por la Paz, con la finalidad de proclamar con la presencia, que urgen acciones reales para aminorar y erradicar la ola de violencia a la que está siendo sometida nuestra ciudadanía.

“La paz no se construye encerrados…” citó monseñor Castro, por eso el signo de caminar vestidos de blanco para anunciar que, fieles al evangelio, se está en contra de toda acción en detrimento de la dignidad de la persona, como también denunciar la complicidad de las autoridades civiles; es un verdadero acto de valentía que el presbiterio y la feligresía ha demostrado públicamente al marchar, siendo Morelos un estado con altos índices de represión civil.

En su intervención el obispo Ramón Castro criticó los discursos oficiales sobre seguridad y exhortó a las autoridades a: “que no vendan narrativas falsas” ya que es tan evidente que la letra estampada no concuerda con la realidad vivida, que la mentira se ha apoderado de hablar político.

Es triste reconocer que el uso del poder en el discurso mexicano ha distorsionado, por parte de nuestros gobernantes, la verdadera realidad y como cita Francisco Mujica: “El poder no solo vierte la horizontalidad de la realidad en forzosa verticalidad, sino que pervierte la realidad al autoatribuirse la potestad de delimitar la realidad general —escribir el guion de la situación— a partir de la voluntad particular de quien detenta momentáneamente el poder”.

Por eso la petición episcopal es directa y urgente: basta de discursos irreales. Esta premura a la acción en favor de la paz, que reclama la jerarquía católica en conjunto con la sociedad, responde al hartazgo que tantas personas experimentan del abandono por parte de nuestras autoridades, ya que la evidente impunidad reinante ha conducido al cansancio y pérdida de esperanza. Por tanto, la necesidad de unirnos e insistir de forma pacífica, en la confrontación del actuar de nuestros dirigentes es inaplazable; son tantas familias que sufren en lo oculto la amenaza del cobro de piso, la desaparición de sus seres queridos, la intromisión de los cárteles del narcotráfico que ejecutan a civiles inocentes; por esto, exigir paz no sólo es un derecho sino una obligación.

Ahora corresponde a los políticos y dirigentes no hacerse a los sordos e ignorar el llanto de las madres que han perdido a un hijo, no fingir ceguera ante las objetivas pruebas de injusticias que flagelan a los más vulnerables de nuestra sociedad. Porque la decadencia de nuestra nación se debe precisamente a la soberbia de no querer escuchar, a la arrogancia de pensar que el discurso emitido desde Palacio Nacional es palabra de Dios y, por lo tanto, es incuestionable. Ojalá que la fuerza del mensaje de monseñor Ramón Castro y el testimonio de los asistentes a la pasada Marcha por la Paz, confronten a todas las autoridades mexicanas y calen el corazón de los políticos para que, ante el oscuro panorama nacional, comprendan que “gobernar no es abandonar” sino estar y procurar el bien de la sociedad.— Mérida, Yucatán

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Sacerdote católico

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