Ahora que se celebra el Día del Padre, no puedo evitar reflexionar sobre cuánto ha cambiado la figura paterna a lo largo de apenas unas cuantas décadas. Cada generación de hombres ha tenido que aprender a ser padre bajo circunstancias distintas. Las responsabilidades fundamentales permanecen, pero la manera de ejercerlas se ha transformado. Lo que significaba ser un buen padre hace cuarenta años no es exactamente lo mismo que significa hoy. Y probablemente tampoco será igual dentro de veinte años.
Los padres de hace algunas décadas fueron hombres formados en una cultura donde el deber ocupaba el centro de la identidad masculina. Desde muy jóvenes aprendieron que su principal responsabilidad consistía en proveer, proteger y resolver.
Existían además reglas no escritas que limitaban la expresión de sus emociones. Llorar estaba mal visto. Hablar de sus preocupaciones era considerado un signo de fragilidad. Mostrar miedo parecía incompatible con la imagen de autoridad y seguridad que se esperaba de ellos. Hoy entiendo que muchos de esos hombres cargaban enormes preocupaciones en silencio. Temían no poder alimentar a sus familias, perder el empleo, enfermarse o no estar a la altura de las circunstancias. Sin embargo, rara vez compartían esos temores. Aprendieron a llevar sus cargas en privado, convencidos de que el amor de un padre no se demostraba con palabras, sino con sacrificios.
Mi padre pertenecía a esa generación. Cuando pienso en él, no vienen a mi memoria largas conversaciones sobre sentimientos, sino su imagen trabajando, llegando cansado a casa y procurando que nada nos faltara. Durante años creí que simplemente cumplía con su deber. Hoy entiendo que era una de las formas más profundas de amor.
Con el tiempo aprendí algo que muchos hijos descubrimos al llegar a la adultez: nuestros padres nos amaban mucho más de lo que sabían expresar. Simplemente pertenecían a una generación que aprendió a demostrar el amor de una manera distinta. Su manera de decir “te quiero” era procurar que no faltara nada en el hogar, renunciar a un gusto personal para cubrir una necesidad de sus hijos, y levantarse cada mañana, aun con cansancio y preocupaciones, para seguir adelante y volver a empezar.
Por eso hoy siento admiración y agradecimiento por aquellos hombres. No porque fueran perfectos. Cometieron errores como cualquier ser humano. Algunos fueron demasiado duros. Otros fueron emocionalmente distantes. Pero la inmensa mayoría hizo lo mejor que pudo con las herramientas que tenía. Fueron hombres que construyeron hogares en tiempos difíciles y que sembraron oportunidades que sus hijos y nietos todavía hoy seguimos cosechando.
Hoy, cuando observo a mi esposo ejerciendo la paternidad, veo una realidad muy distinta.
Lo veo involucrarse en la educación de nuestros hijos, acompañarlos en sus actividades, escuchar sus inquietudes, conversar con ellos y participar en decisiones importantes. También lo veo construir una relación cercana con ellos, algo que probablemente era menos común en la generación de nuestros padres. Es una paternidad más presente, más abierta y consciente, donde el cariño se expresa con naturalidad sin dejar de lado la disciplina y la responsabilidad que implica formar a un hijo.
Y entonces comprendo que la figura paterna no ha desaparecido ni se ha debilitado. Simplemente ha evolucionado.
Los padres de hoy siguen siendo proveedores, pero ahora también acompañan. Siguen siendo protectores, pero también son confidentes. Conservan su papel como referencia de autoridad, pero han incorporado la búsqueda de vínculos emocionales más profundos con sus hijos.
Como mujer profesionista, hay otro aspecto que he aprendido a valorar profundamente. Gran parte de lo que he logrado en mi desarrollo profesional, ha sido posible gracias al acompañamiento de mi esposo en nuestra vida familiar.
Hoy hablamos constantemente de la incorporación de la mujer al mundo laboral, de igualdad de oportunidades y de desarrollo profesional femenino. Y debe ser así. Sin embargo, pocas veces reconocemos que detrás de muchas mujeres que logran crecer profesionalmente, existe un hombre dispuesto a compartir responsabilidades familiares, a tener una mayor participación en la crianza de los hijos y a entender que el desarrollo de su pareja también merece espacio y apoyo.
En mi caso, no podría hablar de mis logros profesionales sin reconocer la generosidad de mi esposo. En múltiples ocasiones ha asumido responsabilidades familiares para que yo pudiera asistir a una reunión, impartir una conferencia, participar en un proyecto o asumir nuevos retos profesionales. Ha estado presente en espacios donde en generaciones anteriores, culturalmente, se esperaba únicamente la presencia de una madre.
Y eso también es una forma extraordinaria de amor.
La transformación de la paternidad moderna está profundamente relacionada con esta nueva realidad. Los hombres de hoy han tenido que adaptarse a cambios sociales enormes, redefinir su papel dentro de la familia, aprender a compartir responsabilidades que antes recaían casi exclusivamente sobre las mujeres y construir nuevas formas de ejercer liderazgo dentro del hogar. Y no siempre reconocemos lo difícil que ha sido ese proceso.
Porque mientras las mujeres hemos luchado por abrirnos espacio en ámbitos donde antes estábamos excluidas, muchos hombres han tenido que aprender a desenvolverse en territorios donde tampoco fueron educados para participar. Han tenido que aprender a expresar emociones, a involucrarse más en la crianza, a compartir tareas domésticas y a redefinir conceptos de masculinidad que durante generaciones parecían inamovibles.
Por eso, cuando pienso en mi padre, en mi esposo y en mis hijos, siento una enorme gratitud. Gratitud por el hombre que me enseñó, con su ejemplo, el valor del trabajo y la responsabilidad. Gratitud por el hombre que comparte conmigo la maravillosa tarea de formar seres humanos y que me ha permitido crecer profesionalmente sin sentir que debo elegir entre mi familia y mis sueños. Y gratitud también por mis hijos, que dan sentido a todo lo aprendido y me recuerdan cada día la responsabilidad de formar a la próxima generación de padres.
Porque más allá de las diferencias entre épocas, hay algo que permanece. Los buenos padres seguirán levantándose cada mañana con el mismo propósito que tuvieron sus padres y sus abuelos: construir un futuro mejor para sus hijos. ¡Feliz Día del Padre!— Mérida, Yucatán
marisol.cen@kookayfinanzas.co m
@kookayfinanzas
Profesora Universitaria y Consultora Financiera
