En el Bar Ahúnda un tipo le preguntó con tono de amenaza a otro: “¿Está usted teniendo una relación con la señora Icila Harlot?”. Respondió el otro: “Sí. ¿Por qué?”. Dijo el primero: “Yo soy el marido ofendido”. El otro se puso en pie. Medía 5 centímetros más que LeBron James, basquetbolista que mide 2 metros 6 centímetros; pesaba más que el más pesado luchador de sumo y tenía puños cada uno del tamaño de una cabeza de buey. De buey cabezón. Vio aquello el marido ofendido y aclaró: “Bueno, no tan ofendido”.
O sea que reculó; se patraseó, como en Tabasco dicen del que se desdice.
En su reciente perorata ante una masa de acarreados la presidenta Sheinbaum denunció con ademán flamígero a los gobiernos extranjeros injerencistas que pretenden atentar contra la soberanía nacional y agarrar de piñata a México.
Un día después, temerosa de que Trump se diera por aludido y se enojara, hizo una declaración pacificante y obsecuente dirigida al hotentote de la Casa Blanca.
El mayor riesgo que la mandataria afronta, sin embargo, no proviene del amarillento, violento y purulento yanqui, sino del hombre que dijo haberse ido a La Chingada, pero que no se ha ido y sigue influyendo, según las evidencias muestran, en las decisiones de quien lo sucedió en el cargo, pero no en el mando, y cuyo sexenio, según ella misma ha declarado, es sólo el segundo piso del que presidió él.
Eso explica por qué la presidenta parece estar atada de manos ante el vergonzoso caso del exgobernador de Sinaloa y sus compinches, impunes a pesar de todos los indicios en su contra.
Esa impunidad es resultado de la actitud complaciente —palabra que cierto parecido tiene con el término “complicidad”— del régimen obradorista con la delincuencia organizada. Con su apoyo pudo Rocha llegar a la gubernatura sinaloense, y sigue en el cargo, para vergüenza de México y de los mexicanos conscientes.
En los oscuros tiempos que vivimos, buena parte de la soberanía nacional la ejercen los cárteles de la droga. De ellos debe rescatarla Claudia Sheinbaum, no de enemigos extranjeros, invento de los regímenes populistas para distraer al personal de sus errores y sus ineficiencias. Dicho de otro modo, los mayores enemigos de la Presidenta están aquí, no allá ni acullá.
