El cambio es inevitable. El cambio para mejorar es un trabajo a tiempo completo.— Adlai E. Stevenson

A un costado del convento franciscano del rumbo de La Mejorada, en un edificio que abarcaba parte de la calle 50 y el actual parque, desde 1862 funcionaba, por iniciativa del Dr. Agustín O’Horán y Escudero, el hospital general que a su muerte, en 1895, llevó su nombre.

El 5 de febrero de 1906, durante histórica visita, Porfirio Díaz inauguraría tres obras emblemáticas: el Asilo Leandro Ayala, la Penitenciaría Juárez y el Hospital General que conservaría el nombre del ilustre médico. Unos días después de tan recordado suceso, se inició el éxodo de pacientes. La mudanza, simplemente genial: En aquellos años, a unos metros se encontraba la estación del ferrocarril y la vía pasaba justamente detrás del nuevo hospital, en lo que antiguamente fue el barrio de Santa Catarina, de tal manera que los pacientes fueron cómodamente transportados, incluyendo algunos con enfermedades neurológicas y psiquiátricas, custodiados por el mismo Dr. Eduardo Urzáiz.

Como comento en mi novela “Amarílico”, ahí en el traslado estaban personajes ilustres, médicos de renombre como Augusto Molina Solís, Saturnino Guzmán, Aureliano Urrutia y el ya referido Eduardo Urzáiz. Mientras se llevaban a los pacientes, en un rincón iban dejando instrumentales que ya se consideraban obsoletos por tener mangos de madera, mesas quirúrgicas hechas de caoba, unos grandes peroles donde el instrumental se esterilizaba remojándolo con solución fenicada y oxicianuro de mercurio, ya obsoletos, al recibir un par de esterilizadores de vapor, procedentes del mismísimo Instituto Pasteur.

El material quirúrgico desde Lyon, Francia. La mayor parte del instrumental, de origen alemán y francés, y además uniformes y campos quirúrgicos de telas de material resistente, con el grosor suficiente y fáciles de lavar. Y la cereza del pastel: la llegada de Harald Seidelin y su gran aporte a la Microbiología y Anatomía Patológica que puso al nuevo hospital como uno de los mejores en su época.

Cuando el científico danés en septiembre de 1910 presentó oficialmente su renuncia y anunció su partida de Yucatán, (aunque regresaría meses después), uno de los oradores en la ceremonia de despedida dijo: “Lo más seguro es que dentro de un siglo no saldríamos del asombro si pudiéramos vivir tanto para ver hasta dónde ha llegado la Medicina… Esperemos que aún exista este hospital…”

Tuve la suerte de hacer la mitad de mi internado de pregrado en este antiguo hospital, en 1985, una época memorable en mi formación, los mejores maestros, el ambiente más humano, a pesar de todas las limitaciones propias de un nosocomio que dependía de lo que el gobierno estatal otorgaba y particulares aportaban. La otra mitad restante lo hice en la nueva y flamante torre hospitalaria. Recuerdo, entonces, esta segunda mudanza de la cual fuimos testigos y participantes. Los pacientes transportados en camillas tan solo avanzaron unos metros.

Cómo olvidar en un consultorio el arsenal quirúrgico que se iba a desechar y que formó una montaña, y afuera, camas, mobiliario, y la imagen que se me quedó grabada: cucharas, potes y platos de peltre acomodados en la legendaria carreta de madera donde se llevaban los alimentos. El cambio por supuesto fue muy contrastante: teníamos instalaciones relucientes, con aire acondicionado, camas con sábanas impecables, sustituyendo aquellas de hierro con colchonetas delgadas y sábanas zurcidas, pero muy limpias. Expedientes metálicos, máquinas de escribir nuevecitas, modernos equipos de RX, los primeros de ultrasonido.

Pero, también algo desconcertante: Personal médico y de enfermería mayores de 45 años fueron rescindidos, por decirlo de una manera amable, otra parte recontratada. Muchos de mis maestros se retiraron, algunos para nuestra fortuna se quedaron en puestos administrativos y de enseñanza y también nos quedamos en la orfandad, en el sentido que las madres Vicentinas, el ejército de “Sor Pulguita”, por políticas gubernamentales ya no podían estar, sin embargo continuaron su labor humanitaria en su vecina congregación.

El Hospital O’Horán quedó bajo la tutela de la SSA. Años después, ya como especialista, regresé para visitar a un amigo internado y recuerdo la desilusión de encontrar aquellas instalaciones no en muy buen estado, con elevadores descompuestos, pacientes en camas sin sábanas y lo que suele ocurrir en estos vaivenes de los hospitales públicos.

Importante decir entonces que, cuando se habla del antiguo hospital hay que ser muy precisos en separar el antiguo que operó de 1906 a 1985 y después del nuevo hospital, al cual se agregaría una torre entre otras instalaciones, por lo cual sería más exacto al hablar del nuevo hospital que se diga que va a sustituir no a uno de 120 años, sino a otro de cuarenta. Hay que recordar que el primero fue resultado de generosas aportaciones de los ciudadanos, sobre todo de los hacendados, y desde entonces financiado con aportes del gobierno estatal y particulares. Desde 1985, bajo la tutela de la SSA, el manejo estuvo a cargo del gobierno estatal y lo que llegaba de la partida federal.

Ha comenzado la mudanza del tercer hospital. No lo conozco, se ve impresionante. Me queda bastante retirado. Observé sus avances, pues, no hay que olvidar que se inició en el sexenio anterior y por diversos motivos no se concluyó, pero hay que enfatizar que tan importante es quien inicia como quien termina, aunque eso ya es tema político. Pendiente en lo laboral, la asignación de plazas nuevas, el cambio de régimen administrativo de los trabajadores.

El traslado de pacientes y personal incluye también los escasos insumos, con el descobijo consecutivo en algunas áreas del antiguo. Va a ser un muy difícil esta transición, pero esperemos venturosa mudanza. Tengo la impresión, de que con la marca de la casa, se inauguró sin estar terminado, y con esto me refiero en un cambio: primero instalaciones, equipos, insumos, medicamentos, personal y de último los pacientes. Ya con la firma del IMSS Bienestar, las riendas de la Salud Pública en el estado se han federalizado, cuando no: centralizado.

¿Qué va a pasar con el Materno, el HRAE, el antiguo Hospital? ¿Se va a ajustar a las necesidades de Yucatán o de la Federación? He insistido, hasta el cansancio, en la necesidad de un hospital de Ortopedia y Traumatología y el no desaprovechar la inconclusa unidad de choque con toda y cámara hiperbárica de la sede en la avenida Itzaes.

Por otro lado y lo digo con todo respeto: me inquieta el discurso de que “acá no habrá caja registradora”, que todo será gratis. La cuota de recuperación establecida por un departamento de Trabajo Social puede exonerar sin duda a la población más vulnerable o establecer una simbólica y de ahí hacia arriba. Con los nubarrones de venideros problemas económicos, debiera reconsiderarse. En fin, por el bien de Yucatán: larga vida al Hospital O’Horán.— Mérida, Yucatán

*Médico y escritor

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