“A veces México es un país nefasto, pero también a veces es un país magnífico”, dice Tochtli, narrador protagonista de la novela breve Fiesta en la madriguera (Anagrama, 2010). Su autor, el jaliciense Juan Pablo Villalobos, nos entrega la historia de un niño que habita un universo particular: es hijo de un narcotraficante, por lo que vive aislado del exterior en un palacio, rodeado de lujos y excentricidades; es el centro de una realidad delirante en la que solo convive con un puñado de hombres al servicio de su poderoso padre, su maestro particular y la cocinera. Le gusta coleccionar animales salvajes, sombreros de todo el planeta y significados de palabras poco usuales: éstas son su único refugio, con ellas intenta desesperadamente interpretar el mundo a partir de las breves referencias que lee en sus libros de historia y de las visitas que acuden a esa guarida a la que él llama casa.
Aunque Tochtli —cuyo nombre significa “conejo” en náhuatl— no se asume víctima, en ocasiones protesta contra su destino: se aburre “hasta la desesperación más fulminante”, porque no sale del palacio y “porque todos los días son iguales”. El joven ha normalizado la violencia hasta el punto de hablar con naturalidad —exquisitamente delineado por Villalobos a través de su lenguaje— acerca de las armas, los cadáveres, las cabezas que su padre envía como prueba de la saña con la que ajusta cuentas con sus enemigos. Mientras sus lectoras y lectores no sabemos si reír, llorar, enternecernos o indignarnos, el narrador reflexiona sobre detalles tétricos e hilvana imágenes cruentas con ideas casuales, espontáneas y azarosas para darnos acceso a su acotada idea de la realidad, tal y como él la describe en su mente precoz: “sórdida y patética”.
He revisitado este libro en múltiples ocasiones desde la primera vez que lo leí, lo enseño en mis clases y lo recomiendo cada vez que puedo. Lo que el autor consigue retratar en escasas 100 páginas es un universo que nos deja perplejos, entretenidos y, al final, un poco preocupados, aunque logre que se nos escapen algunas carcajadas. ¿Acaso no somos también Tochtli? ¿Acaso no vivimos en una madriguera normalizando la violencia y el horror con los que hemos aprendido a convivir para que no nos mate la desesperanza? ¿No es sino a través de la rutina, el aburrimiento, el trabajo o las excentricidades como pretendemos volvernos ciegos para, preferiblemente, no ver el pantano en el que estamos sumergidos? ¿Con qué colección de sombreros nos tapamos la vista panorámica?
Vivimos en un país en donde la impunidad doméstica da pie al intervencionismo extranjero. Los rostros de las personas que debieron defender nuestra seguridad y garantizarnos bienestar aparecen de pronto entre las imágenes de los criminales más buscados a nivel internacional. Sabemos a quiénes han servido a cambio de protección y dinero. Al conocer las noticias, quizá sacudimos la cabeza en señal de desaprobación, pero, aunque nos indigna, ya no nos sorprende, y tal vez ese sea el síntoma más claro del grado de descomposición política y social que aceptamos en una patria que muere lentamente. Patético.
Habitamos un territorio en el que niñas y niños son violentados, traficados y obligados a vivir sin las garantías más elementales. En el que los adolescentes son reclutados para engrosar las filas del crimen organizado y ser utilizados como carne de cañón, encomienda que aceptan con la ilusión de salir de la pobreza; otros, los que se resisten, son torturados y asesinados, desaparecidos en los montes, en el desierto, en los bosques y en la sierra, hasta donde sus madres tienen que ir a escarbar para intentar hallarlos. Sórdido.
En México, los maestros arman trifulcas para exigir sus derechos, las escuelas públicas carecen de lo más básico, el agua escasea en gran parte del territorio nacional y los apagones son cada día más recurrentes. La atención hospitalaria del estado es precaria e insuficiente; las medicinas faltan. Mientras tanto, nuestros gobernantes arman la fiesta, se dan palmaditas en la espalda, maquillan la ciudad para un mundial de fútbol que, para colmo, no servirá ni de opio para el pueblo, porque ha sido secuestrado por intereses capitalistas que hacen del deporte más popular del mundo, el deporte del pueblo, un lujo inaccesible para la mayoría. Patético.
La presidenta celebra dos años de haber ganado una elección que le dio continuidad a un proyecto del que esperábamos tuviera los arrestos para marcar distancia, cosa que no solo no ha ocurrido, sino que además nos ha permitido comprobar que hay una fuerza oscura que dirige, controla y manipula, más allá de lo que nuestra mente puede alcanzar a imaginar. En México las pruebas no importan, las denuncias no sirven de nada; y la justicia, si se mueve, lo hace a billetazos, se acomoda al poder. Sheinbaum festeja dos años de haber llegado cuando muchas mujeres no tienen acceso a una vida libre de violencia; y mientras tanto, en los estados, los políticos condonan deudas de sus antecesores para garantizar impunidad a quienes se sirvieron con la cuchara grande. Así, continuamos viviendo en el país donde no pasa nada aunque suceda todo. En el país en el que solo la gente pobre es encarcelada, en el que se criminaliza al indefenso mientras el poderoso camina en libertad. En el que pagamos derecho de piso y moches a criminales de distinta estirpe pero de la misma calaña. Sórdido y patético.
¿Qué hará falta para que México vuelva a ser un país magnífico? Como Tochtli, nos entumimos con la rutina, jugamos con las palabras y los argumentos para intentar explicar lo que pasa frente a nuestros ojos, pero el lenguaje no alcanza: se enturbia, se desborda, nos queda corto. Reflexionamos desde nuestro escaso contacto con la realidad e interpretamos las cosas como mejor podamos con lo poco que sabemos del mundo que otros diseñan para nosotros. Nefasto.— Mérida, Yucatán
Licenciada en Periodismo y maestra en Relaciones Públicas; exfuncionaria del Ayuntamiento de Mérida y del gobierno del estado
