En la política, como en la vida, hay silencios que pesan más que los gritos. Durante siglos, a las mujeres se les enseñó a convivir con ellos: a ignorar la burla, a tolerar el desprecio y a demostrar, una y otra vez, que merecen estar en lugares que durante demasiado tiempo se consideraron territorio exclusivo de los hombres.
Pero a veces ocurre algo distinto. Una mujer se levanta, toma la palabra y decide que ese silencio ya no le pertenece. Eso fue lo que ocurrió una tarde en el Parlamento de Australia, cuando la entonces primera ministra, Julia Gillard, miró de frente al líder opositor Tony Abbott y pronunció una frase que terminaría recorriendo el mundo político y académico: “No voy a aceptar lecciones sobre sexismo y misoginia de este hombre”.
No fue un arrebato. Fue una decisión…. Quizá ahí está la verdadera lección.
Ella se convirtió en la primera ministra de Australia entre 2010 y 2013. Y también en la primera mujer en ocupar ese cargo.
Paradójicamente, mientras sus adversarios se empeñaban en desacreditarla, Gillard impulsaba reformas profundas en educación, salud y economía. Gobernaba, mientras otros se dedicaban a cuestionar su derecho a hacerlo.
El internacionalmente famoso discurso de Gillard se llama “Misogyny Speech” (discurso contra la misoginia). Lo pronunció el 9 de octubre de 2012 en el Parlamento australiano, respondiendo al líder opositor Tony Abbott, quien la acusaba de tolerar sexismo. Ella le contestó denunciando la hipocresía de un político con un largo historial de comentarios machistas.
Ese momento se volvió histórico en el feminismo político, estudiado en universidades y citado en debates sobre liderazgo y misoginia en la política. Este es el núcleo del discurso —lo más citado— en una traducción fiel.
“No voy a aceptar lecciones sobre sexismo y misoginia de este hombre. No lo haré. Y este gobierno tampoco va a aceptar lecciones sobre sexismo y misoginia de este hombre. Ni ahora ni nunca. El líder de la oposición dice que las personas con opiniones sexistas y misóginas no deberían ocupar altos cargos. Pues espero que tenga un papel en la mano y esté escribiendo su renuncia. Porque si quiere saber cómo se ve la misoginia en la Australia moderna, no necesita una moción en esta Cámara de Representantes. Necesita un espejo”.
Luego Gillard enumeró frases y gestos machistas del propio Abbott y denunció el ambiente de humillación que muchas mujeres enfrentan en la política. Gillard no levantó la voz ni recurrió al insulto. Con una serenidad implacable fue enumerando, uno a uno, los comentarios y actitudes que durante años habían marcado el tono misógino del debate político en su país.
Lo que hizo fue algo más difícil que responder: nombrar. Nombrar aquello que durante demasiado tiempo se había tolerado como si fuera parte inevitable de la política. Durante su gobierno, Gillard fue objeto de burlas constantes. Se cuestionaba su apariencia, su vida privada, su voz, incluso el hecho de no tener hijos.
Sus adversarios parecían menos interesados en discutir sus decisiones de gobierno que en discutir su derecho a gobernar. Mientras tanto, su administración avanzaba en reformas importantes en educación, salud y economía. Ella gobernaba. Otros se dedicaban a cuestionar si una mujer debía estar ahí.
Por eso aquel discurso trascendió el momento político en que fue pronunciado. Porque lo que Gillard expresó no era únicamente una defensa personal. Era el retrato de una experiencia que muchas mujeres reconocen de inmediato.
La política —como tantos otros espacios de poder— sigue exigiendo a las mujeres una perfección imposible. Si son firmes, se les llama autoritarias. Si son conciliadoras, se les considera débiles. Si levantan la voz, se les acusa de histéricas; si callan, se interpreta como debilidad.
La vara nunca es la misma. Aquella tarde en el Parlamento australiano, Julia Gillard no sólo respondió a un adversario político. Puso nombre a una forma de violencia que durante demasiado tiempo ha sido minimizada, normalizada o simplemente ignorada. Por eso su frase sigue resonando más de catorce años después. No fue un grito. No fue un insulto. Fue algo mucho más poderoso: un límite.
Porque cuando una mujer dice “no me vas a dar lecciones”, no está desafiando a un hombre. Está desafiando siglos de costumbre. Y quizá por eso, el Día Internacional de la Mujer que se conmemora cada 8 de marzo, más que una celebración, se ha convertido en un día de reflexión y memoria histórica que busca visibilizar la lucha por la igualdad de género, los derechos laborales, la participación política y el cese a la violencia contra las mujeres.
Su origen se remonta a hitos históricos clave en la búsqueda de mejores condiciones de vida y trabajo: Y nos recuerda que la igualdad no avanza solo con celebraciones, sino también con mujeres que, en el momento justo, se atreven a decir: hasta aquí.
Ellos hacían carteles que decían (“ditch the witch”, “saquen a la bruja”). Durante meses había evitado responder públicamente a los ataques. Ese día estalló y transformó una discusión parlamentaria en uno de los discursos feministas más citados del siglo XXI.
Esto fue “un coup de grace”, (tiro de gracia) una lección permanente que prevalece como memorable para las mujeres en sus espacios de trabajo, convirtiéndose en un lema internacional de resistencia femenina.
En la historia de la política hay discursos que cambian leyes, y otros que cambian conciencias. El 9 de octubre de 2012 ocurrió algo que hoy se sigue estudiando en universidades del mundo.
La política, como muchos otros espacios de poder, todavía carga con inercias que desconfían de la autoridad femenina. Pero cada vez que una mujer decide no guardar silencio, ese muro se resquebraja un poco más.
Aquella tarde en el Parlamento australiano, Gillard no sólo respondió a un hombre. Respondió a una historia entera. Y dejó una frase que sigue resonando hasta el día de hoy.
Porque a veces, cuando una mujer pronuncia esa frase, no está hablando solo por ella misma. Está abriendo una puerta para todas las demás.— Mérida, Yucatán.
Abogada y escritora
