Dos formas muy distintas de cohesión social en torno a los partidos de la selección nacional ha revelado el Mundial de fútbol. La primera, multitudinaria, feliz, alegre hasta la ferocidad, es la espontánea, aquella donde la gente acude por voluntad propia a ver el espectáculo en el lugar de su preferencia, que para millones son las llamadas zona fan, fan fest o como guste decirle, en diferentes ciudades.
La segunda es de carácter obligatorio, la que implica acudir a la zona fan donde estará presente el gobernante con todo su séquito y para la cual la asistencia está ligada con no hacerse acreedor a un descuento en la paga.
¿Quién prefiere ver jugar a la selección en compañía de funcionarios públicos que buscan la aprobación de su superior, en vez de disfrutarlo con la familia o los amigos? Esta forma de unirse con motivo de los juegos del “tri” está en las antípodas de la espontánea.
Se da el caso, sin embargo, que las zonas fan se han convertido en instrumentos gubernamentales para allegarse adeptos, lo mismo espontáneos que los que asisten bajo coerción.
Uno y otro método de congregación social han atraído a millones de mexicanos en torno a una sola idea: ver jugar a la selección mexicana. Debido a que los resultados han sido favorables, el festejo y la congregación multitudinaria se alargan muchas horas, felizmente para los que ponen la mesa.
Más allá de las lecturas relacionadas con el mensaje de este fenómeno sobre el estado de la sociedad y la identidad nacional, hay una que no pasa inadvertida a los gobernantes y partidos políticos: la relación entre ciudadanía y poder.
Toda unión de millones de personas despierta necesariamente el apetito electoral de los partidos, en especial de los que, con el presupuesto gubernamental en sus manos, pueden destinar pingües recursos para complacer a la muchedumbre.
Sin embargo, no es tiempo de esquilmar la alegría social con fines partidistas. La multitud espontánea echaría por tierra los planes de aquellos que se atrevan, con amenaza de linchamiento incluida.
Es tiempo de complacer, de derrochar en la fiesta. De ahí que se monten templetes en la Minerva, en el Angel de la Independencia, en el Parque Fundidora y otros lugares, con artistas de la talla de Maná, Alejandro Fernández, la Sonora Santanera y otros. Es momento de satisfacer el deseo de fiesta y fortalecer el afán nacionalista de la gleba.
Después vendrá el período de recordarle quién hizo el festejo. Todo a su tiempo.
En adición, la fiesta tiene para el gobierno un valor político importante: una ciudad que celebra masivamente proyecta una imagen de gobernabilidad, seguridad y cohesión social. Ni de lejos desaparecen los problemas, pero durante esos momentos la autoridad ofrece condiciones para la convivencia masiva.
No es casual que distintos niveles de gobierno difundan ampliamente imágenes de plazas llenas y celebraciones multitudinarias. Son fotografías que transmiten orden, orgullo nacional y capacidad de organización.
El día de mañana, la tarea partidista consistirá en cosechar lo que ahora se siembra con recursos públicos. Esto es, el partido en el poder se abocará a aprovechar para sus fines la inversión que hoy hacen los gobiernos emanados de sus filas, desnivelando así la lucha partidista.
Cálculos de toda especie, oficiales incluidos, aventuran que, en cuanto a espacios públicos establecidos para esos fines, en CDMX se han congregado 3.1 millones de personas sumando los cuatro partidos de México (Sudáfrica, Corea del Sur, República Checa y Ecuador). En Monterrey se habla de 240 mil en promedio por juego, y en Guadalajara, de 110 mil, tomando como base el de Corea del Sur.
Ciertamente se debe tener en cuenta que muchos repitieron evento, pero no deja de ser una congregación millonaria. Además, estas cifras no incluyen las reuniones en el resto del país y en otros puntos de esas mismas ciudades.
La reunión de millones de almas en forma espontánea sirve para hacer cálculos, censar, pulsar motivaciones, analizar comportamientos, sondear niveles socioeconómicos, medir alcances grupales, conocer fuentes emocionales… en resumen, hacer acopio de información para aprovechar electoralmente el próximo año.
El otro método de congregación en torno al “tri”, el obligatorio, el de asistir forzados a la zona fan donde estará el gobernador presente, so pena de perder un día en la nómina, también juega su papel estratégico. Ahí se registra número de asistentes, se sabe con quién se cuenta, quiénes tienen ambición y lealtad y quienes no, qué funcionarios fueron capaces de movilizar más personas, qué concesionarios están al servicio de la causa…
En ambos métodos de reunión se mide la capacidad de amalgamar grupos sociales y organizar eventos masivos. También se toma nota del control de daños.
Cierto que en 2027 no habrá el pegamento social que es la selección nacional, que hace convivir, en un nacionalismo inclusivo, a personas de distintas clases sociales, preferencias políticas y generaciones.
Sería un error concluir que estas movilizaciones significan respaldo al gobierno en turno. Celebrar a la selección no equivale a apoyar una administración pública ni modifica, por sí mismo, las preferencias electorales en tanto no se haga algo para aprovechar la unión social del actual momento.
Por eso es tan valioso el levantamiento de datos para aprovecharlos con miras a las campañas del próximo año.
El verdadero significado político de esas celebraciones no está en la sociedad que, por unas horas, vuelve a reconocerse como una comunidad compartida, sino en los gobiernos y partidos políticos que se frotan las manos con la información que han cosechado para aprovechar electoralmente.— Mérida, Yucatán
Politólogo
