Nos piden que no tomemos en cuenta el Producto Interno Bruto (PIB), ese que prometieron aumentar y hoy se encuentra por los suelos en México, para evaluar el éxito o el fracaso del gobierno federal actual. El argumento es en parte coherente, al menos para quienes nos consideramos de izquierda. Sabemos que el aumento de la riqueza no garantiza una justa distribución.
La premisa neoliberal de que la gran concentración de riqueza en unos cuantos, llevarían en algún momento a que esta se derrame de manera casi natural, como jarro que se colma, entre todas las clases sociales resultó una gran mentira, pues la lógica del capital, aquí y en cualquier lugar del mundo, es su concentración no su mejor distribución.
El fin del capital es acrecentarse, no repartir la riqueza de manera justa, no hay moral en ello, solo la lógica de acumular riqueza a costa de lo que sea, de la sobreexplotación de los trabajadores o la destrucción del planeta.
Sin embargo, si no hay PIB o sea algo que redistribuir, y lo poco que hay se reparte en programas clientelares y en campañas adelantadas, lo que queda para sostener la economía del país son las deudas, deudas y más deudas, hasta que el sistema colapse. Para entonces, será tarde, ninguna medida económica o política podrá salvarnos del desastre, porque no se puede ignorar por decreto o gracias a una narrativa desde el poder que, en un país como el nuestro, la riqueza se genera a partir de la producción pública y privada, por supuesto gracias a la clase trabajadora.
Y lograr lo anterior requiere del desarrollo de infraestructura, de innovación tecnológica, y de un balance favorable entre exportaciones e importaciones. Es decir que el PIB ¡sí importa! y mucho para garantizar un mínimo de bienestar y un desarrollo sostenido.
¿Cuál es la fórmula entonces para lograr una generación efectiva de la riqueza y su adecuada distribución? Antes de tratar de contestar esta pregunta, me disculpo por aclarar algunos de los mitos creados por los grupos de poder, tanto de la derecha como de supuesta izquierda. No existe, ni ha existido país o lugar del mundo donde el sistema sea “comunista”, ese sistema hasta ahora utópico, implica una sociedad sin estado, sin concentración del poder, en donde los medios de producción sean colectivos (no los personales o sea mi casa, vehículo, ropa, etc.).
Tampoco existe el socialismo, al menos como la teoría marxista lo planteó, como fase previa al comunismo, etapa marcada por la dictadura del proletariado, ya que en los países que se definen como tal, existe la concentración del poder, pero en una clase militar burocrática que dice representar a la clase trabajadora pero que no lo es. Aunque debemos admitir que en esos países llamados socialistas sí se han dado algunas mejoras sociales, sobre todo en salud y educación, pero a costa de cancelar las libertades individuales.
En la vida real lo que sí existe, son algunos países llamados socialdemócratas, donde el estado busca reducir la desigualdad sin eliminar la propiedad privada y el libre mercado, obligando a los capitalistas a redistribuir la ganancia con sus trabajadores a través de sueldos y reparto de utilidades justos, y de un sistema de impuestos donde las personas y corporaciones de mayores ingresos pagan una tasa proporcional mayor, lo que permite al estado financiar servicios públicos de salud y educación de primera, como los de Dinamarca.
Pero hay que aclarar que, en esos países, no hay concentración del poder, la democracia está garantizada por procesos electorales libres, medios de comunicación independientes y sistemas de contrapesos que implican la existencia de organismos ciudadanos y una adecuada separación entre partidos y gobiernos, lo que garantiza reglas de participación política, claras y transparentes. Podemos concluir entonces que la justicia social y la democracia no necesariamente se contraponen, en el mundo real, en el aquí y ahora, más bien una garantiza la otra.
Bajo este marco de ideas podemos analizar, sin apasionamientos, lo que pasa en México, donde la concentración gradual del poder en un solo partido es indiscutible, así como la ausencia total de contrapesos, es claro el sometimiento del poder judicial y legislativo al ejecutivo, presenciamos el desmantelamiento de los organismos ciudadanos que garantizaban elecciones confiables, vemos el descaro de hablar desde la tribuna presidencial como líder de partido, anulando la separación del partido con el estado, padecemos la anulación de los organismos ciudadanizados que vigilaban la transparencia en la administración pública.
Todo esto, nos aleja de los países que se rigen por el sistema denominado socialdemócrata y nos acercan cada vez más a aquellos que concentran el poder en un solo partido o grupo de poder, cancelando gradualmente las libertades políticas y democráticas. Pero esto, ¿qué significado tiene en lo que se refiere a la justicia social?
Sacrificar nuestra democracia por una mejor distribución de la riqueza, podría ser aceptable, pero en realidad ¿podemos afirmar que en México hay mayor justicia social?
Quiero señalar nuevamente, que me declaro totalmente de acuerdo con el programa de apoyos a los adultos mayores, sobre todo para quienes no gozan de ninguna clase de pensión o jubilación o ésta es muy exigua. Mientras nuestro sistema económico no cambie, despojar a las personas mayores de ese programa seria condenarlos a la miseria. También estoy de acuerdo en los apoyos a niños y jóvenes de escasos recursos con becas escolares que les permitan tener una mejor calidad de vida y mayores posibilidades a futuro.
Lo detestable es usar esos programas para fines electorales, lo que ocurre de manera descarada por quienes ejercen el poder.
Pero más allá de los programas sociales hablar de una verdadera justicia social y de una mejor distribución del PIB, requieren de considerar otros aspectos como: cuánto se invierte actualmente en infraestructura productiva, salud, educación, seguridad social entre otros y si han mejorado o no la calidad en los servicios públicos.
Por ahora, solo puedo señalar que, a diferencia de los países socialdemócratas como Suecia, Noruega, Dinamarca, entre otros, en nuestro país es cada día mayor la concentración de la riqueza en unas cuantas familias, incluso es superior a la que había en gobiernos anteriores.
Debemos detenernos a pensar entonces, si realmente nuestras pérdidas en democracia se traducen en ganancias para la sociedad en temas básicos como la justicia social o, como afirmo, a la larga, sin democracia no hay ni habrá justicia social, porque nunca será un partido que concentre el poder, sino una ciudadanía organizada, vigilante, la que garantice un verdadero bienestar para todos y todas.— Mérida, Yucatán
Antropóloga por la Uady, con maestría en antropología social
