Dicen que quienes no somos guadalupanos, ni amamos el fútbol, no merecemos llamarnos mexicanos, yo pregunto entonces: ¿qué clase de persona soy si mi altar lo preside la Virgen del Carmen?, ella es la advocación a la que me encomendó mi madre cuando nací y mi deporte favorito es la gimnasia artística. ¿Acaso seré alguna especie de apátrida, traidora de la nación y enemiga del pueblo bueno?

Ya en esta coyuntura futbolera tengo que decirles además que ardí de coraje cuando un grupo de fanáticos le arrebató sus lonas a las madres buscadoras, donde se apreciaban las fotos de sus hijos e hijas desaparecidas, para usarlos como impermeables. Los acalorados fanáticos fueron agresivos y, sobre todo, indiferentes al legítimo dolor de unas mujeres que han pasado años o meses escarbando fosas clandestinas con la esperanza de encontrar restos de sus familiares. Me entristecí también por la risa nerviosa de nuestra Presidenta, porque no puedo creer que fuera de burla o crueldad, al minimizar la protesta de esas madres refiriéndose al acompañamiento prestado por sus camaradas o al posible financiamiento externo para su traslado a los sitios en donde realizaron sus acciones de difusión para que el mundo se entere de tan lacerante situación en la que viven.

Está comprobado que muchos de esos y esas jóvenes desaparecidas fueron enganchados contra su voluntad, bajo engaños, y muchas veces con ofrecimientos falsos de trabajos bien renumerados, para después ser usados como carne de cañón por los narcos o mercancía sexual, en el caso de las mujeres. Pero incluso, hay que admitir que en muchos casos los jóvenes, debido a la descomposición social y pobreza, se vincularon de manera consiente a la delincuencia. Así que el sufrimiento y acciones de sus madres son reales y legítimas. Y claro, el problema no inició en este sexenio, ni en el anterior, pero es obligación del estado apoyarlas en su búsqueda, proporcionarle todo tipo de ayuda y no criminalizarlas como se hace actualmente. Es grave ver cómo el gobierno utiliza a cientos de policías antimotines para evitar que las buscadoras lleguen a los estadios cuando pudieron ser mejor utilizados para ayudarlas a buscar a sus hijos e hijas. Y peor es oír cómo la insensible y torpe secretaria de gobernación, Rosa Icela Rodríguez, las amenaza con investigar “quién las financia”, criminalizándolas, en vez de salir a pedirles una disculpa por la falta de apoyo gubernamental a su sentida búsqueda de los cuerpos de hijos e hijas.

De la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) que amenazó con boicotear el Mundial, se tiene que decir, aunque moleste a muchos, que en el pasado se les utilizó contra la oposición, se les ofreció durante las campañas electorales dar solución a sus demandas justas y legítimas, pero cuando, en parte gracias a ellos, quienes gobiernan llegaron al poder, les dicen ahora que simplemente “no se puede”. ¿Acaso ustedes no estarían molestos si se les engañara de esa manera?

Pero bueno, hablando de fútbol les recomiendo la película de Diego Luna, “México 86”, una parodia sobre el Mundial de aquel año, en la que se deja al descubierto toda la corrupción, manipulación de los medios y el sistema del poder que hay detrás de este evento deportivo, claro en ese entonces, durante otro gobierno y distinto partido. Lo señalo dejando constancia de que el pasado no se olvida, consciente de que la corrupción no es algo nuevo, sino un fenómeno arraigado desde sexenios atrás. Sin embargo, la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) de hoy no canta mal las rancheras, pues el Mundial sigue siendo el gran negocio de unos cuantos, que no tienen escrúpulos para encarecer las entradas, obligando a los que pueden, gracias a sus ahorros, a pagar precios estratosféricos para ver un partido. Y entonces, ¿qué se hace con nuestros impuestos?, olvidamos que con estos se pagan los costos en la construcción de infraestructura urbana, estadios, seguridad y movilidad, así como las mejoras en las ciudades para recibir a los fanáticos del fútbol, nacionales y extranjeros.

Hay que mencionar que los gobiernos estatales (de todos los partidos políticos) se esforzaron por acondicionar lugares para que, al menos una parte de la ciudadanía, pueda ver de manera gratuita los partidos. Pero son realmente unos cuantos empresarios, como siempre, los que se quedan con grandes, grandísimas cantidades de dinero, miles de millones de dólares, entre ellos la FIFA que controla los derechos de transmisión, patrocinios corporativos y licencias globales. Y que, además, como se ha descubierto en investigaciones judiciales del pasado, dicho organismo “deportivo” ha estado envuelto en una extensa red de sobornos, fraudes, lavado de dinero y sus dirigentes han recibido millones de dólares a cambio de otorgar derechos de transmisión, patrocinios y sedes de mundiales.

Las cadenas de televisión, que controlan los derechos de emisión y que además de la venta de publicidad, nos obligan a pagar suscripciones para poder ver los partidos, también se llevan una buena parte de las ganancias, ya que a diferencia de décadas anteriores la mayoría de los juegos son transmitidos en televisión privada y de paga.

A esto hay que sumarle que nuestro vecino del norte, que también es sede del mundial y que es gobernado por un violador de los derechos humanos, ha instrumentado agresivas redadas durante los partidos contra nuestros coterráneos migrantes (ha retenido por cierto a delegaciones extranjeras, denegado incluso visas a deportistas y árbitros destacados por su origen étnico y nacionalidad) causando que muchos no asistan a los partidos por miedo a las detenciones y a la violencia racista.

Aunque debo de admitir que cuando miro en la televisión a los y las mexicanas fuera de los estadios, cantando junto a fanáticos de otros países, abrazados, brincando de felicidad bajo la lluvia, enseñando a los y las extranjeras nuestras peculiares maneras de festejar, nuestros estribillos, algunos un poco groseros, que coreanos, iraníes o daneses repiten de manera entusiasta sin saber exactamente qué significan, me encantaría estar ahí. Mi parte lúdica, traviesa y por suerte también un poco inconsciente se une a la algarabía y a la fiesta, porque también nos toca tratar de ser felices y olvidarnos de los problemas.

Confieso que, a pesar de mi rosario de quejas, de momento, de manera inesperada, mi cuerpo y mi mente dejan de obedecer mi parte consiente, mis piernas brincan, mis manos se agitan, mi voz surge con un fuerte grito de emoción; ¡Gooooool de México! Porque, como todos los buenos mexicanos y mexicanas, anhelo que nuestro querido país gane el Mundial.— Mérida, Yucatán

Antropóloga por la Uady, con maestría en antropología social

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