Cuando el feminismo avanza, el machismo arremete. El término backlash, atribuido a la periodista y premio Pulitzer Susan Faludi, hace referencia a la violencia machista que embiste con más fuerza cuando el patriarcado pierde terreno. Lo que atestiguamos hoy en día es la prueba más fehaciente de dicha premisa: si una mujer obtiene un logro, este será cuestionado abiertamente; si una mujer resiste, se le someterá con más fuerza; si intenta romper un círculo de violencia, pondrá en riesgo su propia vida.

Los acontecimientos que hemos presenciado en Yucatán en los últimos días terminan siendo el argumento más sólido para demostrar que el patriarcado es un dinosaurio que se resiste a morir y que cambia de piel, transforma sus tentáculos en acciones incomprensibles por obtusas, dolorosas y destructivas. Muchas veces se disfraza de desequilibrio, de crimen pasional y de enfermedad mental, pero su verdadero rostro es el odio, el control y las masculinidades que no se han hecho cargo de su fragilidad.

El domingo 24 de mayo, Sujuy fue brutalmente asesinada en Real Montejo luego de intentar impedir que su victimario abusara sexualmente de su hija adolescente. El feminicida se quitó la vida y las dos hijas de Sujuy, de 8 y 16 años, resultaron gravemente heridas. El miércoles 27, una mujer fue degollada por su pareja en San José Tecoh. El jueves 28 de mayo amaneció con la noticia de tentativa de feminicidio con arma de fuego en Las Américas; hasta el momento, la mujer se debate entre la vida y la muerte.

Al mismo tiempo, nos enteramos de casos como la lucha de Ericka Contreras por recuperar a su hija Lucía, a quien su expareja mantuvo oculta a lo largo de semanas, ante el silencio cómplice de sus familiares y amistades. Contreras se tuvo que convertir en una activista en contra de la violencia vicaria y feminicida en nuestro estado, y se reencontró con su niña en medio de un dolor inenarrable. Según informaron algunos medios locales, el hombre fue puesto en libertad a base de lagunas y entuertos legales que dejan en claro que poco importa para el sistema de justicia el peligro real al que se expone a las víctimas.

He puesto mi mayor esfuerzo en recontar estos hechos en muy pocas palabras. Había comenzado esta nota hace varias semanas, y en un principio contenía algunos otros ejemplos de violencias machistas observadas en el ámbito nacional o internacional, pero ante la crudeza de los acontecimientos cercanos en los últimos días fue preciso editar para limitarlo al entorno local. Advierto que, para abarcar el horror contenido en lo que se queda fuera de estas líneas, se precisa interesarse y dolerse.

Los hombres que violentan y amenazan la vida de las mujeres no son “monstruos” ni tampoco padecen siempre enfermedades mentales que los orillan a cometer estos crímenes. La feminista argentina Verónica Gago, en su libro La potencia feminista o el deseo de cambiarlo todo (2019), llama a esta práctica discursiva “patologización exculpatoria”, porque la sociedad se inclina por leer dichos actos violentos como insólitos, extraordinarios, bestiales, y así resta responsabilidad al victimario. Y no. Son hombres criados en un sistema que privilegia el dominio de la figura masculina sobre la femenina y, cuando encuentran resistencia, duplican la fuerza con la que intentan someter; no son monstruos, son seres de carne y hueso a quienes también el sistema les ha fallado. Si no reflexionamos HOY sobre ello, seguiremos replicando (criando, soportando, justificando) violencias disfrazadas de monstruosas.

Es imprescindible que le perdamos el miedo a las palabras con las que hemos aprendido a visibilizar las fallas estructurales de nuestra sociedad, pero que a muchos incomodan sobremanera: feminismo, patriarcado, violencia de género. No son proyectiles dirigidos en una guerra de mujeres contra hombres, sino términos que nos ayudan a todas las personas a nombrar las heridas y a hacernos responsables de intentar sanarlas para erradicar la violencia que nos está, literalmente, matando. Es importante que nos preguntemos si podemos siquiera prestar la debida atención a estos problemas, no como sucesos aislados (pues la “monstruosidad” concibe al monstruo como un agente anormal) sino como un problema de estructura social normalizado. En uno de sus libros más recientes, Dolor y política (2020), la antropóloga feminista Marta Lamas nos urge a perseguir un cambio político, pero no sólo privativo de las autoridades, sino también de nosotros como sociedad.

Las protestas feministas, producto de la rabia ante estas violencias, generan indignación y rechazo. A casi tres meses del 8M seguimos lamentando las pintas del Monumento a la Patria. ¿Cuánto tiempo dedicaremos a lamentar estos horrores? ¿Cuánto tiempo lloraremos a las muertas, por las madres que hoy temen por su vida y caminan mirando sobre su hombro, por las madres violentadas, por las infancias huérfanas de madre? Hoy, cuando circulemos en las cercanías del Monumento y leamos “Mérida feminicida”, deberíamos ser capaces de entenderlo todo.— Mérida, Yucatán

Licenciada en Periodismo y maestra en Relaciones Públicas; exfuncionaria del Ayuntamiento de Mérida y del gobierno del estado

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