“No perdamos nada del pasado. Sólo con el pasado se forma el porvenir”.— Anatole France

La mañana con un sol que caía a plomo, como dirían los clásicos; caminábamos por un sendero de gravilla. El paisaje un tanto yermo con algunas cactáceas a los lados. El silencio solo era cortado por el ruido de los zapatos que trituraban las piedrecillas. Habíamos avanzado unos minutos cuando apareció ante nuestros ojos una enorme estructura, de unos 200 metros de ancho y unos 25 de altura, coronado por un domo metálico que le daba el aspecto de recinto de exposición ganadera. Pero, no; era un enorme artilugio para proteger un auténtico tesoro: las pinturas prehispánicas, tal vez, más espectaculares en México. Estamos hablando de Cacaxtla, Tlaxcala. Situada a 20 kilómetros de la capital del estado, fue una poderosa urbe política, militar y económica que floreció entre los años 650-900 D.C., con la particularidad de tener los murales más extraordinarios y mejor conservados de Mesoamérica. En el gobierno de Miguel de la Madrid se colocó esa enorme cúpula sobre la pirámide a fin de proteger las pinturas, algo que hemos visto en otras zonas arqueológicas con placas de acrílico transparente y techos de palma. Sobre el basamento de la pirámide un gigantesco armatoste de acero con columnas o pilotes, techo de láminas, prácticamente en la estructura y una serie de cables tensores lo que le da un terrible aspecto de recinto de feria. La crítica, incluso de expertos en el tema no se hizo esperar: destrozar estéticamente un sitio arqueológico en aras de protegerlo, para los que veían el aspecto turístico, una explotación comercial que puso en riesgo el título de patrimonio de la Unesco. Pero el fin justifica los medios, todo por conservar una auténtica joya. Así, en medio del silencio y la tranquilidad del sitio, esta especie de ofensa visual desapareció al quedarnos extasiados con la belleza de las pinturas.

Bonampak

Hablando de pinturas: Bonampak. Después de un trayecto de dos horas saliendo de Palenque llegamos a lo que pensamos era la entrada de la zona, pero nos equivocamos. Una especie de parador. Gente de la localidad, lacandones, algunos con todo y la vestimenta que los distingue, gente buena y amable, dando el servicio de transporte. Subimos a un vehículo compacto que le hacía de taxi para avanzar diez kilómetros en un camino de terracería a lo que le sigue de malo, con un fenomenal brincoteo. La mañana fría y nublada por momentos con una ligera llovizna. El guía, un chico de la localidad nos dio explicación excelsa mientras absortos mirábamos la maravilla multicolor de los murales dentro de una estructura que me imaginé más grande. Un portento de espectáculo. Terminamos el recorrido, al salir por el único acceso, algunos puestos de artesanías que quedaban fuera de la zona arqueológica. Al regreso al parador, mientras literal, dábamos de tumbos en la unidad, le preguntaba al guía porqué en tantos años no habían hecho una buena carretera. La respuesta contundente: “Nunca. Es una manera de evitar que llegue más gente de la cuenta y nos perjudiquen el sitio”. Sí, así, con el “perjudiquen” que es muy de nosotros.

Hace unos meses un tour por los Chenes en Campeche. Temprano iniciamos en Santa Rosa Xtampak, seguimos en Dzibilnocac, El Tabasqueño y Hochob, y como nos quedaba pila rematamos en Edzná, uno de los sitios más importantes y a donde no iba desde hacia unos 15 años. Vaya grata sorpresa. El sito lucía distinto. El programa de Promeza (No me explico porque la 4-T no lo presume) le había inyectado recursos. Recorrido hasta el atardecer, sin prisas, disfrutando de la Acrópolis, este emblemático edifico de los cinco pisos. Tranquilidad absoluta. Un buen número de visitantes, a pesar de ciertas restricciones por los sitios donde estaban trabajando. Ningún oferente. Puestos de artesanías a la entrada.

Cada vez peor

Siempre he sido un fanático de la arqueología, por eso cuando recibo visitas de amigos de otras partes y me piden ir a Chichén Itzá, hago acopio de fortaleza y sí: resignación. Que me disculpen: cada vez peor. El caos reinante en su mayor expresión posible; a la terrible contaminación visual de los puestos de ambulantes, las decenas de vendedores acosando, atosigando, importunando a los miles de turistas; ahora todos los edificios, todos, sin excepción, rodeados de cintas amarillas para que nadie ya no se diga se suba, ni siquiera los toque. El monótono ruido que imita el rugido de un jaguar proveniente de artesanías de barro. La cantidad de visitantes tan aplastante como el asfixiante ambiente de “Mercado sobre ruedas”.

He de decir, que hace un año estuve en Teotihuacán, también un problema, aunque en menor escala, posiblemente por ser una zona más extensa. Sin embargo, todo está confinado en la llamada Calzada de los Muertos, entre las pirámides del Sol y de la Luna, de unos 800 metros de longitud; conté si acaso una decena de puestos de artesanías, cero baratijas chinas y los oferentes en su sitio, sin interceptar a los turistas, bajo la vigilancia de los custodios. En contraste, el camino que conduce en Chichén Itzá del Castillo al Cenote Sagrado es un gigantesco tianguis multicolor…, otro tipo de ofensa visual, distinta a la de Cacaxtla.

El conflicto en Chichén Itzá es tan añejo que pareciera no tener visos de solución. Desde su descubrimiento ha sido explotado por propios y extraños, empezando por el saqueo de Edward H. Thompson, particulares, administraciones gubernamentales y federales; algunos actuando como auténticas sanguijuelas. Es un recurso sobrexplotado. Quitando el respiro obligado por la pandemia, la saturación que padece es multifactorial. Sin discusión lo que representa como generación de empleos formales e informales, comercios legales y no tan legales. Lo triste es que aquel Chichén de mis años mozos difícilmente regresará. Todos reclaman derechos y hasta gente neófita que enarbola banderas sin tener la mínima noción de nuestra historia, los más puristas, que si a eso vamos, se les olvida el entorno sagrado que tuvo para los mayas. Y no es menospreciar lo que estos conflictos ya generan. Siempre hay fórmulas, para que dentro de un marco legal, las comunidades locales se beneficien

En Ek’ Balam que por cierto ya está recibiendo como efecto colateral ver triplicado el número de visitantes, desde hace años, su cenote, cuyo nombre oficial es X’Canché es administrado por una cooperativa local conformada por familias del pueblo maya de la comunidad. Esta gestión comunitaria de ecoturismo ha permitido impulsar la economía mediante el restaurante, renta de bicicletas y servicios de guías. Pero hay más: la venta de artesanías es en el parador de Cultur situado a metros de la entrada y salvo algunos puestos que incluyen hasta representaciones de personajes, una vez que se accede al sitio, no hay un solo ambulante, un solo oferente. Un sitio que aún puede visitarse en santa paz. No entro en el debate ni social, ni político, simplemente como ciudadano sostengo que en Chichén Itzá perdemos todos. Tan solo aspiro como ciudadano a un recorrido tranquilo. Urge un acuerdo sensato y definitivo. No es un enfermo desahuciado, merece una resolución digna sin paliativos de por medio.— Mérida, Yucatán

Médico y escritor

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