Qué delicia la política de la ilusión.
La semana pasada el Olimpo estatal diseñó el cierre de mayo perfecto: listones brillantes, la bendición de Claudia Sheinbaum y una narrativa sobre la “transformación de la salud” que casi nos hacía olvidar el radar terrenal. El nuevo Hospital O’Horán se erigía como el tanque de oxígeno político que el Palacio de Gobierno necesitaba para respirar con holgura.
Qué bello es el guión cuando se queda en el papel.
El problema es que la terca realidad suele ponchar la manguera. Y no con una sutil fuga, sino con cuatro chimeneas humeando al mismo tiempo.
Lo interesante de este festival de la crisis no es su simultaneidad, sino su flagrante falta de originalidad. Ninguno de estos frentes saltó de la nada; todos venían avisando con la parsimonia de un viejo ferrocarril.
Llegó el calor a Yucatán y, con él, el tradicional apagón de la CFE. Cierto es que la culpa técnica es federal, pero ¡la bendita identidad partidista! Cuando la Federación y el Estado cantan bajo las mismas siglas, el apagón federal se convierte en cortocircuito local.
Y como al apagón le sigue la sequía, ahora faltan luz y agua. La solución fue pedir un préstamo para la Japay. Los exgobernadores, Rolando Zapata y Mauricio Vila eran artistas del endeudamiento: nos vendían deudas millonarias envueltas en el celofán de la “seguridad pública”, un blindaje incuestionable.
Pero intentar convencer al respetable de que hay que empeñar el futuro para arreglar tuberías rotas requiere un talento teatral que este gabinete no posee.
La alcaldesa Cecilia Patrón Laviada ya tomó palco, los empresarios levantaron la ceja y la oposición afila los cubiertos.
Por si la física fallaba, la metafísica del transporte público vino a salvarnos. El Circuito Metropolitano mutó en batalla campal. La Agencia de Transporte, en lugar de aplicar la anestesia de la operación silenciosa, prefirió el estilo bronco de Jacinto Sosa Novelo (el político reciclado al frente de la Agencia de Transporte de Yucatán): el pleito abierto con concesionarios que ahora reclaman adeudos millonarios. Logro gubernamental: usuarios varados y una joya de ineptitud diplomática.
Para coronar el paisaje, revienta Chichén Itzá. Sí, la zona arqueológica le toca a la Federación, pero el conflicto de los artesanos tiene un peso simbólico que salpica el patio de la casa. Otro foco rojo administrado por funcionarios que confunden gobernar con tomarse fotos y redactar boletines.
La obligación de un gabinete es blindar al gobernador, apagar los cerillos y contener daños. Aquí el pasatiempo favorito parece ser el contrario: amplificar problemas y desproteger a Joaquín Díaz Mena. A estas alturas de 2026, estos errores de noviciado ya denotan una preocupante falta de oficio.
Incluso el gran trofeo, el hospital O’Horán, revela su verdadera naturaleza. Los boletines nos marean con lo que el nosocomio “tendrá” en el futuro, mientras la operación real exhibe los retrasos de siempre. El peligro de inaugurar cascarones apresurados es que la ciudadanía descubra que no tenemos un nuevo hospital, sino un nuevo edificio con las mismas carencias.
Y para terminarla de amolar, llegaron las primeras lluvias. Esas aguas democráticas terminaron inundando los pasillos y áreas de espera del reluciente O’Horán. Una magna obra construida por el ejército que, al primer aguacero, confunde sus salas con canales navegables, levantando dudas sobre fallas estructurales. Adiós a la épica; hola a las cubetas en los pasillos.
Algo tendrá que mover “Huacho” Díaz en su tablero. Cuando la ineptitud se repite con tanta precisión, deja de parecer un accidente del oficio y comienza a verse sospechosa y a oler a interinato.
O, quizá, ¿el nuevo pasatiempo del gabinete sea el arte de incendiar la pradera para ver si el gobernador la apaga?
Lo dejo de tarea.— Mérida, Yucatán
*Profesor
